lunes, 26 de marzo de 2018

“Enough is enough” (Basta ya)

No es la primera vez que escribo sobre las armas en Estados Unidos (ver entrada La matanza de Texas) ni sobre una manifestación en el país que se considera el garante mundial de los derechos individuales (ver entrada La marcha de las mujeres). Nunca había, sin embargo, unido ambos temas. El sábado tuvo lugar la “March for Our Lives” (Marcha por nuestras vidas), una concentración organizada simultáneamente en Washington y en diversas ciudades de Estados Unidos para exigir medidas contra la violencia y el uso de las armas a raíz de la matanza de 17 adolescentes en un instituto de Florida. Cientos de miles de personas nos reunimos en una de las avenidas que convergen en el Capitolio, sede del poder legislativo en este país, respondiendo a la llamada de los estudiantes que, desde el primer momento, decidieron tomar riendas en el asunto y decir “enough is enough” (“basta ya”).

Tras la copiosa nevada con la que habíamos recibido la primavera, el día amaneció luminoso y templado, como si el tiempo hubiese confabulado para que a nadie le apeteciera quedarse en casa. Sacudí a los niños para despegarlos de sus pantallas y les machaqué en el viaje al centro de Washington sobre la importancia de actuar por lo que uno considera justo, sobre el derecho a protestar de forma pacífica contra lo que uno no comparte, sobre la corriente de solidaridad que surge con los que te unen ideas y creencias y sobre la capacidad de movilización conseguida por un puñado de chavales como ellos. ¿No es emocionante que hayan sido capaces de poner en pie a buena parte de un país y que se hayan rebelado de esa manera contra su papel de víctimas? Sorprendentemente me escuchaban y participaban en la conversación.

Y es que es un tema que conocen y que les toca de cerca. Son conscientes del peligro de las escuelas que, para preocupación de los padres norteamericanos, no son un lugar seguro. Cada dos por tres se hacen simulacros de las 6 distintas alarmas, que, además de los incendios, pueden afectar a un colegio: “shelter in place” (quedarse en el sitio) para limitar la exposición de profesores y alumnos a sustancias que podrían ser dañinas como contaminantes químicos, biológicos y radiológicos; “lockdown” (cerramiento), para aislarles de intrusos violentos que pueden estar dentro o en las vecindades del colegio; “evacuation” (evacuación), para alejarles del peligro; “reverse evacuation” (evacuación inversa) cuando las condiciones dentro del centro son más favorables que en el exterior; ”severe weather” (tiempo adverso), para protegerles de las inclemencias meteorológicas y  drop, cover and hold” (soltar, protegerse y esperar) para salvaguardarse de terremotos.

En el colegio de Florida no sirvieron de nada los simulacros, como raramente sirven cuando uno se enfrenta a un acto súbito de violencia, pero todos pudimos ver, una vez más, las consecuencias. Desde el ataque en el colegio de Columbine (Colorado) que acabó con la muerte de 13 personas en 1999, se ha producido una media de 10 tiroteos al año en dependencias escolares, con un mínimo de 5 en el año 2002 y un máximo de 15 en 2014. En los menos de tres meses que llevamos de 2018 ya se han producido 11 ataques con arma de fuego en los colegios americanos, lo que convierte este año en uno de los peores de los registros.

Hay razones de sobra para decir “Basta ya”, como hay razones de sobra para restringir la venta y posesión de armas en un país con más de 250 millones de armas en manos de los ciudadanos. El sábado los chavales tomaron las riendas y la ciudad de Washington, que tiene algunas de las leyes sobre armas de fuego más restrictivas del país, les apoyó. Y nosotros tampoco podíamos faltar.

lunes, 19 de marzo de 2018

Falta un puesto

Uno de los actos que más me gustan cuando estamos fuera de España son las International Nights de los colegios de mis hijos. Ya fueran a colegios privados con alumnado mayoritariamente extranjero y con una proporción más o menos grande de estudiantes locales, o a colegios públicos, como es el caso de Estados Unidos, con un alumnado principalmente local y una buena representación de estudiantes extranjeros, en todos ellos esa noche suele ser un gran acontecimiento. Una ocasión magnífica para mostrar la diversidad y la integración en los centros escolares y para aprender de otras culturas y países. Y no creo que falte a la verdad si digo que lo disfrutamos más los padres que los alumnos, que también gozan lo suyo con ese buffet libre de comida internacional y con las actuaciones de sus compañeros.

