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lunes, 23 de diciembre de 2019

Una barba muy real


El fin de semana pasado mi hijo fue contratado para un evento. Estados Unidos promociona que los chavales entren en el mercado de trabajo desde muy jóvenes según su tiempo libre, sus gustos y sus capacidades. Hacer de canguro suele ser la tarea más habitual a partir de los 12 años una vez realizado el curso de la Cruz Roja sobre cuidado de niños. Limpiar de nieve las rampas de los garajes, quitar las hojas de los vecinos, pasear a los perros o dar clases de apoyo a otros niños son también muy populares. A partir de los 16 años una buena opción es ser socorrista de las piscinas de los barrios durante los meses de verano, un trabajo intensivo y de gran responsabilidad (ver posts ¡Abrió la piscina! y Piscineando) que requiere haber superado previamente un curso obligatorio de varias semanas de duración que empieza en el mes de enero. Luego está hacer de camarero los fines de semana o algunas tardes a la salida del colegio y, en nuestra zona, trabajar en primavera en un vivero cercano al colegio ayudando a los clientes a llevar los fertilizantes, tierra y brotes o plantas de temporada recién adquiridos hasta sus coches. Todos ellos son trabajos pagados según los precios oficiales garantizando que no haya discriminación alguna por razones de edad.
 
El adolescente que tengo en casa, al que siempre cuesta horrores despertar por la mañana, se levantó temprano y se presentó a la hora convenida en su puesto de trabajo. Era un acto organizado por un área comercial que ofrecía a los paseantes actividades navideñas para chicos y grandes. Le dieron su uniforme: una casaca verde y roja, un gorrito y unos escarpines de los mismos colores, es decir, un traje de… elfo. ¡Durante cuatro horas iba a ser ayudante de Santa Claus! Es más, Papá Noel estaba ya perfectamente ataviado y con su cara bonachona lista, y un trío de Christmas carolers (cantantes de villancicos), vestidos al estilo victoriano, calentaba las voces en esa helada mañana de diciembre.

Ni que decir tiene que el evento fue un éxito y que mi hijo disfrutó de lo lindo. Hablar de tu a tú con Santa fue de lo mejor que le ha pasado en este año y de lo que me contó de sus conversaciones salió el contenido de esta entrada de hoy. Yo no tenía ni idea del “submundo Santa Claus” y, menos aún, de la existencia de la Orden Fraternal de Santa Claus con Barba Original, una asociación de Papás Noel profesionales que exige que la barba, el traje y la actitud de los que van a desempeñar tal personaje sean reales. Y resulta que no es la única. Me quedé puesta.

Según Papá Noel le contó a mi hijo, no es un trabajo para cualquiera y exige mucha dedicación e inversión. En primer lugar, hay que dar el tipo. Aunque puede haber un poco de relleno estomacal, hay que tener, de por sí, una complexión robusta, algo que, en principio, no es muy extraño en un país en donde la mitad de su población será obesa en apenas diez años, según un reciente estudio de la Universidad de Harvard. Pero hay que tener, además, una tupida barba blanca (“los niños tiran de ella y quieren comprobar que es real”) y eso ya es otra cosa, porque una barba de esas características no crece de un día para otro y no siempre es compatible con otros trabajos. Muchas compañías no quieren contratar durante todo el año a alguien con barbas así y tal vez por eso, según la propia asociación, muchos de sus miembros son autoempleados o tienen sus propios negocios. Además, ¿qué empresa va a permitir en este país cuyo Estatuto de los trabajadores ni siquiera reconoce las vacaciones como derecho (ver post ¿Derecho o beneficio?), que uno de sus empleados se tome dos meses de permiso al año para hacer de San Nicolás durante la temporada de Navidad?

El traje es fundamental. Si uno normal, de los de disfraz, puede costar unos 100 dólares, uno de la calidad necesaria para parecer real supera los 500 dólares, a los que hay que añadir el cinturón, las botas y las campanas, que se llevan otros cientos. Pero, con todo, lo más importante no es solo la apariencia sino también la actitud, y tenerla requiere formarse. Me volví a quedar puesta al descubrir que hay academias que imparten durante la primavera y el otoño clases para formar “auténticos” Santa Claus. La Northern Lights Santa Academy es solo una de ellas y en su curriculum figuran asignaturas como Historia de la Navidad, Filosofía del trabajo, Herramientas de la interpretación (vocales, condición física, improvisación), Contar una historia sin decir una palabra, Entender el espacio, El arte de la expresividad, Desarrollando la magia de la foto, Cuentos con Santa…

Finalmente, pero no menos importante, al ser un trabajo relacionado con niños, para ser miembro de esta asociación profesional hay que tener un certificado de penales impecable sin trazas de crímenes por violencia, tenencia de armas, delitos de odio o sexuales de cualquier tipo. Al fin y al cabo, los niños son lo más importante y los padres quieren tener la certeza de que no están sentando a sus hijos en el regazo de cualquiera.

