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lunes, 23 de diciembre de 2019

Una barba muy real


El fin de semana pasado mi hijo fue contratado para un evento. Estados Unidos promociona que los chavales entren en el mercado de trabajo desde muy jóvenes según su tiempo libre, sus gustos y sus capacidades. Hacer de canguro suele ser la tarea más habitual a partir de los 12 años una vez realizado el curso de la Cruz Roja sobre cuidado de niños. Limpiar de nieve las rampas de los garajes, quitar las hojas de los vecinos, pasear a los perros o dar clases de apoyo a otros niños son también muy populares. A partir de los 16 años una buena opción es ser socorrista de las piscinas de los barrios durante los meses de verano, un trabajo intensivo y de gran responsabilidad (ver posts ¡Abrió la piscina! y Piscineando) que requiere haber superado previamente un curso obligatorio de varias semanas de duración que empieza en el mes de enero. Luego está hacer de camarero los fines de semana o algunas tardes a la salida del colegio y, en nuestra zona, trabajar en primavera en un vivero cercano al colegio ayudando a los clientes a llevar los fertilizantes, tierra y brotes o plantas de temporada recién adquiridos hasta sus coches. Todos ellos son trabajos pagados según los precios oficiales garantizando que no haya discriminación alguna por razones de edad.
 
El adolescente que tengo en casa, al que siempre cuesta horrores despertar por la mañana, se levantó temprano y se presentó a la hora convenida en su puesto de trabajo. Era un acto organizado por un área comercial que ofrecía a los paseantes actividades navideñas para chicos y grandes. Le dieron su uniforme: una casaca verde y roja, un gorrito y unos escarpines de los mismos colores, es decir, un traje de… elfo. ¡Durante cuatro horas iba a ser ayudante de Santa Claus! Es más, Papá Noel estaba ya perfectamente ataviado y con su cara bonachona lista, y un trío de Christmas carolers (cantantes de villancicos), vestidos al estilo victoriano, calentaba las voces en esa helada mañana de diciembre.

Ni que decir tiene que el evento fue un éxito y que mi hijo disfrutó de lo lindo. Hablar de tu a tú con Santa fue de lo mejor que le ha pasado en este año y de lo que me contó de sus conversaciones salió el contenido de esta entrada de hoy. Yo no tenía ni idea del “submundo Santa Claus” y, menos aún, de la existencia de la Orden Fraternal de Santa Claus con Barba Original, una asociación de Papás Noel profesionales que exige que la barba, el traje y la actitud de los que van a desempeñar tal personaje sean reales. Y resulta que no es la única. Me quedé puesta.

Según Papá Noel le contó a mi hijo, no es un trabajo para cualquiera y exige mucha dedicación e inversión. En primer lugar, hay que dar el tipo. Aunque puede haber un poco de relleno estomacal, hay que tener, de por sí, una complexión robusta, algo que, en principio, no es muy extraño en un país en donde la mitad de su población será obesa en apenas diez años, según un reciente estudio de la Universidad de Harvard. Pero hay que tener, además, una tupida barba blanca (“los niños tiran de ella y quieren comprobar que es real”) y eso ya es otra cosa, porque una barba de esas características no crece de un día para otro y no siempre es compatible con otros trabajos. Muchas compañías no quieren contratar durante todo el año a alguien con barbas así y tal vez por eso, según la propia asociación, muchos de sus miembros son autoempleados o tienen sus propios negocios. Además, ¿qué empresa va a permitir en este país cuyo Estatuto de los trabajadores ni siquiera reconoce las vacaciones como derecho (ver post ¿Derecho o beneficio?), que uno de sus empleados se tome dos meses de permiso al año para hacer de San Nicolás durante la temporada de Navidad?

El traje es fundamental. Si uno normal, de los de disfraz, puede costar unos 100 dólares, uno de la calidad necesaria para parecer real supera los 500 dólares, a los que hay que añadir el cinturón, las botas y las campanas, que se llevan otros cientos. Pero, con todo, lo más importante no es solo la apariencia sino también la actitud, y tenerla requiere formarse. Me volví a quedar puesta al descubrir que hay academias que imparten durante la primavera y el otoño clases para formar “auténticos” Santa Claus. La Northern Lights Santa Academy es solo una de ellas y en su curriculum figuran asignaturas como Historia de la Navidad, Filosofía del trabajo, Herramientas de la interpretación (vocales, condición física, improvisación), Contar una historia sin decir una palabra, Entender el espacio, El arte de la expresividad, Desarrollando la magia de la foto, Cuentos con Santa…

Finalmente, pero no menos importante, al ser un trabajo relacionado con niños, para ser miembro de esta asociación profesional hay que tener un certificado de penales impecable sin trazas de crímenes por violencia, tenencia de armas, delitos de odio o sexuales de cualquier tipo. Al fin y al cabo, los niños son lo más importante y los padres quieren tener la certeza de que no están sentando a sus hijos en el regazo de cualquiera.