En lo que a gastronomía se refiere, sinceramente no creo que haya ningún otro sitio donde comer mejor y con unas explicaciones tan completas, si es que las pides. Todos queremos ofrecer la mejor imagen de nuestro país, ninguno hacemos negocio con ello; todos nos esmeramos cocinando nuestros platos más típicos y estamos encantados de contar a los que se acercan a degustarlos los ingredientes que tienen, en qué momento se comen o cuál es la mejor manera de hacerlo; todos nos alegramos si alguien dice que probó ese plato en unas vacaciones en tu país o que planea viajar a tu tierra y quiere hacerse una idea de lo que le espera. Unos se visten con sus trajes típicos y llevan cuanto material hayan conseguido para servir de escaparate de su país, otros dan apasionadas explicaciones que son mucho más informativas que las de cualquier documental de televisión. Anthony Bourdain, el famosísimo chef y estrella televisiva de la CNN, debería dedicar uno de sus programas a las International Nights de los colegios americanos y estoy segura de que dejaría puesto a más de uno.

El papá etíope te dice que si quieres tener una idea de lo que será estar en el cielo tienes que probar su injera (una especie de tortita esponjosa) con varios wat o estofados porque es lo que allí comerás. La mamá coreana se ha desvivido preparando montones de platos de los que solo reconoces el Kimchi, esa especie de verduras fermentadas y especiadas. De los impresionantes puestos chinos, el clásico cerdo agridulce y la ternera con bambú y setas chinas de los restaurantes de mi infancia brillan por su ausencia; en su lugar hay montones de platos de nombres impronunciables y sabores sorprendentes. Irán hace despliegue de su variadísima gastronomía y México afirma su poderío a golpe de platillo y botana. De repente te sorprendes repitiendo de los puestos de Líbano y Grecia y te das cuenta de lo que une el Mediterráneo.

En el High School de mis hijos mayores somos varios españoles y entre todos hicimos un grupo muy apañado. En el Middle School de la pequeña la tarea de representar a la patria recayó por entero en nosotros lo que en ningún momento debería suponer menos calidad sino más trabajo. Y ahí nos arremangamos y dimos el todo: 4 litros de gazpacho, un centenar de croquetas, 1 paella marinera, 4 tortillones de patata, 1 bandeja de arroz con leche y una tarta de Santiago intentaban dar una representación de nuestra gastronomía. La guitarra española, las castañuelas, el botijo, las latas de aceitunas, el aceite de oliva y el vinagre añadían colorido. Y la familia al completo vestida de sanfermineros (lo más fácil de conseguir como uniforme) dábamos las explicaciones requeridas, desde si las corridas de toros eran de verdad o una ficción al estilo de los espectáculos de lucha libre (wrestling), hasta si las croquetas eran kosher o respetaban las prescripciones del judaísmo. Por supuesto, la paella (pronunciada como payeya, paela, palela… a gusto del consumidor) fue lo primero en desaparecer, no solo de nuestra mesa sino de todo el recinto. Es, sin duda, el plato rey de nuestra gastronomía identificado por todos por su color amarillo y su sartén redonda, al más muro estilo de los emojis.

Cuando ya se ha dado cuenta de la comida suelen llegar las actuaciones de los chavales y te quedas puesta. Este año el High School de mis hijos mayores montó un espectáculo en dos actos con una veintena de números representativos de las diferentes culturas que incluían saltadores de comba japoneses, danzas de Bollywood, ópera china, canción en español, pop coreano, breakdance… El del colegio de la pequeña fue más modesto y “sólo” tuvieron lugar 10 actuaciones monopolizadas por los asiáticos lo que, en el fondo, me dio un poco de rabia por no haber sido capaz de que mis hijos superaran su miedo escénico y salieran al escenario bailando el “ball plá” de Sant Mateu, tocando el “Asturias, patria querida” con la trompeta, cantando una canción o lo que buenamente se les ocurriera. Pero no se les ocurrió nada, para mi tristeza y su comodidad. "Este año al menos desfilaron con la bandera", me digo para consolarme.

