lunes, 23 de diciembre de 2019

Una barba muy real


El fin de semana pasado mi hijo fue contratado para un evento. Estados Unidos promociona que los chavales entren en el mercado de trabajo desde muy jóvenes según su tiempo libre, sus gustos y sus capacidades. Hacer de canguro suele ser la tarea más habitual a partir de los 12 años una vez realizado el curso de la Cruz Roja sobre cuidado de niños. Limpiar de nieve las rampas de los garajes, quitar las hojas de los vecinos, pasear a los perros o dar clases de apoyo a otros niños son también muy populares. A partir de los 16 años una buena opción es ser socorrista de las piscinas de los barrios durante los meses de verano, un trabajo intensivo y de gran responsabilidad (ver posts ¡Abrió la piscina! y Piscineando) que requiere haber superado previamente un curso obligatorio de varias semanas de duración que empieza en el mes de enero. Luego está hacer de camarero los fines de semana o algunas tardes a la salida del colegio y, en nuestra zona, trabajar en primavera en un vivero cercano al colegio ayudando a los clientes a llevar los fertilizantes, tierra y brotes o plantas de temporada recién adquiridos hasta sus coches. Todos ellos son trabajos pagados según los precios oficiales garantizando que no haya discriminación alguna por razones de edad.
 
El adolescente que tengo en casa, al que siempre cuesta horrores despertar por la mañana, se levantó temprano y se presentó a la hora convenida en su puesto de trabajo. Era un acto organizado por un área comercial que ofrecía a los paseantes actividades navideñas para chicos y grandes. Le dieron su uniforme: una casaca verde y roja, un gorrito y unos escarpines de los mismos colores, es decir, un traje de… elfo. ¡Durante cuatro horas iba a ser ayudante de Santa Claus! Es más, Papá Noel estaba ya perfectamente ataviado y con su cara bonachona lista, y un trío de Christmas carolers (cantantes de villancicos), vestidos al estilo victoriano, calentaba las voces en esa helada mañana de diciembre.

Ni que decir tiene que el evento fue un éxito y que mi hijo disfrutó de lo lindo. Hablar de tu a tú con Santa fue de lo mejor que le ha pasado en este año y de lo que me contó de sus conversaciones salió el contenido de esta entrada de hoy. Yo no tenía ni idea del “submundo Santa Claus” y, menos aún, de la existencia de la Orden Fraternal de Santa Claus con Barba Original, una asociación de Papás Noel profesionales que exige que la barba, el traje y la actitud de los que van a desempeñar tal personaje sean reales. Y resulta que no es la única. Me quedé puesta.

Según Papá Noel le contó a mi hijo, no es un trabajo para cualquiera y exige mucha dedicación e inversión. En primer lugar, hay que dar el tipo. Aunque puede haber un poco de relleno estomacal, hay que tener, de por sí, una complexión robusta, algo que, en principio, no es muy extraño en un país en donde la mitad de su población será obesa en apenas diez años, según un reciente estudio de la Universidad de Harvard. Pero hay que tener, además, una tupida barba blanca (“los niños tiran de ella y quieren comprobar que es real”) y eso ya es otra cosa, porque una barba de esas características no crece de un día para otro y no siempre es compatible con otros trabajos. Muchas compañías no quieren contratar durante todo el año a alguien con barbas así y tal vez por eso, según la propia asociación, muchos de sus miembros son autoempleados o tienen sus propios negocios. Además, ¿qué empresa va a permitir en este país cuyo Estatuto de los trabajadores ni siquiera reconoce las vacaciones como derecho (ver post ¿Derecho o beneficio?), que uno de sus empleados se tome dos meses de permiso al año para hacer de San Nicolás durante la temporada de Navidad?

El traje es fundamental. Si uno normal, de los de disfraz, puede costar unos 100 dólares, uno de la calidad necesaria para parecer real supera los 500 dólares, a los que hay que añadir el cinturón, las botas y las campanas, que se llevan otros cientos. Pero, con todo, lo más importante no es solo la apariencia sino también la actitud, y tenerla requiere formarse. Me volví a quedar puesta al descubrir que hay academias que imparten durante la primavera y el otoño clases para formar “auténticos” Santa Claus. La Northern Lights Santa Academy es solo una de ellas y en su curriculum figuran asignaturas como Historia de la Navidad, Filosofía del trabajo, Herramientas de la interpretación (vocales, condición física, improvisación), Contar una historia sin decir una palabra, Entender el espacio, El arte de la expresividad, Desarrollando la magia de la foto, Cuentos con Santa…

Finalmente, pero no menos importante, al ser un trabajo relacionado con niños, para ser miembro de esta asociación profesional hay que tener un certificado de penales impecable sin trazas de crímenes por violencia, tenencia de armas, delitos de odio o sexuales de cualquier tipo. Al fin y al cabo, los niños son lo más importante y los padres quieren tener la certeza de que no están sentando a sus hijos en el regazo de cualquiera.

Mi hijo se sentó sin dudarlo en su rodilla y le pidió sus regalos. “Era muy majo, muy amable, muy afable y muy simpático con todo el mundo y eso que fue el centro de atención todo el rato”, me diría después. Eso sí, no sé lo qué pediría porque le contestó “Veré lo que puedo hacer”. Aunque, bueno, para mi tranquilidad, eso se lo dirá a todos. ¡Feliz Navidad!

Fotos: Adriana Carrillo.

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