Mi hijo se sentó sin dudarlo en su rodilla y le pidió sus regalos. “Era muy majo, muy amable, muy afable y muy simpático con todo el mundo y eso que fue el centro de atención todo el rato”, me diría después. Eso sí, no sé lo qué pediría porque le contestó “Veré lo que puedo hacer”. Aunque, bueno, para mi tranquilidad, eso se lo dirá a todos. ¡Feliz Navidad!

Fotos: Adriana Carrillo.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Bread and Butter

Se llaman Bread y Butter (Pan y Mantequilla) y no obstante su nombre y su naturaleza no han acabado en el estómago de nadie. Son los pavos que este año han protagonizado la ceremonia del Perdón Presidencial de la Casa Blanca, una tradición cada año más popular en este país siempre listo para adoptar historias en las que estén involucrados animalitos. Es algo que sabe bien Donald Trump que, a pesar de ser el primer presidente norteamericano en 130 años que no tiene perro, no ha dudado en recibir con todos los honores a Conan, el último héroe canino del ejército por su apoyo en la lucha contra el “Estado Islámico”. Y que, a pesar de haber hecho caso omiso a muchas de las tradiciones presidenciales, no ha dudado en conceder el perdón presidencial, con más pompa y circunstancia que nunca, a las dos aves que cada año recibe la Casa Blanca como regalo de la Federación Nacional de Pavos de Estados Unidos.


Los presidentes de Estados Unidos han recibido tradicionalmente pavos vivos como regalo por Acción de Gracias. Un criador de pavos procedente de Rhode Island les regaló uno desde 1873 hasta el momento de su muerte en 1913, y en 1947, con Truman, empezó la ceremonia oficial de entrega de estos animales. Algunos presidentes, como Eisenhower en sus dos mandatos, se comieron todos los que recibieron; Kennedy salvó a uno de las cazuelas pocos días antes de ser asesinado; Nixon también perdonó la vida de unos cuantos y Carter rechazó todos los que le regalaron. Aunque Reagan los enviaba a zoológicos o granjas tras recibirlos, en 1987, en su último año al frente de la Casa Blanca, decidió conceder un indulto al animal haciendo analogías con un suceso político de la época. Al año siguiente Bush instituyó el indulto presidencial como una parte misma del acto de recepción del pavo. Desde entonces, al menos uno de los pavos que recibe el presidente de los Estados Unidos es oficialmente indultado y trasladado a una granja donde puede vivir tranquilamente los años que le queden.

Los pavos que se regalan a la Casa Blanca son criados en una granja de la misma manera que los que van a parar a los supermercados, con una dieta rica en grano fortificado y en maíz y soja para que engorden en abundancia. Sin embargo, suelen tener 21 semanas, tres semanas más que sus congéneres, y unas cuantas libras más de peso, llevando la aguja de la báscula hasta las 45 libras más o menos, unos 20 kilos. Además, se selecciona previamente a unos cuantos y se les somete a una especie de curso de aclimatación a los ruidos del público y a los flashes de las fotografías. Los dos que mejor se desempeñen en estas lides serán bautizados por el personal de la Casa Blanca con nombres propuestos por escolares del Estado en el que fueron criados (Virginia, en los últimos años) y trasladados a un hotel de lujo en Washington, pagado por la Federación Nacional del Pavo, hasta el momento de la ceremonia.

Este año Trump elogió profusamente “al bello amigo con plumas, el noble pavo” que le pusieron delante. “Te deseo mucha suerte”, le dijo a Butter, que había sido situado en una plataforma para que el presidente pudiera inclinarse solemnemente ante él y decirle “Por la presente te concedo un indulto íntegro y completo”. Butter correrá mejor suerte que los 240 millones de pavos que cada año se sacrifican de media en Estados Unidos para el consumo humano, aunque su indulto no le garantice una vida tan larga y plena como sería de esperar. Porque la cría de esta variedad de pavos prioriza su peso sobre su esperanza de vida, lo que les hace propensos a problemas cardiacos, respiratorios o de estructura ósea asociados con la obesidad.

En condiciones normales estos pavos morirían antes de doce meses tras el indulto, pero durante los últimos años hay expertos del Virginia Tech College de Agricultura, una de las universidades más prestigiosas del Estado, que se encargan de que aguanten dos o tres años más en su retiro de luxe. Allí pasan el invierno cuidadosamente alimentados en un recinto con calefacción y lechos frescos, y el resto del año pueden salir a pasear libremente por el exterior y recibir las visitas de sus numerosos admiradores. Mucho me temo que yo no estaré entre ellos. Se me ocurren otros planes más divertidos. Tal vez ir a ver a Phil, la marmota que predice cuándo llegará el buen tiempo (ver post El día de la marmota) en Punxsutawney, Pennsylvania. Porque al menos ella es inmortal en virtud del ponche mágico que le dan a beber cada año y eso no deja de ser un milagro (si te lo quieres creer).

