lunes, 30 de septiembre de 2019

Freshmen

 Mi hija mayor se ha marchado a la universidad. Empaquetó algunas cosas, dejó demasiadas sin recoger y, al entornar la puerta de su habitación, cerró una etapa de su vida dejando detrás de sí un cuarto vacío al que no podemos entrar sin que se nos encoja un poco el corazón. Cuando antes de irse imaginaba su vida en el campus nos decía: “lo que más rabia me da es que vuelvo a ser freshmen; me gustaba el aura de mi seniority”. Entendí sus sentimientos pero si me hubiera dicho algo semejante cuando llegamos me habría quedado puesta. ¿Freshmen? ¿Senior?

En la escuela primaria e intermedia (Elementary y Middle school) de Estados Unidos los niños van ascendiendo cursos desde 1º hasta 8º, pero ese conteo se termina apenas entran en High School o en la Universidad. A partir de ese punto ya no cursan 9º, 10º, 11º o 12º (o 1º, 2º, 3º o 4º de carrera) sino que pasan a ser freshmen, sophomore, junior o senior. No es que sea difícil utilizar esas palabras, pero hacen falta unas cuantas conversiones mentales para situar en un curso al hijo de quien acabas de conocer, o para enterarte de si eres uno de los destinatarios del mensaje que acaba de enviar el colegio a los padres de sophomores.

Hace cuatro años, al volver a casa tras su primer día de High School, mi hija me dijo que era freshmen. “¿Qué es eso de freshmen?”, pregunté. “Novato, mamá; alumna de primero, pero nadie dice primero”, me respondió con el tono de marisabiondas que usan las adolescentes para demostrar que saben más que tú. “Pero tú eres chica, será freswomen, y eres una sola, o sea que será freswoman, digo yo”, contesté sin arredrarme. “Pues no, es freshmen aunque sea chica, y sigue siendo freshmen aunque solo sea una. No empieces a preguntar por qué, es así y ya está”, dijo dando la conversación por zanjada. Tengo que reconocer que me quedé un poco frustrada.

Con los años me he ido acostumbrando a esa nomenclatura, pero a pesar de haber investigado un poco los orígenes de esa forma de designar los grados escolares y universitarios, sigo sin obtener respuesta a mis preguntas iniciales o sin entender por qué el movimiento feminista no ha hecho nada para adaptar esos términos a los nuevos tiempos.

Según he podido averiguar, el término freshman puede ser rastreado hasta el siglo XVI y era la forma en que la Universidad de Cambridge designaba a los alumnos de primer año: fresh y man, o sea, nuevo y hombre, porque en esa época el estudio universitario era cosa de varones. En esos tiempos, además, a todos los estudiantes les llamaban sophisters  y hay quien dice que el término sophomore deriva de los vocablos griegos sophos (sabio) y möros (torpe, tonto), es decir, un sabio un poco tonto. Estaban también los junior sophists y los senior sophists para designar a los estudiantes de los cursos superiores y el tiempo puede haber hecho que perdieran el calificativo de sabios, cosa que no me extraña porque hoy en día no es que salgan muy sabios de los centros educativos, la verdad.

Parece que estos términos llegaron al nuevo mundo de la mano de John Harvard, el fundador de la universidad que lleva su apellido, que había estudiado en Cambridge y en el siglo XX, no solo eran ya de uso común en todas las universidades norteamericanas sino, asimismo, en los High Schools. Por el contrario, en el Reino Unido no se usan.
  
A mi hija todo esto le da igual. Pero verse convertida de nuevo en una pipiola, pasar de ser el sujeto de las miradas de respeto de los novatos a ser quien mira de esa manera a los estudiantes mayores hiere su orgullo. Sabe que los seniors de la universidad la van a mirar con el mismo aire de suficiencia con el que ella miraba a los freshmen del high school, si es que tiene la suerte de que la vean. 