Mi hijo se sentó sin dudarlo en su rodilla y le pidió sus regalos. “Era muy majo, muy amable, muy afable y muy simpático con todo el mundo y eso que fue el centro de atención todo el rato”, me diría después. Eso sí, no sé lo qué pediría porque le contestó “Veré lo que puedo hacer”. Aunque, bueno, para mi tranquilidad, eso se lo dirá a todos. ¡Feliz Navidad!

Fotos: Adriana Carrillo.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Arboles de Navidad

Cada año se venden en Estados Unidos entre 25 y 30 millones de árboles de Navidad y actualmente están creciendo en este país más de 350 millones de estos arbolitos para ser destinados a la venta. Cuando leí estos datos en un folleto que me llegó de la Asociación Nacional de Arboles de Navidad (realmente hay asociaciones para todo) me quedé puesta. “¡Qué barbaridad!, pensé, ¡Cómo son estos americanos! ¡Qué poco respeto por la naturaleza! ¡No me extraña que Estados Unidos se haya salido del Acuerdo de París sobre el cambio climático!”

Durante años, me han vendido la moto de que no eres ecológico si pones un árbol de Navidad natural en tu casa, de que es muy frívolo arrancar esos árboles de su hábitat para llenarlos de luces horteras, guirnaldas de plástico y bolas de colorines solo por unos días. Nunca he estado muy de acuerdo con esos comentarios porque a mí me gusta esa tradición, no creo que mis árboles queden horteras al adornarlos y cuando son naturales, me encanta el olor que desprende su resina al calor de la calefacción. Pero tengo que reconocer que me irrita bastante recoger las agujas que se caen a diario y andar vigilando el nivel del agua, así que hace años que sucumbí a los árboles artificiales justificando mi pereza con argumentos ecologistas y diciéndome que yo sí respeto la naturaleza. Y resulta que ha venido la Asociación Nacional de Arboles de Navidad a decirme que lo peor de lo peor y lo más antiecológico es tener un árbol de Navidad artificial.

El folleto destacaba que los árboles de Navidad naturales son un recurso renovable y reciclable mientras que los artificiales están hechos con plásticos no biodegradables y con algunos metales nocivos. Que todos los Estados de Estados Unidos cultivan árboles de Navidad naturales mientras que el 80% de los artificiales están hechos en China. Que existen más de 4.000 programas locales de reciclaje de árboles de Navidad en lo largo y ancho del país y que por cada árbol talado se siembran de 1 a 3 semillas. Y que, encima, esta industria emplea a más de 100.000 personas. O sea, que cortar árboles de Navidad es bueno para la naturaleza, para el empleo, para la redistribución de ingresos y para no darles dinero a los chinos.

Cuando leí el folleto, mi árbol ya estaba puesto y, como ya conté en años anteriores (ver entrada Estate sales), se encontraba dando vueltas sobre su eje en el salón de mi casa (tengo que reconocer que eso de que el árbol sea giratorio sí que es un poco hortera, pero al comprarlo en una venta de garaje de segunda mano no me percaté de esa inusual cualidad). Así que decidí que este año mi árbol de plástico se quedaba, pero que para el año que viene buscaría uno natural. Me metí, pues, en la página web de la asociación a ojear los diferentes tipos. Y me volví a quedar puesta. ¡Había 11 clases de árboles diferentes y cada uno tenía un párrafo que lo describía para que pudieras elegir el que mejor se adaptara a tus necesidades! Estaba el “White pine”, que no se recomienda para adornos pesados y que tiene poco aroma; el “White spruce”, que es excelente para los adornos pero que huele mal cuando sus agujas se parten; el “Fraser fir”, de bonita forma y cuyas agujas aguantan bastante; el “Colorado blue spruce”, el “Concolor fir”, el “Douglas fir”, el “Balsam fir”, el “Scotch pine”, el “Noble fir”, el “Leylan cypress” y el “Virginia pine”. No sé por qué, me estresé un poco.