Post-post: 

Si queréis ver la ceremonia del indulto y admirar al “bello amigo emplumado” podéis pinchar aquí. Tal vez os dé por releer “Rebelión en la granja”, de George Orwell, esa novela satírica de 1945 en la que los animales de una granja se rebelaban contra el totalitarismo de los humanos y creaban un sistema de gobierno igual de tiránico. Al menos así lo hizo el escritor de novelas de horror Stephen King que, en un tweet del año pasado que se ha vuelto viral, ilustró con una cita de esa novela su visión de Trump y Putin: “Las criaturas de fuera miraban de cerdo a humano, y de hombre a cerdo, y de cerdo a hombre de nuevo; pero ya era imposible decir cuál era cuál”.


Fotos: Pavo The White House. En las otras imágenes, "No copyright infringement is intended."

lunes, 25 de noviembre de 2019

Visión de España

“Ya que habéis viajado expresamente desde Washington para venir a vernos os voy a enseñar algo especial, seguidme”. Y nos fue guiando por el interior de un antiguo edificio, con desconchones en las paredes, estrechas escaleras un poco retranqueadas, pasillos llenos de ficheros y alacenas atestadas de publicaciones, una oscura biblioteca donde una investigadora buceaba entre papeles, una sala donde decenas de obras de arte de grandes maestros esperaban su momento para volver ante los ojos del gran público. … Los bruscos cambios de temperatura según funcionaran o no los viejos radiadores y el inconfundible olor que los muchos años confieren a un lugar nos acompañaron todo el camino. Estábamos en el corazón de The Hispanic Society, la mayor institución que en Estados Unidos se dedica al estudio y fomento del conocimiento de obras relacionadas con el arte, la literatura y la historia de España y Portugal y sus áreas de influencia, lo que incluye Hispanoamérica, sur de los Estados Unidos, Filipinas o las Indias portuguesas.



The Hispanic Society, fundada en 1904 por el filántropo Archer M. Huntington, sobrevive como puede al paso del tiempo. Su museo cerró las puertas en abril de 2015, poco antes de nuestro aterrizaje en Estados Unidos, para acometer un ambicioso proyecto de reforma y sus más de 18.000 piezas de todos los formatos y épocas, desde la prehistoria hasta la actualidad, se encuentran en préstamo a otros museos y salas de todo el mundo, o almacenadas en habitaciones como la que acabábamos de pasar. Cada vez que visitábamos Nueva York lamentábamos no poder entrar a recorrerlo, sobre todo, la galería con la “Visión de España”, un conjunto pictórico encargado ex profeso para ese lugar al pintor valenciano Joaquín Sorolla con la idea de mostrar al público americano la esencia de la cultura y las costumbres de España. Ya pensábamos que nos íbamos a ir de Estados Unidos sin conocerlo cuando, de repente, la Sociedad anunció en su página web la posibilidad de concertar una visita para recorrer exclusivamente esa sala. Y allí nos plantamos, un martes por la mañana.

Retrato del Sr. Taft, Presidente de los EEUU

No éramos más de 10 personas, todas de distintas nacionalidades, a las que una guía voluntaria nos regaló durante algo más de una hora sus magníficas explicaciones. Descubrimos que el millonario Huntington empezó a estudiar español a los 14 años y desde ese momento supo que crearía una institución dedicada a difundir nuestra cultura. Conoció a Sorolla en Londres en 1908 y le organizó una exitosa exposición en solitario en Estados Unidos tras la cual se quedó varios meses realizando retratos, entre los que se incluye el que le hizo al mismo presidente de los Estados Unidos William H. Taft, que acababa de ser elegido.

Un par de años después, Huntington le encargó la decoración de una sala de The Hispanic Society para la que el valenciano pintó 14 enormes paneles en los que retrata las diferentes regiones o localidades de España a través de sus gentes, costumbres, fiestas y paisajes. Sorolla se dedicó en exclusiva durante 8 años a este ambiciosísimo proyecto que le hizo viajar por toda España realizando cientos de bocetos en la búsqueda de aquello que mejor reflejara nuestro país, algo que, según manifestaba en sus numerosas cartas, le superaba a la hora de elegir. El encargo acabó con su salud y tras pintar el último panel le dio un ictus y nunca volvería a pintar. The Hispanic Society esperó varios años a que se recuperara para inaugurar la sala, pero el pintor nunca llegó a ver sus obras instaladas y la sala se inauguró en 1926 de forma póstuma.

Quien no conozca la obra puede pinchar este enlace para hacerse una idea del espectacular proyecto y de cómo el pincel del “maestro de la luz” deja ver nuestra cultura a través de imágenes de Castilla, Roncal (Navarra), Aragón, Cataluña, Valencia, Elche, Andalucía (5 paneles), Extremadura, Galicia y Guipúzcoa. Un conjunto delicioso e impresionante, tanto como la magnífica institución que le sirve de cobijo y que, en el centro de Harlem, Nueva York, lleva más de cien años promoviendo el conocimiento del arte y cultura de España en Estados Unidos. Sobreviviendo con el menguante legado de un filántropo y los ingresos derivados de galas benéficas o préstamos a salas de arte, a todas luces insuficientes para mantener un edificio y un proyecto de tal magnitud. No puedo evitar quedarme puesta ante la ausencia de patrocinadores españoles (administración, empresas, particulares) y el olvido en el que vive por parte del gran público. Confío en que cuando reabra sus puertas, ojalá que sea antes, sepamos devolver, desde España y Latinoamérica, la generosa mirada que Archie Huntington supo poner en nuestras culturas para acercarlas al público norteamericano. 

