lunes, 17 de diciembre de 2018

Arboles de Navidad

Cada año se venden en Estados Unidos entre 25 y 30 millones de árboles de Navidad y actualmente están creciendo en este país más de 350 millones de estos arbolitos para ser destinados a la venta. Cuando leí estos datos en un folleto que me llegó de la Asociación Nacional de Arboles de Navidad (realmente hay asociaciones para todo) me quedé puesta“¡Qué barbaridad!, pensé, ¡Cómo son estos americanos! ¡Qué poco respeto por la naturaleza! ¡No me extraña que Estados Unidos se haya salido del Acuerdo de París sobre el cambio climático!”

Durante años, me han vendido la moto de que no eres ecológico si pones un árbol de Navidad natural en tu casa, de que es muy frívolo arrancar esos árboles de su hábitat para llenarlos de luces horteras, guirnaldas de plástico y bolas de colorines solo por unos días. Nunca he estado muy de acuerdo con esos comentarios porque a mí me gusta esa tradición, no creo que mis árboles queden horteras al adornarlos y cuando son naturales, me encanta el olor que desprende su resina al calor de la calefacción. Pero tengo que reconocer que me irrita bastante recoger las agujas que se caen a diario y andar vigilando el nivel del agua, así que hace años que sucumbí a los árboles artificiales justificando mi pereza con argumentos ecologistas y diciéndome que yo sí respeto la naturaleza. Y resulta que ha venido la Asociación Nacional de Arboles de Navidad a decirme que lo peor de lo peor y lo más antiecológico es tener un árbol de Navidad artificial.

El folleto destacaba que los árboles de Navidad naturales son un recurso renovable y reciclable mientras que los artificiales están hechos con plásticos no biodegradables y con algunos metales nocivos. Que todos los Estados de Estados Unidos cultivan árboles de Navidad naturales mientras que el 80% de los artificiales están hechos en China. Que existen más de 4.000 programas locales de reciclaje de árboles de Navidad en lo largo y ancho del país y que por cada árbol talado se siembran de 1 a 3 semillas. Y que, encima, esta industria emplea a más de 100.000 personas. O sea, que cortar árboles de Navidad es bueno para la naturaleza, para el empleo, para la redistribución de ingresos y para no darles dinero a los chinos.

Cuando leí el folleto, mi árbol ya estaba puesto y, como ya conté en años anteriores (ver entrada Estate sales), se encontraba dando vueltas sobre su eje en el salón de mi casa (tengo que reconocer que eso de que el árbol sea giratorio sí que es un poco hortera, pero al comprarlo en una venta de garaje de segunda mano no me percaté de esa inusual cualidad). Así que decidí que este año mi árbol de plástico se quedaba, pero que para el año que viene buscaría uno natural. Me metí, pues, en la página web de la asociación a ojear los diferentes tipos. Y me volví a quedar puesta. ¡Había 11 clases de árboles diferentes y cada uno tenía un párrafo que lo describía para que pudieras elegir el que mejor se adaptara a tus necesidades! Estaba el “White pine”, que no se recomienda para adornos pesados y que tiene poco aroma; el “White spruce”, que es excelente para los adornos pero que huele mal cuando sus agujas se parten; el “Fraser fir”, de bonita forma y cuyas agujas aguantan bastante; el “Colorado blue spruce”, el “Concolor fir”, el “Douglas fir”, el “Balsam fir”, el “Scotch pine”, el “Noble fir”, el “Leylan cypress” y el “Virginia pine”. No sé por qué, me estresé un poco.

A continuación, explicaban una serie de consejos para ayudarte a decidir: 8 links más para leer si pensabas comprar tu árbol en una tienda y otros 8 si tu intención era ir a una plantación a elegirlo y cortarlo. No sé por qué, pero cada vez estaba más indecisa. Los “tips” para mantenerlo en buen estado en tu casa eran otros 15 y las opciones para reciclarlo al final de la Navidad eran 11. Parecía que estaba recibiendo información para suscribir una hipoteca millonaria en vez de para comprar un simple arbolito de Navidad.

Creo que, de momento, me lo voy a pensar. Al fin y al cabo, mi árbol chino giratorio no biodegradable y cargado de metales nocivos se guarda en una bolsa ex profeso cuando acaba la Navidad y once meses después está en el mismo sitio esperando para ser decorado sin manchar ni dar mal olor cuando se le parte alguna ramita de plástico. Y eso tampoco está tan mal, ¿no?.