A continuación, explicaban una serie de consejos para ayudarte a decidir: 8 links más para leer si pensabas comprar tu árbol en una tienda y otros 8 si tu intención era ir a una plantación a elegirlo y cortarlo. No sé por qué, pero cada vez estaba más indecisa. Los “tips” para mantenerlo en buen estado en tu casa eran otros 15 y las opciones para reciclarlo al final de la Navidad eran 11. Parecía que estaba recibiendo información para suscribir una hipoteca millonaria en vez de para comprar un simple arbolito de Navidad.

Creo que, de momento, me lo voy a pensar. Al fin y al cabo, mi árbol chino giratorio no biodegradable y cargado de metales nocivos se guarda en una bolsa ex profeso cuando acaba la Navidad y once meses después está en el mismo sitio esperando para ser decorado sin manchar ni dar mal olor cuando se le parte alguna ramita de plástico. Y eso tampoco está tan mal, ¿no?.

Fotos: Noble Mountain

lunes, 10 de diciembre de 2018

Enlace musical para Navidad


Yo soy de las que les gustan las Navidades. Y mucho. Este año tengo puesto el árbol desde el 1 de diciembre y posiblemente lo deje, como otras veces, hasta bien pasado el día de los Reyes Magos. Amortizo el trabajo que cuesta subir las numerosas cajas con los adornos, colocar las interminables tiras de luces, enganchar uno por uno los colgantes que hemos ido recopilando, distribuir los belenes, la nieve artificial, los calcetines en la chimenea, las guirnaldas de las puertas o las velas de las ventanas. Antes lo hacía sola, mientras los niños estaban en el colegio, para darles la sorpresa al llegar y, porque francamente, iba más rápido y me quedaba mejor. Pero últimamente lo hacemos todos juntos y lo disfrutamos mucho. Y, con la apertura de la primera caja, empieza invariablemente a sonar la música navideña.

Al principio solo poníamos los villancicos tradicionales españoles cantados por los típicos coros infantiles de voces blancas. Cantaba a voz en grito, sola o acompañada La marimorena, Hacia Belén va una burra, el Chirriquitín, Los peces en el río, Arre borriquito, Fum fum fum… Una y otra vez, machaconamente, porque nuestra decoración de Navidad nos toma varias horas; pero acabábamos un poco saturados de tanta pandereta y voces agudas. Ahora tenemos mucha más variedad y, no sé si será impresión mía, pero cada año hay más música navideña para todos los gustos. Incluso para aquellos a los que no les gusta la Navidad. 

El diario The New York Times ha sacado este año una guía de novedades discográficas para dar satisfacción musical a los más festivos, a los solitarios o a los escépticos de la Navidad y no me resisto a compartir algunas de las sugerencias. Es el momento de escucharlas y de que empiecen a sonar en vuestros altavoces. Os paso un avance a golpe de enlace porque estoy segura de que habrá más de un tema que os dejará “puestos”:

-      Eric Clapton: “Happy Xmas”. Para los “anticelebraciones” que se refugian en un bar y para los que las disfrutamos también con una buena cerveza.
-      Rodney Crowell: “Christmas everywhere”, un álbum lleno de escepticismo hacia las tradiciones navideñas que desea “Feliz Navidad desde una cama vacía” o que, con humor, propone en una alegre canción que  “Prescindamos este año de la Navidad”.
-      J Drew: “A Karew family Christmas”. ¿Rap navideño? 
-      The Mavericks: “Hey! Merry Christmas!”. El directo del hace un par de años de esta banda de rock&roll y country fue divertidísimo (Ver entrada Canción de Navidad)  Un clásico en nuestra casa.
-      JD McPherson: “Socks”. La forma de pronunciar el título de su álbum ya te da una idea de lo que piensa de la Navidad este músico que reinterpreta el rock de los años 50.
-      Pentatonix: “Christmas is here!”. Este grupo de “a capella” es uno de los favoritos de mi hijo de 15 años. 
-      Say Sue Me: “Christmas is not a biggie”. Una banda indie surcoreana de inspiración surfera y rockera.

lunes, 8 de enero de 2018

Lobbies

Cuando en Nochevieja regresábamos a casa tras cenar con unos amigos, vi que los vecinos ya habían tirado el árbol de Navidad a la basura. Me quedé puesta. Eso sí que es rapidez. Al día siguiente el número de arbolitos se había multiplicado y el martes, que es cuando pasa el camión de la basura (ver entrada Thanks God it's Tuesday), el vecindario parecía un triste cementerio vegetal. Me dio mucha pena ver que esos árboles tan bonitamente decorados e iluminados hacía apenas unas horas estaban ahora desnudos y congelados a la orilla de la carretera esperando que el camión de residuos de jardinería los triturara sin dejar rastro alguno de su cadáver en el hogar que habían llenado de calidez. Me pareció una imagen tristísima.