Pero una de las cosas que más tristemente me sorprenden de este tipo de eventos es que si bien todos nos convertimos en los mejores embajadores de nuestra patria, nunca he visto una representación del país anfitrión. Estados Unidos brilló por su ausencia en las dos Internacional Nights de esta semana culinariamente, artísticamente y en asistencia de padres y alumnos. Como si fuera un evento hecho por y para internacionales, ajeno al país que nos acoge, Y eso es algo que ya no me parece tan inclusivo y tan integrador. No sé si es por su desinterés en nuestras culturas o por nuestra falta de interés en atraerlos hacia ellas pero es una pena, en cualquier caso, que el país que nos acoge no monte un puesto.

lunes, 12 de marzo de 2018

Yo sí escucho

Una noche, después de cenar en familia, pregunté a los niños qué estaban leyendo. Mientras mi hija pequeña, una lectora compulsiva de 12 años, nos empezó a contar las historias de los 3 libros que estaba leyendo a la vez, su hermano intentaba colar la etiqueta del champú como material de lectura. La mayor disimulaba hablando del libro que tenía en la mesita de noche el cual, tras leer de un tirón los tres primeros capítulos, no había vuelto a abrir en las últimas dos semanas. “Me paso el día leyendo en el colegio”, se justificaba. “Y la noche viendo vídeos en el móvil”, respondimos a coro los demás.

Los tres se volvieron luego hacia mí para interrogarme sobre mis lecturas y cuando les empecé a hablar de mi novela saltaron como resortes con un tono tan triunfal como acusador: “¡pero no la estás leyendo, la estás escuchando y eso no vale!”. Y es cierto que no estaba propiamente leyendo ese libro, es más, ni siquiera es un libro sino un archivo de audio, pero eso de que no valía, ya no lo tengo tan claro.

Procuro salir a caminar todas las mañanas. En Estados Unidos, viviendo en los suburbios, ya sea porque todo queda lejos o porque tienes aparcamiento garantizado, terminas por ir en coche a todas partes. Hay que incorporar, pues, un poco de ejercicio a la rutina diaria. Pero debo de ser una persona aburridísima porque una hora diaria sola conmigo, sin otra distracción que mis pensamientos, repasando historias que ya me sé o dándole la vuelta a ideas no tan genialmente maravillosas, me estaba hartando. Empezaba a darme esquinazo a mí misma,  como si fuera esa amiga que conoces de siempre, que sabe todo de tu vida, a la que quieres mucho pero que no soportas que te llame todos los días para opinar sobre tu vida. ¡Qué pesada!

Así que, un buen día, decidí no quedar conmigo, me disculpé con mi fuero interno y a la hora del paseo cambié a mi querida amiga plasta por un audiolibro. ¡Qué bien lo pasamos! ¡Cuántas cosas nuevas y divertidas me contó! Me habló de unos sitios y de una gente totalmente desconocidos, me contó detalladamente las intimidades de sus conocidos y, sin embargo, no se le veía intención de cotillear, ni siquiera al emitir juicios de valor sobre los comportamientos de esa gente. No escondía malas intenciones y además, hablaba tan bien, sabía articular tan adecuadamente sus historias, que captó toda mi atención. El rato que caminamos juntos se me pasó volando y decidí quedar con él todos los días. Cuando tras un par de semanas de estrecha relación al final se despidió, me hice amiga de otro audiolibro. Luego de otro y así hasta el día de hoy.

Pero, al tema. Esos audiolibros, ¿cuentan cómo lectura? ¿Marca alguna diferencia el sentido por el que sus palabras llegan a mi cerebro? ¿Tiene más valor el deslizar los ojos por las líneas de una página que el concentrar la atención en unos sonidos articulados? Es cierto que la ortografía se aprende leyendo y que, aunque no se conozca la norma precisa, el leer mucho permite saber si una palabra está bien o mal escrita al verla o al escribirla, por ello insisto en que mis hijos lean a diario. Pero, cuando ya se dominan las reglas ortográficas, ¿es tan importante el modo de “consumir” un libro?