Fotos: Noble Mountain

lunes, 10 de diciembre de 2018

Enlace musical para Navidad


Yo soy de las que les gustan las Navidades. Y mucho. Este año tengo puesto el árbol desde el 1 de diciembre y posiblemente lo deje, como otras veces, hasta bien pasado el día de los Reyes Magos. Amortizo el trabajo que cuesta subir las numerosas cajas con los adornos, colocar las interminables tiras de luces, enganchar uno por uno los colgantes que hemos ido recopilando, distribuir los belenes, la nieve artificial, los calcetines en la chimenea, las guirnaldas de las puertas o las velas de las ventanas. Antes lo hacía sola, mientras los niños estaban en el colegio, para darles la sorpresa al llegar y, porque francamente, iba más rápido y me quedaba mejor. Pero últimamente lo hacemos todos juntos y lo disfrutamos mucho. Y, con la apertura de la primera caja, empieza invariablemente a sonar la música navideña.

Al principio solo poníamos los villancicos tradicionales españoles cantados por los típicos coros infantiles de voces blancas. Cantaba a voz en grito, sola o acompañada La marimorena, Hacia Belén va una burra, el Chirriquitín, Los peces en el río, Arre borriquito, Fum fum fum… Una y otra vez, machaconamente, porque nuestra decoración de Navidad nos toma varias horas; pero acabábamos un poco saturados de tanta pandereta y voces agudas. Ahora tenemos mucha más variedad y, no sé si será impresión mía, pero cada año hay más música navideña para todos los gustos. Incluso para aquellos a los que no les gusta la Navidad. 

El diario The New York Times ha sacado este año una guía de novedades discográficas para dar satisfacción musical a los más festivos, a los solitarios o a los escépticos de la Navidad y no me resisto a compartir algunas de las sugerencias. Es el momento de escucharlas y de que empiecen a sonar en vuestros altavoces. Os paso un avance a golpe de enlace porque estoy segura de que habrá más de un tema que os dejará “puestos”:

-      Eric Clapton: “Happy Xmas”. Para los “anticelebraciones” que se refugian en un bar y para los que las disfrutamos también con una buena cerveza.
-      Rodney Crowell: “Christmas everywhere”, un álbum lleno de escepticismo hacia las tradiciones navideñas que desea “Feliz Navidad desde una cama vacía” o que, con humor, propone en una alegre canción que  “Prescindamos este año de la Navidad”.
-      J Drew: “A Karew family Christmas”. ¿Rap navideño? 
-      The Mavericks: “Hey! Merry Christmas!”. El directo del hace un par de años de esta banda de rock&roll y country fue divertidísimo (Ver entrada Canción de Navidad)  Un clásico en nuestra casa.
-      JD McPherson: “Socks”. La forma de pronunciar el título de su álbum ya te da una idea de lo que piensa de la Navidad este músico que reinterpreta el rock de los años 50.
-      Pentatonix: “Christmas is here!”. Este grupo de “a capella” es uno de los favoritos de mi hijo de 15 años. 
-      Say Sue Me: “Christmas is not a biggie”. Una banda indie surcoreana de inspiración surfera y rockera.

lunes, 3 de diciembre de 2018

El ethos mountaineer

Salvaje y maravillosa
“¿Adónde dices que vais?”, preguntó mi amiga con incredulidad. “¿para qué se supone que vais a ese sitio?", añadió la otra. “Allí no hay nada”, dijo, incluso, el profesor de historia de mi hijo cuando le preguntó si íbamos a viajar el fin de semana de Thanksgiving. Tengo que reconocer que los niños no estaban nada entusiasmados con nuestro plan de vacaciones. Les explicamos que íbamos a cruzar West Virginia y a adentrarnos en Ohio, que veríamos los efectos de la crisis en Estados Unidos, que atravesaríamos zonas castigadas por el cierre de fábricas y por el declive de la industria del carbón. Para darle un toque aventurero añadimos que haríamos una sección de "The loneliest road”, la carretera más solitaria, esa ruta olvidada por todos y que nadie recorre. “¿Y si nadie la recorre por qué tenemos que ir nosotros precisamente?", respondieron al unísono y con resignación. 