Y esa estampa de desolación debe de haberse visto por todo Estados Unidos. Según la Asociación Nacional de Árboles de Navidad (¿no es alucinante que en este país haya asociaciones para todo?) cada año entre 25 y 30 millones de hogares americanos compran un árbol de Navidad natural. Para ello han ido a uno de los múltiples puestos de venta que surgen de la noche a la mañana en las carreteras o a alguna finca por donde puedes pasear con tu familia, elegir el ejemplar que quieres comprar e incluso cortarlo tú mismo para hacer la experiencia más auténtica. Si encima te pones un gorrito de lana y la camisa de leñador quedas de lo más hipster con el árbol amarrado a la baca de tu coche volviendo hacia tu casa.

Todo para tirarlo a la basura antes de un mes porque aquí, para más inri, nadie celebra la llegada de los Reyes Magos con lo que las fiestas se acaban mucho antes. Pobres arbolitos, crecer tan hermosos para tener un final tan triste. Si ya de por sí suelo entrar en un profundo estado de melancolía cuando veo que se acerca la fecha de desmontar los adornos navideños, desenredar las luces, guardar las bolas en sus cajas correspondientes, desempolvar las cintas y guirnaldas, embalar la estrella… ahora resulta que me invade una conciencia ecologista con la que no contaba.

Finca de árboles de Navidad en Iowa
Según la mencionada asociación, solamente en Estados Unidos hay cerca de 350 millones de árboles de Navidad que están creciendo en fincas destinadas para tal propósito. Por cada árbol que se tala en invierno, en primavera se plantan de una a tres semillas gracias a los más de 4.000 programas de reciclaje de árboles. Arboles plantados en más 350.000 acres de terreno de 15.000 fincas americanas que emplean a más de 100.000 trabajadores. El pensar en los bonitos retoños que estarían creciendo en las montañas de Oregón, Carolina del Norte, Pennsylvania, Michigan, Wisconsin o el Estado de Washington disipó la nube de tristeza que había surgido tras la visión de mi vecindario.

Luego seguí leyendo que el 80% de los árboles artificiales que se venden en Estados Unidos son made in China, según datos oficiales. Y mientras los árboles naturales son reciclables y renovables, los artificiales contienen plásticos que no son biodegradables así como posibles metales tóxicos, del estilo del plomo.

En mi casa es costumbre que el árbol de Navidad siga profusamente decorado y lleno de luces hasta que pase la Epifanía. Sin embargo, esta información que ahora tengo me estaba haciendo mirar con desconfianza la imperecedera artificialidad del árbol que compré de segunda mano nada más llegar a EEUU. A saber la cantidad de plomo que estaría liberando por cada una de sus agujas de pino de imitación. Lo quité bien tempranito ayer. No he querido buscar la etiqueta para averiguar dónde está hecho; sospecho que no habrá sido fabricado en ese 20% no chino. Desde luego, los lobbies de la industria navideña hacen bien su trabajo.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Feliz Navidad

Los americanos se esmeran en decorar sus casas por Navidad. Con, tal vez, la excepción de México, en ningún otro país he visto tal profusión de luces de colores, papás noeles hinchables, natividades de tamaño natural, proyecciones con motivos  invernales sobre las fachadas, bolas gigantes colgando de árboles que han perdido su follaje, candy canes de neón, nutcrackers de metro y medio de altura, cervatillos de alambre solitarios o en rebaño… Me encantan y disfruto adivinando si en esa casa viven niños, si han puesto la decoración apresuradamente o si los dueños tienen gustos que coinciden con los míos.

Entre los adornos que más me gustan, por su elegancia y sobriedad, están las coronas de Adviento que hay en muchísimas puertas y, en muchas ocasiones, en todas las ventanas de las casas. Por si solas hacen que una vivienda me parezca cálida y acogedora. La casa… o ¡el coche!, porque es muy habitual que esas coronas cuelguen de la parte frontal de los vehículos. ¿No es para quedarse puesta?