Post-post:
La Galería Sorolla con la “Visión de España” se puede visitar los martes y los jueves en horario de mañana con cita previa que ha de solicitarse por internet en el siguiente enlace: http://hispanicsociety.org/other-event/jaoquin-sorolla-vision-of-spain-gallery/ . Conviene realizar la cita con más de una semana de antelación a la fecha deseada. Nos informaron de que está previsto abrirla también los sábados a partir del mes de febrero. Estad atentos a su página web http://hispanicsociety.org y, si pasáis por Nueva York, no os la perdáis. 

Para dar a conocer la España de la época, Huntington sufragó numerosas expediciones fotográficas encargadas, generalmente, a mujeres que viajaban durante meses por nuestra geografía. Mi post Hallazgo de lo ignorado, cuenta cómo las fotografías de Ruth Anderson me sorprendieron, un verano, en Gijón.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Tall latte


Yo, a eso de ir andando por la calle con un vaso de café en la mano, por mucha tapa que tenga, no le veo ninguna gracia. Que conste que lo he intentado. Entré en uno de tantos Starbucks que hay en este país y pedí, aconsejada por mis hijos, un tall latte, que es la forma “adecuada” de ordenar ahí un café con leche pequeño. Podría decir mucho sobre lo que me parecen esas denominaciones de la susodicha cafetería, pero, en esta ocasión voy a dejarlo pasar para no perder el norte. Volviendo a lo mío, a pesar de lo absurdo de la expresión, me entendieron muy bien y me lo sirvieron mejor, pero desde el mismo momento en que quise abandonar el local empezaron los problemas. Llevaba una bolsa con unas compras en una mano, el café en la otra y la puerta estaba cerrada. La conseguí franquear con un grácil toque de cadera coordinado con una presión de hombro contra el cristal y unos pasitos en el sentido de la apertura; unos movimientos que, a pesar de la gracilidad inicial resultaron, en su conjunto, un poco ortopédicos. No muy airosa, pero salí.

Intenté dar el primer trago mientras me disponía a cruzar la calle como veía que hacían otros a mi alrededor. Debe de ser una habilidad que se adquiere con la práctica, porque no fui capaz de caminar, acercar el vaso a la boca, apuntar con el agujerito de la tapa por el que ha de salir el líquido, darle la inclinación adecuada para verter el café en la oquedad y tragar a la vez sin que se derramara nada. El lamparón en mi camisa podía dar fe de ello y la quemadura en la lengua que me acababa de provocar me impidió maldecir a gusto. Para enfriarlo un poco decidí quitarle la tapa plástica al vaso. Aquella dependienta tan amable la tuvo que haber puesto a presión, o con mucha mala uva, porque, si no, no me explico cómo buena parte del café acabó en la pernera de mi pantalón y manchándome el zapato. La ampolla que ya empezaba a crecer en mis papilas apenas si consiguió bloquear los exabruptos. Caminar, a continuación, con naturalidad y con un vaso sin tapa de café caliente en la mano fue tarea imposible al ver cómo, con el vaivén del movimiento, el líquido cada vez se acercaba más al borde del recipiente. Estirar el brazo hacia adelante para evitar una nueva salpicadura ya no me pareció de recibo y, sucia, quemada y cabreada me senté en un banco de la calle a beber lo poco que había quedado de mi tall latte. Ahora entiendo por qué Starbucks vende cafés tan grandes, que no los puedes pedir como grande (porque ese es el nombre para el pequeño) sino que tienes que decir venti o trenta. ¡No, no, no, que dije que no iba a entrar en este tema!
 
Leía el otro día unas estadísticas que aseguraban que un 64% de los norteamericanos adultos consume café a diario y que beben, de media, 3,1 tazas al día. Dicho así no parece mucho pero si pensamos que una taza americana equivale a 236 ml, resulta que se acaban tragando casi tres cuartos de litro de café por día y por persona, 400 millones de tazas de café a diario, 146 miles de millones de tazas al año. Y claro, con ese volumen de ingesta, tienen que estar a todas horas con una taza de café en la mano, en casa, en los trabajos, en la calle o en el coche. Porque este último debe de ser uno de los sitios donde más se bebe en Estados Unidos a juzgar por el número de receptáculos para colocar las bebidas que suelen traer de serie los vehículos norteamericanos. Mi coche, un familiar de siete plazas, tiene nada menos que doce de esos espacios. ¡Doce! ¿Para qué, si solo caben siete personas? ¿Es que se las beben a pares?