Post-post:
La Universidad privada de Harvard fue fundada por el clérigo John Harvard en 1636 en una localidad a cinco kilómetros de Boston, Massachussets, llamada, curiosamente, Cambridge. Es la universidad más antigua de Estados Unidos y una de las más prestigiosas. Cuando la visitamos nos llamó la atención el ambiente festivo y poco propenso al estudio que se respiraba. Parecía difícil creer que de sus aulas hubieran salido ocho presidentes norteamericanos, 158 premios Nobel, 10 ganadores de premios Oscar, 58 premios Pultizer o 108 medallistas olímpicos, entre otros muchos alumnos ilustres. 

lunes, 23 de septiembre de 2019

La guerra de la limonada

Este fin de semana salí a dar una larga caminata y, a pesar de que acababa de comenzar el otoño, hizo un calor tremendo. Venía pensando en la rica limonada que iba a hacer en cuanto llegara a casa cuando me di cuenta de que en todo el verano, y si me descuidas en el verano anterior, no había visto ni un solo puesto de limonada. Según la idea que yo tenía, los puestos de limonada son (o eran) algo muy americano: una mesa con una jarra y vasos colocada en la calle o carretera delante de una vivienda donde unos cuantos niños, generalmente los que viven ahí, venden vasitos de limonada casera a un precio bastante testimonial a los conductores o viandantes que se quieran parar. Lo había visto en montones de películas e, incluso, alguna que otra vez, pocas, la verdad, en el barrio donde vivimos.

Llegué a casa, preparé la limonada, llené bien la jarra de hielos y me senté en el deck (la plataforma de madera que hace las veces de terraza en muchas casas) a saborearla mientras hojeaba el dominical del periódico. Y, en el primer reportaje, leí: “Por qué desde Colorado a Texas y a DC, se está tratando de proteger los puestos de limonada”. Me quedé puesta. No podía ser casualidad que mis pensamientos, mis apetencias gustativas y mi semanario coincidieran de esa manera. Algo me estaba diciendo “lee aquí” y cuéntalo en tu blog. Y tras un largo verano de inactividad vuelvo a mi Puesto traspuesto para dejar constancia de todo lo que puede estar detrás de un simple vaso de limonada en Estados Unidos.

El artículo contaba la historia de tres niños pequeños que a principios de verano habían montado su puestecito de limonada en un parque enfrente de su casa. Se habían dividido los trabajos: el mayor se ocupaba de cobrar un dólar por dos vasos, el mediano hacía de relaciones públicas dando la bienvenida a los clientes y el pequeño, de cuatro años, era el catador oficial, una responsabilidad acorde con su edad. Cuando la policía se acercó a su puesto no quería limonada sino conminarles a cerrarlo porque carecían de los permisos necesarios (tres diferentes, de tres instancias distintas) que, por otra parte, costaban unos trescientos dólares.  

Para los estadounidenses los puestos de limonada han sido tradicionalmente uno de sus primeros contactos con el mundo empresarial, fomentan el emprendimiento y les enseñan que ganar los primeros dólares implica inversión, organización y trabajo. Pero la excesiva regulación y burocratización están amenazando la mera existencia de uno de los pilares sobre los que se sustenta su sistema de valores. Algunos, como la madre de estos niños, se han movilizado en una batalla política llamada “Lemonade Stand Wars”, o guerras de los puestos de limonada, cuyo nombre hace recordar las épicas batallas de la serie cinematográfica de George Lucas. Se trata de conseguir la exención de licencias administrativas para los pequeños negocios liderados por niños, siempre y cuando no operen durante más de 100 días al año y estén razonablemente distantes de un local comercial.

La madre de los vendedores de limonada consiguió ganar esa batalla en Denver, en el Estado de Colorado, donde fue aprobada una ley en esos términos. Nueva York y Texas han seguido estos pasos y está a punto de aprobarse en DC.  Además, la industria de la limonada apoya la iniciativa y se ha creado un fondo llamado “Legal-Ade” (“-ade”, el sufijo de limonada, se pronuncia igual que “aid”, que significa “ayuda”) para pagar las multas y sanciones que se impongan a los niños que quieran poner en marcha un puesto de limonada.

Estas son cosas que siguen maravillándome de los Estados Unidos, cómo defienden sus valores, cómo no se arredran ante las instituciones, cómo una pequeña acción se convierte en un movimiento nacional en un país del tamaño de un continente o cómo el sector privado está atento a la realidad en la que vive y presta su apoyo a lo que considera justo. El político detrás de esta iniciativa en DC sostiene que enseñar a ser emprendedor a edades tempranas favorece el pensamiento creativo, el desarrollo de una ética del trabajo y el marcarse metas para conseguir lo que se desea. Algo con lo que coincido aunque, en esta historia, tal vez la verdadera enseñanza deba tomarse de la madre de las criaturas que no solo logró que se aprobara la ley en varios sitios sino que lo contó todo en su blog y acaba de publicar un libro sobre “las increíbles aventuras de los niños de la limonada”. Y eso sí que es una buena lección de emprendimiento para niños… y adultos.

Foto "Lemonade" de Bsivad con licencia de CC BY-NC 2.0