La Universidad de Georgestown en Navidad
Estas coronas que ahora vemos por doquier, tienen un origen pagano proveniente de la celebración del solsticio de invierno, el día más corto del año, con la mirada puesta en la llegada de la primavera, cuando, tras el crudo inverno, todo vuelve a renacer. Su cristianización le otorga el significado de la vida eterna marcado por la forma circular de la corona que no tiene principio ni fin y por el follaje perenne de color verde, símbolo de la esperanza y la eternidad. Actualmente las hay de todo tipo de materiales, naturales o artificiales, con o sin luces, más o menos recargadas pero a mí, las que más me gustan, son las naturales de ramas de pino con un simple lazo rojo. El olor que desprenden cuando traspaso una puerta con una de esas coronas me hace sentir bien al instante.

En nuestras primeras navidades en Estados Unidos estaba tan deslumbrada por toda la decoración navideña en las casas que cuando fuimos a Colonial Williamsburg no me llamó especialmente la atención que allí las coronas de Adviento estuvieran hechas de frutas. Este museo viviente de 122 hectáreas en el Estado de Virginia es una recreación de la vida colonial en dicho estado sureño y exhibe docenas de casas restauradas así como de los comercios y del trazado de calles de la época previa a la Guerra de Independencia. Numerosos actores vestidos de época dan la apariencia de desarrollar su vida cotidiana y ofrecen explicaciones, a veces en inglés arcaico, de las diferentes costumbres y actividades en el siglo XVIII. Es una de las mayores atracciones turísticas del país que junto con las vecinas Yorktown y Jamestown conforma el Triángulo Histórico de Virginia unido por el llamado Colonial Parkway, una delicia de carretera por la que no pueden circular ni camiones ni vehículos comerciales (con la excepción de autocares de turistas).

A principios del siglo XX Colonial Williamsburg se encontraba en un estado bastante deplorable pero, según el reverendo Goodwin, que había sido párroco de la iglesia y que era testigo de su creciente deterioro, era “la única capital colonial que todavía podía ser objeto de restauración”. Consiguió la financiación de J.D. Rockefeller Jr, el hijo del magnate fundador de la Standard Oil Co, quien fue comprando poco a poco y en secreto los solares con los edificios en ruina para que no subieran de precio. Durante la restauración se demolieron 720 edificios posteriores a 1790 y se procedió a una recreación que nunca ha dejado de estar exenta de críticas pero que goza de gran éxito entre los visitantes.

Una de esas críticas hace referencia a los adornos navideños que son un icono de Williamsburg pero que, al parecer, tienen poco que ver con lo que había en la época. Según cuentan, cuando en los años 30 los primeros visitantes iban a ver los progresos que se estaban haciendo en la restauración, esperaban encontrar una explosión de decoración navideña en las oscuras calles. Alguien colocó un par de árboles de Navidad con luces de colores pero no casaban muy bien con el ambiente histórico. Una investigación demostró que en el siglo XVIII la Navidad era allí una sobria celebración religiosa y no los excesos decorativos que ya estaban de moda, pero eso tampoco casaba muy bien con las expectativas de los turistas. Así que se decidió buscar un término medio y colocar decoraciones inspiradas en las tradiciones inglesas reflejadas en los cuadros de la época y realizarlas con elementos naturales que fueran habituales en la Virginia del año 1700. Los jarrones o los marcos de puertas en los que se colocaban procedían del revival del estilo colonial que tan de moda estaba en las artes decorativas americanas de la década de 1930. Estos ornamentos han evolucionado con el paso de los años pero las frutas y el color verde se han convertido en una seña de identidad de la Navidad en Colonial Williamsburg, que pese a algunas acusaciones de poco rigor histórico, merece la pena visitar, especialmente, en Navidad.

Feliz Navidad para todos.


lunes, 11 de diciembre de 2017

De ángeles y mormones

Tardé bastante tiempo en descubrir lo que era. Un edificio blanco, majestuoso, con seis altísimos pináculos dorados, uno de los cuales estaba coronado por la escultura de un trompetista áureo. Cada vez que pasábamos por la autopista interestatal 495, una de las arterias principales para moverte por los alrededores de Washington, esa construcción despertaba nuestra curiosidad. Parecía el castillo de Walt Disney en dimensiones colosales que surgía del centro de un tupido bosque de árboles siempre verdes.