En el armario de la cocina se me acumulan sin estrenar vasos térmicos metálicos que se ajustan perfectamente a esos huecos del coche. Uno me lo compré yo al poco de llegar con la intención de salir de mi casa con el café para ir tomándolo por el camino, cualquiera que este fuera. Pero resulta que yo soy de las que desayuna en la cocina, sentada, leyendo el periódico y se lava los dientes antes de salir de casa. Después ya no me apetece tomarme un café por mucho recipiente térmico bonito que tenga y menos en el coche mientras voy conduciendo. Además, mis padres me enseñaron que por la calle no se come ni se bebe (con la excepción del helado) por lo que, aunque sé que esas enseñanzas ya están desfasadas, no estoy cómoda haciéndolo. Y, finalmente, en el hipotético caso de que rellenara de líquido mi termo y lo bebiera por el camino, tendría que estar el resto del día cargando con ese trasto para traerlo de vuelta a casa, algo que ya me parece el colmo del absurdo.

Pero todas estas son apreciaciones personales que la mayoría de los americanos no comparten. Al recoger en cierta ocasión a una amiga en su casa para un viaje, salió con su bolso, su maleta y su taza de cerámica bien llenita de café para ir tomándoselo por el camino. Viendo el tipo de taza y recordando mi experiencia con un vaso con tapa especialmente diseñado para tales menesteres, la miré con cierto escepticismo. Pero ella, dominando perfectamente la situación, se sentó con estilo en el vehículo sin que se le cayera ni una gota. Ni el arrancar ni el frenar en los semáforos dejaron impronta en sus bien planchados pantalones. Y cuando se lo terminó, limpió con una servilleta la taza y la metió tan tranquilamente en su bolso. Allí habría de convivir todo el día con la cartera, las llaves, las gafas de sol, la crema de manos, el paquete de kleenex, la barra de labios… sin que ni su hombro, ni su postura, ni su cansancio denotaran el peso de ese bolso. La admiración que desde entonces siento por ella no conoce límites.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Una barbaridad más

Tengo una amiga que trabaja en una multinacional a la que, cada pocos meses, llegan jóvenes becarios europeos a desbravarse en las lides de la ingeniería. De ambos sexos porque, afortunadamente, la brecha de género en las carreras STEM (acrónimo que recoge las iniciales en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) parece que empieza a disminuir en el viejo continente, o porque, tal vez, aunque no disminuya, las chicas se animen más que los chicos a salir a pasar unos meses en el extranjero, en este caso en la zona metropolitana de Washington, DC.

No tengo ni idea de la razón por la que vienen, la verdad, pero el caso es que llegan como una bocanada de aire nuevo a las oficinas de la compañía. Fresquísimos, jovencísimos, lustrosísimos y entusiasmadísimos. Todo en ellos (y en ellas) reluce, desde su piel lozana, a los zapatos de vestir recién comprados, o los trajes, corbatas y blusas a los que parece que les acaban de quitar la etiqueta. En fin, que nada que ver con el tono cetrino del oficinista que ha repetido el trayecto desde su casa a la sede central de la empresa 250 días al año durante una media de cinco años, y que piensa que nadie va a percibir el tono amarillento de la camisa que en algún momento fue blanca nuclear.

Mi amiga, española, cuando en cierta ocasión vio entrar a una nueva remesa de becarios, comentó con una compañera de trabajo norteamericana: “Hay que ver qué guapos todos, tan jóvenes y tan bien vestidos; es que da gusto verlos”. Y la colega va y le suelta: “Vosotros, los europeos, sois siempre tan incorrectos que no sé cómo no os dais cuenta de las barbaridades que decís”. Mi amiga se quedó puesta y, además, con un corte de los buenos.

En Estados Unidos, parece ser, no está bien hablar del aspecto físico de una persona ya que puedes implicar unas connotaciones no siempre bien recibidas, ni por el sujeto de tus comentarios ni por otros oyentes. Es una cosa muy rara porque, en cambio, es muy habitual que cualquier desconocido te diga, sin venir a cuento, que le encantan tus calcetines, tu bolso o tu collar. Te lo suelta con una buena sonrisa en el vagón del metro, al pasar junto a ti en un Starbucks o al pagar la compra en el supermercado. Y no busca una respuesta por tu parte, ni entablar una conversación, sino que suele ser un comentario espontáneo sin mayor trascendencia que compartir una apreciación.

La anécdota de mi amiga me hizo caer en la cuenta de que todos esos comentarios que te destinan los norteamericanos alaban algo en ti, pero no a ti directamente. En España (o en Europa, según la gringa), no somos así; nosotros ponemos el énfasis en la persona. Decimos “qué guapa estás con esa camisa” o “¡qué bien te queda ese traje!”. Alabamos al sujeto, no al objeto; subjetivamos nuestro comentario y nos referimos a una cualidad personal; le quitamos el mérito al objeto y se lo damos a la persona. Y claro, cuando aquí hablamos así, sin darnos siquiera cuenta, y sin otro ánimo más que el de ser amables, resulta que podemos acabar ofendiendo a alguien.