Si nadie la recorre, ¿por qué tenemos que ir?
La US-50 es una autopista transcontinental que va desde Ocean City, en Maryland, hasta West Sacramento, en California. 4.800 kilómetros que transcurren por muchas de las áreas más rurales de Estados Unidos. La parte más lenta de esta ruta son las 150 millas de West Virginia, un trazado de giros y curvas marcado por las montañas Allegheny y su paisaje semisalvaje. Nuestra guía de viajes decía que “el ethos independiente de los mountaineers (montañeros, como se conoce a los nativos de West Virginia) corre con fuerza por sus venas y allí uno tiene la impresión de haber dado un paso atrás en el tiempo a una época en la que los hombres trabajan duro en las minas, las mujeres crían a los hijos y todo el mundo va a misa el domingo”. Es comprensible que a los niños no les atrajera mucho el plan. Es también comprensible que a sus padres sí.

Nos dejamos seducir por lo que prometían esas palabras y decidimos contrastarlo con lo que leemos a diario en los periódicos. West Virginia es uno de los únicos dos Estados de la Unión en donde ha aumentado la pobreza en el último año. El empleo no crece, contrariamente al resto del país, y proliferan los trabajos peor pagados y sin beneficios (algo tan básico como seguridad social o vacaciones). Este Estado de los Apalaches, con un 95% de población blanca, tiene uno de los niveles más bajos de educación del país (solo el 21% de sus habitantes entre los 25 y los 64 años ha cursado estudios universitarios) y sufre una de las crisis más severas de consumo de opiáceos (ver entrada Drugstores), algo intrínsecamente relacionado con el paro, los bajos salarios y la falta de oportunidades. Es la tierra donde la mayoría vota a Trump, que prometió una solución para sus muchos problemas.

 Sinceramente, recorrer West Virginia no me permitió constatar nada de eso. Sí pasamos unas cuantas ciudades que alguna vez fueron boyantes gracias al ferrocarril y a las minas de carbón, y varios restos de fábricas que cerraron para no volver a abrir. Vimos bastantes caravanas (RVs) convertidas en viviendas o casas humildes con electrodomésticos oxidados y coches desvencijados en sus jardines delanteros. Pero también vimos históricos barrios victorianos, diminutos pueblos de una sola calle dominada por galerías de arte, bosques fantásticos donde brotaban cascadas inesperadas y el Museo del Petróleo y del Gas con el mejor de los guías, un jubilado que parecía saberlo todo sobre cómo empezó en la región la industria de estas materias primas y que resultó lo más interesante de nuestro viaje: por los cachivaches que estaban expuestos, por lo que aprendimos sobre los anticlinales y la extracción del petróleo y del gas en el siglo XIX y por poder disfrutar durante más de hora y media de una conversación informativa y amigable con un señor que había nacido entre esas montañas, que sabía de los problemas de la región, que era un votante convencido de Trump y que confiaba en un mejor futuro para esa tierra que vivía un presente tan complicado. 

El pozo funcionaba
De vuelta hacia casa no pudimos evitar desviarnos de la US-50 y meternos en una auténtica “country road” que serpenteaba junto a un arroyo de aguas enfangadas de un color tan marrón como el bosque que nos rodeaba. Queríamos coger la carretera de Volcano y Cairo para llegar a Petroleum, el pueblo donde se habían perforado los primeros pozos petrolíferos de la nación en 1859 y que, según habíamos visto en el museo, no eran más que cuatro palos atados con una cuerda al estilo “teepee”. Cuando en un recodo del camino vimos una finca con uno moderno, me quedé puesta. Cuando me bajé a hacer fotos y me penetró un intenso olor a gas no daba crédito. Y cuando miré hacia el interior de una especie de granero y ví que había tres cadáveres de un bicho de grandes dimensiones (quiero pensar que ciervos), colgados por las patas traseras, desollados y soltando sangre, regresé al coche donde me esperaba la familia tan rápido como pude. El “mountaneer” que los había cazado, les había arrancado la piel y estaba dispuesto a comérselos no debía de ser muy sociable. Por algo vivía a un costado de la “loneliest road”.

Post-post:
Y si queréis meteros de lleno en el ethos mountaineer no dejéis de escuchar esta canción de John Denver llamada Country roads  que dice: "Country roads, take me home / to the place I belong / West Virginia, mountain mamma / take me home, country roads" ("Carreteras rurales, llevadme a casa / al sitio al que pertenezco / West Virginia, madre montaña / llevadme a casa, carreteras locales"). Cuando salió en 1972 fue un récord inmediato de ventas y con el tiempo se ha convertido en un verdadero símbolo de West Virginia y uno de sus himnos oficiales.