Un buen día descubrimos que se trataba del templo de los Mormones y que el brillante trompetista no era otro que el ángel Moroni (pronúnciese mourounai) que se le apareció a Joseph Smith, el fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o, como se conoce en inglés, la LDS Church. Este ángel/profeta/guardián fue, según los Mormones, el último en escribir en unas antiguas placas de oro la historia de su pueblo, la nación nefita, y su completa destrucción allá por el siglo V. En 1823 le reveló a Joseph Smith el lugar donde las había enterrado antes de morir en una gran batalla entre dos civilizaciones precolombinas y le guió hasta allí, una colina en el oeste del Estado de Nueva York. Estaban escritas en un supuesto lenguaje llamado “egipcio revisado” y el fundador de la iglesia de los mormones consiguió traducirlo y descubrir que narraban la visita de Jesús a los indígenas de América. Llegó al convencimiento de que con ello Dios le estaba encomendado reorganizar la iglesia cristiana. Me quedé tan puesta que hube de verificar que el nombre oficial de la iglesia no era LSD Church.

La historia que sigue es delirante y apasionante: cómo esta nueva religión se va expandiendo en aquella convulsa nación del siglo XIX que intentaba crear su identidad nacional, cómo tenía que hacer frente al rechazo que suscitaban sus intentos de levantar una teocracia y su defensa de la poligamia, cómo las acusaciones de fraude y paganismo estuvieron a punto de acabar con ella. Hasta llegar al día de hoy en que tiene unos 16 millones de seguidores (es la cuarta iglesia de Estados Unidos), ha establecido congregaciones y levantado templos por todo el mundo y cuenta con 70.000 misioneros que predican su mensaje por los cuatro puntos cardinales. 

Cuando era niña los mormones llamaban muchas veces a la puerta de mi casa en Gijón para hacer su labor de apostolado: jóvenes rubios, altos y guapos, siempre en pareja, uniformados con pantalón negro, camisa blanca y una chapa oscura con su nombre que, invariablemente, empezaba por “Elder”. Me enseñaron a decirles “No, muchas gracias” sin darles opción a que articularan palabra alguna, como si fueran una secta terrible de la que había que mantenerse alejado porque si les dejabas entrar en tu casa te abducían y terminabas perdido para siempre. Nunca supe gran cosa de ellos. Por eso, ahora, ya adulta y sin miedo a un lavado de cerebro, cuando Gabriel trajo una invitación para asistir a la 40º Ceremonia del encendido de luces navideñas de su templo, grité de emoción por poder acercarme por fin a ese territorio tan misterioso como desconocido. Las letras doradas de la elegante tarjeta, la promesa de la asistencia de miembros del 115 Congreso de Estados Unidos, el anuncio de que encenderían 650.000 luces para celebrar la Navidad y de un refrigerio al final del acto hicieron que confirmáramos de inmediato y las tres semanas que pasaron hasta que llegó el día D se me hicieron larguísimas.

El templo de Kensington (Maryland) fue construido en 1974 en un terreno de 23 hectáreas de las que solo 5 fueron despejadas de árboles para que siguiera dando la impresión de ser un lugar remoto a pesar de estar a pocos minutos de la capital de Estados Unidos. Fue el primero que se levantó al este del río Mississippi y no se había construido ninguno desde 1846. La ceremonia tenía lugar, para mi pesar, en el centro de visitantes y no en el templo en sí , donde solo pueden entrar los miembros de esta iglesia que, además, no lo usan para celebrar las misas cotidianas sino para las bodas, la oración o la reflexión.

¡España, presente!
Lo primero que me sorprendió cuando traspasé la entrada fueron dos bonitos y enormes árboles de Navidad adornados con parejas de muñecos de todas partes del mundo. Luego, la exposición de más de 200 belenes provenientes también de numerosos países. En el auditorio un coro cantaba villancicos tradicionales y tras la actuación del tenor y las palabras de los invitados de honor, uno de los Elder de más rango se dirigió al público. Me preparé para proteger mi cerebro de los cantos de sirena y las promesas de una salvación mucho más eterna y placentera que la de mi educación católica, aspectos ambos con los que seguro que me querrían atraer a su secta. Y me quedé puesta. Nada de lo que dijo Elder (que ahora sé que no es un nombre propio sino un tratamiento al estilo de “hermano”) me sonó distinto: habló del significado de la Navidad, de que las estrellas simbolizan el nacimiento de Jesús, de que las campanas hacen referencia a la Anunciación y a la gloria a Dios en las alturas, de que el color rojo sugiere el sacrificio de Jesucristo para redimirnos de nuestro pecados, de que el verde perenne se refiere a la vida eterna, de que los Reyes Magos nos recuerdan que la Navidad es la época de dar y recibir y que el mayor regalo que jamás hemos recibido fue la vida de Jesús y, finalmente, de que las 650.000 luces que iban a encender no eran más que el símbolo de que Jesús era la luz del mundo y nos alumbraría el camino hacia Dios. Vamos, el contenido de mis clases de religión de toda la escuela primaria.
 