He intentado recordar las ocasiones en que yo haya podido hacer comentarios de ese tipo. Y me salen muchas, muchísimas veces. No era consciente de mi “barbaridad” (incultura, grosería, tosquedad, según la Real Academia) y lo siento si alguien se ha sentido ofendido. Pero me empiezan a provocan cierto hartazgo quienes exigen respeto a su cultura (de no hablar de aspecto físico, por ejemplo) sin respetar las otras (de hacer comentarios bienintencionados de las personas, por seguir con el ejemplo). No somos iguales, ni falta que hace porque esto de la cultura única es un rollo. Además, si lo fuéramos ¿de qué escribiría yo en este blog?

lunes, 21 de octubre de 2019

Camina, camina

Quien diga que en Estados Unidos no se camina es que no me conoce. Yo, aquí, he aprendido a caminar. Me refiero a caminar por placer, por diversión, por deporte... porque sí. No es que antes no caminara, pero cuando me proponían una excursión de fin de semana ni se me pasaba por la cabeza ir a andar o a la montaña. ¿A qué? Podríamos ir a una playa, a ver una exposición, a comer a un sitio chulo, o incluso hacer un picnic en algún lado, pero aparcando siempre bien cerquita. Lo importante era llegar rápido al lugar para hacer algo allí, no el camino en sí.

Y ahora, no sé si porque me aburrí en este país de acabar comiendo siempre lo mismo en diferentes restaurantes, porque la báscula me ha demostrado que a ciertas edades no se puede ser sedentario o porque las circunstancias me lo permiten, ahora resulta que me ha dado por caminar en el país del automóvil por antonomasia (o, tal vez, mejor dicho, por “autonomasia”).

Lo que sí sé es que la culpa de haberme hecho andariega la tiene el Cheasapeake & Ohio Canal, un parque nacional al que se accede desde muy cerca de mi casa. Casi 300 kilómetros (184,5 millas) paralelos al río Potomac, con una ligerísima pendiente, que llevan desde Georgetown, en el Distrito de Columbia, hasta Cumberland, en la frontera oeste del Estado de Maryland. Espectacular en cualquier época del año, cómodo para cualquier edad, fácil de seguir porque no tiene intersecciones y perfecto para construir, sin darse cuenta, una rutina de “hiking”. Yo me quedé atrapada en el gusto de caminar por una senda de unos tres metros de ancho, con el río a la izquierda y el canal original a la derecha, sorprendiéndome cada vez que mi paso ahuyenta aves, anfibios o mamíferos desconfiados y deseando que llegue el siguiente fin de semana para avanzar un poquito más en la ruta e ir comentando con mi hubby la belleza del lugar o las marcas históricas que vamos descubriendo.

Porque historia no le falta al lugar. Su construcción comenzó en 1828 cuando los Estados de Maryland y Virginia, y las ciudades de Washington, Georgetown y Alexandria decidieron unir fuerzas y fondos para construir una vía acuática que permitiera atraer mercancías y trabajos a la región. Fue una labor penosa, no exenta de dificultades debido a las condiciones del terreno, a la escasez de mano de obra y de maquinaria adecuada, a la negativa de muchos propietarios a vender terrenos o a la feroz competencia con la compañía ferroviaria B&O por hacerse con el control del transporte de mercancías.

Con un coste muy superior al estimado alcanzó, sin embargo, una longitud muy inferior a la deseada puesto que nunca llegó, como su nombre pretendía, a unir la bahía de Chesapeake con el río Ohio. Pero en 1850 cinco barcazas cargadas de carbón hicieron el recorrido completo y, pronto, harina, granos, piedras para la construcción, whiskey y otras mercancías se sumaron al transporte y hubo ocasiones en que 500 naves se encontraban simultáneamente utilizando el canal. Sin embargo, la compañía de ferrocarril fue poco a poco absorbiendo el transporte de carbón y una serie de grandes riadas infringieron severos daños a las infraestructuras del canal. El coste de las reparaciones era cada vez más difícil de sufragar para la compañía C&O, que acabó vendiendo acciones a la empresa ferroviaria. En 1924 una nueva riada causó estragos y esta vez ya no se arreglaron los desperfectos, lo que puso fin a esta forma de transporte de mercancías. En 1938 la compañía ferroviaria vendió todo el canal al Gobierno de Estados Unidos por apenas dos millones de dólares, nueve menos de lo que había costado originalmente. En 1961 el presidente Eisenhower lo proclamó monumento nacional y diez años después el Congreso le dio la categoría de Parque Histórico Nacional, que es lo que ha permitido que no fuera devorado por la maleza y que hoy en día todos lo podamos disfrutar.
 
Todo esto lo cuenta un libro que nos acompaña en nuestras caminatas y que nos va señalando cómo cambian los tipos de piedra en la construcción, los acueductos que fue necesario levantar, la vida de los guardeses de las esclusas del canal y sus familias, el trabajo de las mulas que arrastraban las barcazas, los mojones que van contando las millas del recorrido. Caminando, caminando, así entretenidos, ya llevamos casi 100 kilómetros andados (200, de hecho, porque siempre tenemos que volver adonde hemos dejado el coche). Algunos han estado muy concurridos de paseantes, corredores, ciclistas o piragüistas; otros han transcurrido solitarios, por encontrarse más alejados de núcleos urbanos, pero en todos nos ha acompañado una sensación de paz y bienestar que me era desconocida y que ha resultado ser adictiva. No sé si será parecida a la que dicen experimentar los peregrinos de nuestro Camino de Santiago pero lo comprobaré. Ganas no me faltan. Las voy alimentando todas las semanas mientras, a plazos, caminando, caminando, voy recorriendo el canal.