El Pew Research Center, un centro de análisis estadístico que tiene sede en Washington y que da información sobre problemáticas y tendencias en Estados Unidos y en el mundo, acaba de publicar que el consumo de audiolibros ha crecido significativamente en el último año mientras que la lectura en los formatos de libro impreso y libro electrónico se han mantenido estables. Para mis hijos no puntúa igual leer un libro que escuchar un libro, pero les hablé de este estudio del Pew y les hice que ver su madre estaba a la última y eso sí, creo, me hizo ganar puntos.

lunes, 5 de marzo de 2018

A lo bestia

En Estados Unidos todo es “a lo bestia”. Las extensiones de terreno son inconmensurables; las distancias en los viajes, eternas; las raciones de comida en los restaurantes, descomunales; las tallas de la ropa,  un despropósito. Y, claro, siguiendo la tónica general, cuando anuncian vientos, no se tratará de una brisita acariciadora, no.
 
El viernes, cuando sonó el despertador a las seis de la mañana, como todos los días, lo primero que hice fue mirar el teléfono, como todas las mañanas. Es un mal hábito, lo sé, y no hace nada de bien a mis ojos, también soy consciente, pero no cambio mi rutina perniciosa porque ese gesto mecánico me permite, de vez en cuando, quedarme en la cama un ratito más. Y eso lo vale todo, incluso que llegue a mi vejez con unas buenas gafas de culo de vaso.

El condado en el que vivimos tiene un servicio de alertas que, vía telefónica, email o celular te envía notificaciones relevantes. Funciona francamente bien: que hay un atasco en la autopista X, te llega un aviso. Que va a llover y hay riesgo de riadas en alguna parte,  te llegan diez avisos. Que hay un tirador en el centro comercial de la esquina de casa  y se ha cargado a una señora en el parking, te llegan cien avisos. Es muy práctico, la verdad.

El caso es que es la mejor forma de enterarte de si va a haber colegio o no. Ante una posible causa de suspensión de las clases como nieve, lluvia helada o inundaciones, por ejemplo, el sistema te informa de si la hora de entrada al colegio se pospone un par de horas o de si el colegio directamente cierra ese día para garantizar la seguridad de los estudiantes. Cuando hay un “two hours delay” las escuelas y los autobuses escolares se retrasan directamente dos horas y las clases, en vez de ser de 45 minutos, pasan a ser de media hora para que no se produzcan desigualdades en los currículos. Esos días son recibidos por todos con gran alborozo. Quedarse un par de horas más en la cama por la mañana y tener un día “light” siempre es motivo de alegría.

Cuando la jornada escolar se cancela, los niños, que viven el presente, se alegran doblemente pero todos sabemos que traerá consigo consecuencias: tres o más días de suspensión de clases supondrá que las vacaciones de verano empiecen más tarde o, si ha habido muchos días cancelados, que te recorten directamente las vacaciones de primavera (de Semana Santa como las llamamos en los países de tradición católica). Y eso ya no mola tanto.

El caso es que el viernes se cancelaron las clases por viento. “¡Qué exageración!”, pensé. No había habido aviso de huracán, de tornados, ni siquiera de tormenta de tipo alguno. Viento. Simplemente. La aplicación del tiempo del teléfono también mostraba esas tres líneas paralelas con el ricito al final, pero solo era eso: viento. Por la noche había ululado, habíamos oído las ramas de los árboles moverse, sí. La luz quiso irse un par de veces, no lo consiguió. Luego las noticias empezaron a llegar: un árbol se había caído junto a casa de una amiga; otro había aplastado el coche de un conocido; la carretera tal había sido cortada; un poste de la luz se había venido abajo y miles de vecinos estaban sin luz (y sin calefacción, que es peor)… En mi barrio, afortunadamente, mi mayor preocupación era sujetar a Miguelito que a toda costa quería salir a volar su cometa.

Ayer, cuando salí a hacer mi habitual caminata por los senderos de los alrededores de mi casa me quedé puesta. El cielo era azul, el sol radiante, la temperatura agradable y el paisaje… son las fotos que acompañan este escrito. En mi pueblo, a lo que produjo eso no se le llama solamente viento. Pero el sistema de alerta del condado de Montgomery solo dio un aviso.  No había por qué preocuparse.