Finalmente no iluminaron el templo sino el arbolado que hay alrededor convirtiéndolo en un precioso camino de luces de colores que no desentonaría, para nada, como decoración de Disneylandia y yo me quedé con las ganas de entrar a la iglesia propiamente dicha. Pero no pierdo la fe: en tres meses van a hacer obras y lo van a desacralizar. Terminarán en 2020 y antes de que lo consagren de nuevo como templo, dejarán entrar a los no mormones. Ya lo tengo marcado en mi calendario. ¿Quién se apunta para que formemos pareja?.

Post-post:

Los mormones están actualmente en uno de sus mejores momentos. Hace unos años un estudio sobre la religión y la política encontró que el 74% de los mormones norteamericanos era del partido republicano. Tal vez por ello uno de los grandes números musicales de la toma de posesión de Donald Trump el año pasado fuera una actuación del Mormon Tabernacle Choir, un impresionante coro que entre sus numerosos galardones cuenta con un premio Grammy, dos Emmy, dos Peabody y la Medalla Nacional de las Artes. En el mundo del teatro, el irreverente y divertidísimo musical The Book of Mormon ha sido 9 veces ganador de los premios Tony en la categoría de mejor musical y se ha convertido en un fenómeno internacional. Y en la literatura, Stepheney Meyer, la autora de la serie de novelas Twilight que ha vendido decenas de millones de ejemplares, resulta que es mormona. Desde luego, imaginación nunca les ha faltado.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Cantantibus organis


“Cantantibus organis” entramos en el recinto.  Nada más traspasar el umbral una sonrisa nos deseó felicidades y la persona que la lucía nos entregó un cuadernillo. Un poco más adelante se abría un espacio octogonal, luminoso, con largas filas de bancos orientados hacia uno de los lados. Cientos de “poinsetias” blancas y rojas se amontonaban ordenadamente en diferentes rincones. Un órgano descomunal ocupaba un lateral y bajo sus tubos cinco personas cantaban conocidas melodías.

Nos acomodamos en uno de los bancos y a la hora convenida los presentes, elegantemente vestidos, se pusieron en pie, comenzó una nueva canción y por la puerta principal entraron dos personas con sendas cruces seguidas por el sacerdote. Daba comienzo la misa de Navidad.

 Tengo asociadas las iglesias con lugares oscuros, de recogimiento, donde se habla bajito y se va a escuchar y a repetir mecánicamente unas respuestas memorizadas. Sé que no todas las iglesias son así, pero ése es el recuerdo que me acompaña de la parroquia a la que iba de pequeña. Nunca allí fui objeto de recibimiento o despedida alguna por parte del sacerdote, ni entraba la luz a raudales de esa manera, ni estaba tan profusamente decorada; jamás me dijeron desde el púlpito buenos días, ni mucho menos contesté; nunca vi que en mi parroquia hubiera personas que controlaran el acceso y que solo dejaran entrar a los rezagados cuando hubiera terminado una parte de la misa o concluido una canción, o que, incluso, esas mismas personas fueran dirigiendo a la congregación en el momento de la comunión para que todo fluyera de manera ágil y ordenada; no había una soprano que hiciera de maestra de ceremonias desde un púlpito lateral dirigiendo las voces de los fieles como si de un coro profesional y multitudinario se tratara. Aquí todo era elegante, sofisticado, melódico y alegre… una gran puesta en escena para celebrar el día de Navidad en un barrio residencial de los suburbios.


Y alegre, muy alegre, fue la misa a la que asistimos hace unos meses en el centro de Washington DC. El sacerdote a ratos gritaba y ratos susurraba, modulando e impostando la voz como un gran actor sobre el escenario y junto al altar había un pequeño órgano electrónico tocado por un hombre enorme, una batería y una veintena de coristas cantando gospels. La congregación de fieles, en su mayoría gente de color, se levantaba en mitad del sermón en un éxtasis místico que no creo que se pareciera en nada a los de nuestra santa abulense y jaleaba al predicador, o alzaba las manos y se mecía a ambos lados como juncos cimbreantes; cuando el coro se arrancaba todos nos levantábamos, cantábamos y bailábamos. Era también una iglesia católica. Se cumplieron los mismos ritos y en el mismo orden.