Post-post:
The C&O Canal Companion es una de tantas guías magníficas para conocer todos los entresijos de esta ruta que combina naturaleza, historia, ingeniería y vida sana. 

lunes, 1 de julio de 2019

Barras y estrellas


Estaba en el fondo de un vaso, sobre el lavabo del cuarto de baño de mi amiga, medio cubierto de agua. Era un alambre de ortodoncia que noche tras noche debía de controlar la perfecta alineación dental de alguno de los habitantes de esa casa. Me recordó la dentadura postiza que mi abuela dejaba a remojo todas las noches en el vaso duralex de color ámbar. Nunca me llamó la atención aquella especie de funda cuajada de dientes que, antes de dormir, limpiaba con esmero en la palma de su mano con un buen chorretón de pasta Colgate. Cuando les conté a mis hijos que su bisabuela se sacaba los dientes de la boca para lavárselos, primero se quedaron puestos, luego estallaron en carcajadas y, tras pensarlo un poco, se murieron de asco.

Pero aquel aparato de sujeción que tenía ante mí la semana pasada tenía algo extraño y me obligó a mirarlo con más detalle. El paladar no era de color rosita, ni siquiera transparente, sino algo tan poco natural como rojo, azul y blanco. Unas líneas retorcidas lo surcaban y tres estrellas blancas lo iluminaban. Y entonces caí en la cuenta. ¡Era la bandera americana! ¡En un aparato de ortodoncia! La que se quedó puesta en ese momento fui yo. 

Los americanos están muy orgullosos de su bandera. Representa su nación, los principios, la historia y el compromiso de su gente. Siempre que pueden la exhiben y, francamente, no creo que exista persona que no la identifique. Ese rectángulo azul con las 50 estrellas blancas en la esquina izquierda superior y las trece barras de la misma anchura que se alternan, siete rojas y seis blancas, ha sido explotado cinematográfica, comercial y culturalmente no solo en Estados Unidos sino en buena parte del mundo. La verdad es que es bonita y descubrir el por qué de sus motivos la vuelve más atractiva: las trece barras blancas simbolizan las 13 colonias que se independizaron del Reino Unido y que dieron origen a los Estados Unidos de América; las 50 estrellas representan al mismo número de Estados que forman la Unión; y los colores hablan de las virtudes que inspiran a sus ciudadanos: el blanco, la pureza y la inocencia; el rojo, el coraje y el valor,  y el azul, la perseverancia y la justicia.

Esta semana celebramos el 4 de julio, el Día de la Independencia, una de las fechas en que más se airea la bandera americana. Todos saben en este país que no se debe exhibir de cualquier manera pero, por si hay algún despistado, el gobierno de Estados Unidos se ha encargado de publicar y publicitar unas sencillas normas que hay que observar:


  • Si se va a colocar en la fachada de la casa, la sección azul ha de estar en lo más alto del asta.
  • Si se va a situar en una pared o en una ventana, la sección azul ha de estar en la parte superior izquierda.
  • Si va a ir en un automóvil, hay que fijar el asta en el lado derecho del parachoques delantero.
  • Si se va a colocar junto a otra bandera, la de Estados Unidos debe quedar en el lado izquierdo.
  • Si la bandera queda izada de noche, debe estar siempre iluminada.
  • La bandera no se debe exponer a las inclemencias del tiempo.
  • La bandera de debe tocar el suelo o ningún objeto que esté por debajo de ella.
  • Si la bandera no está desplegada, debe estar doblada en forma de triángulo con la sección azul visible.
  • Si está estropeada o desgastada, debe desecharse con solemnidad.


La infografía de usa.gov no decía nada sobre colocarla en el paladar, pero de la boca de mi amiga y su familia solo salen buenas y respetuosas palabras para su país. Ahora ya sé por qué.


Post-post:
El himno nacional de Estados Unidos tiene el título de “The Star-Spangled Banner” (La bandera de estrellas centelleantes). En 1812, para celebrar una victoria sobre Gran Bretaña, los soldados estadounidenses izaron una gran bandera en el Fuerte McHenry, en Baltimore, Maryland. El abogado Francis Scott Key fue testigo de los hechos y en un momento de inspiración escribió un poema llamado “La defensa de Fort McHenry” que, posteriormente, se convertiría en la letra del himno. Aquí podéis escuchar la melodía y leer su letra en español y en inglés. Seguro que hay fragmentos que os sabéis.

lunes, 24 de junio de 2019

Pullman

Pullman. Apenas leí esa palabra me vino a la mente otra: Deluxe. Pullman Deluxe. Recordé los coches-cama de aquellos trenes nocturnos que me llevaban a Madrid en mi época de estudiante. Los vagones compartimentados en “habitaciones” con seis literas o con dos camas debían de tener esas palabras escritas en alguna parte. Se me tuvieron que haber quedado atrapadas en algún pliegue no muy profundo de la memoria porque resurgieron de su escondite en cuanto tuvieron ocasión hace poco, en Chicago, Illinois.