A la salida de la primera misa el sacerdote me apretó la mano y me sonrió deseándome feliz Navidad; a la salida de la otra, los fieles, con las manos aún calientes de marcar el ritmo con las palmas, nos desearon una feliz semana y que volviéramos con ellos a la fiesta del Señor. Ambas congregaciones se habían puesto sus mejores galas para la ocasión. Ambas celebraban lo mismo a su estilo. Ambas me dejaron puesta. A ambas volveré.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Canción de Navidad

En estas fechas me deja puesta el gusto que tienen los americanos por la música navideña. A diferencia de nuestros villancicos que permanecen inalterables en el tiempo, la música navideña a este lado del charco admite todos los ritmos y satisface los gustos de cualquier melómano; los grupos de rock&roll, rythm&blues, funky, hip-hop, country … adaptan a su estilo temas tradicionales o lanzan en estos días nuevas canciones que, con el tiempo, se convertirán en clásicos.

Pero es que su Navidad no es una celebración religiosa. Bob Dylan, el flamante premio Nobel de literatura, publicó el álbum “Christmas in the heart” en 2009 y al preguntarle por qué un judío lanzaba un disco con himnos, villancicos y canciones populares de Navidad, dijo: “La música navideña es de todo el mundo y todo el mundo puede identificarse con ella a su manera”. Es cierto, los temas a los que hacen referencia las canciones navideñas americanas son los regalos, Santa Claus, los muñecos de nieve, los trineos, el muérdago, las luces… Nuestros villancicos hablan del nacimiento de Jesús, del peine de la Virgen, de los pastorcillos, del tamborilero, de Belén… Nada que ver.

Aquí es un género que arrasa. En noviembre del año pasado, dos días antes de Acción de gracias, ya había 244 emisoras musicales que emitían música navideña 24/7 y está demostrado que cuando una estación de radio norteamericana cambia su programación habitual a la navideña el número de oyentes literalmente se duplica. Eso sí, el 25 de diciembre, cuando para nosotros la Navidad no ha hecho más que empezar y empezamos a descontar los tradicionales “12 days of Christmas” (que van desde el 25 de diciembre hasta el 6 de enero, es decir, desde la Natividad hasta la Epifanía) la música navideña deja de sonar abruptamente. Estas canciones están tan asociadas para los estadounidenses al día de Navidad que se quedan desfasadas el mismo 25 de diciembre con sus referencias a un Santa Claus que ya ha dejado sus regalos y ha desaparecido hasta el año que viene. Alguna estación de radio continua emitiendo esta música un poco más, pero nunca más allá del 1 de enero.

The Mavericks en Navidad
Las cadenas de televisión programan sus grandes especiales de Navidad para la primera semana de diciembre y nosotros hace ya tres semanas que fuimos a ver el concierto de Navidad de “The Mavericks”, una banda fantástica y divertidísima que combina música country y tex-mex con influencias rockabillies. A pesar de que al principio del concierto nos advirtieron de que no sería el espectáculo de Navidad típico, de que no gustaría a los amantes de las compras de “Black Friday” o de hacerse las fotos con Santa Claus en el centro comercial o de que dirían palabrotas en su actuación, lo cierto es que la decoración del escenario y las luces no podían ser más navideñas y cantaron algunos de los villancicos clásicos que arrasan desde los años 30 en este país; incluso dedicaron uno de ellos ("I'll be home for Christmas") a los soldados que no podrán volver a casa por Navidad.

El teatro estaba lleno y todos acabamos en pie bailando y cantando. La media de edad era alta y yo me volví a quedar puesta viendo a jubilados tan cañeros. Y aquí tengo que reconocer mi culpa: ellos ya bailaban esa música hace 50 años.

Post-post

Aquí os dejo los links de los 10 temas navideños más escuchados en EEUU en distintos estilos. ¿Cuál os gusta más?:



Sleigh ride
Rudolph the red nosed reindeer

Y la recomendación especial de Gabriel para estas Navidades es "A very Kacey Christmas", el último disco de la joven cantante de country Kacey Musgraves Present without a bow