Quince millas al sur del Chicago Loop, el área financiera y más turística de la Ciudad del Viento, se encuentra lo que queda de Pullman City, la primera ciudad industrial completamente planificada en Estados Unidos. Tomando el apellido del dueño de la empresa Pullman Palace Car, la mayor parte de la ciudad fue construida entre 1880 y 1884 alrededor de la fábrica de coches-cama y al mes de entrar en funcionamiento más de 350 personas vivían allí. Pronto serían miles. Llegó a tener 531 casas de distintos tamaños y precios: el alquiler de los apartamentos de 3 habitaciones costaba una media de 8 dólares mensuales; el de una casa adosada de cinco dormitorios, unos 18 dólares, y el de las casas de mayor tamaño, para los trabajadores profesionales y directivos, entre 25 y 50 dólares.

Por increíble que parezca hoy en día, vivir en Pullman era algo más caro que en otras zonas, pero la calidad de las viviendas era muy superior: todas tenían gas, agua corriente y baño en su interior, patio privado, cobertizo de madera, acceso pavimentado, y la compañía hacía el mantenimiento íntegro; la basura se recogía a diario; había más de 30.000 árboles plantados, tiendas, banco, teatro, edificio de correos, biblioteca, iglesia, parques infantiles, espacios de recreo, colegio, hotel, hospital… Fue considerada casi de inmediato una ciudad modélica y en 1886 ganó un premio como “la ciudad más perfecta del mundo”.

La idea de Mr. Pullman era que unos trabajadores felices, viviendo en buenas condiciones, producirían mejores resultados. Sin embargo, todo era muy paternalista, autocrático y excesivamente controlado: únicamente podía consumirse alcohol en el bar del hotel, solo había una iglesia con un credo, los hijos de los trabajadores tenían que ir a la misma escuela, todo tenía que ser comprado en las tiendas de la compañía… 

Cuando llegó la recesión económica en 1894 y el capitalista decidió reducir los salarios de los trabajadores, pero mantener el precio de los alquileres, los ánimos se caldearon. Pullman pasó a ser sinónimo de la mayor huelga de la historia norteamericana: el míster sacó su lado déspota negándose incluso a hablar con los huelguistas y a buscar una salida negociada a la crisis, los sindicalistas declararon un boicot contra la compañía, el boicot se extendió por todo el país, empezaron los motines y las revueltas… Se armó la marimorena y el presidente Cleveland ordenó restaurar el orden, encarcelar a los cabecillas, someter a los alborotadores y enterrar a los más de 40 muertos.

La ciudad nunca volvió a ser lo mismo. Porque si bien tras la huelga nada cambió para los trabajadores, el gobierno declaró que era ilegal que una compañía fuera la dueña de una ciudad y forzó a que se vendieran todas las propiedades a partir de 1897. Pullman fue desmantelada y la utopía se desvaneció. Hace unos años, la delincuencia, la drogadicción y la marginalidad arraigaron en la antigua ciudadela ideal. En 1991 el Estado de Illinois se hizo cargo del lugar y una agencia de preservación histórica ha diseñado un plan para rehabilitarlo y que sirva de testimonio de la sociedad industrial norteamericana del siglo XIX. Aún tienen mucho trabajo por delante y cuando lo visitamos esta primavera estaba bastante destartalado. Cosa rara en un país que tanto explota turísticamente su corta historia. Tal vez una historia de revueltas sociales que empaña el sueño americano no sea la más adecuada para airear en un país donde palabras como socialismo, comunismo o sindicatos levantan demasiadas suspicacias.
 

Post-post:
La huelga contra Pullman es, significativamente, uno de los primeros capítulos del cómic “Una historia popular del imperio americano”. Se trata de una adaptación gráfica realizada por Mike Konopacki de la obra “La otra historia de los Estados Unidos” del historiador, politólogo y anarquista estadounidense Howard Zinn. Una visión crítica y de izquierdas de la historia de este país adoptando el punto de vista de los trabajadores, los negros, los extranjeros, los indios, las mujeres… en vez de la perspectiva oficial de los presidentes o los héroes. Un libro, en muchos aspectos, demoledor.

lunes, 17 de junio de 2019

Bretton Woods

El otro día nos invitaron unos amigos a Bretton Woods. Es un club de recreo con piscinas, instalaciones deportivas y campo de golf que se encuentra en Maryland, no muy lejos de mi casa, al que solo puedes entrar con algún socio. Me hizo especial ilusión porque recuerdo perfectamente haber estudiado en mi época universitaria el Acuerdo de Bretton Woods. Con él, nada más terminarse la Segunda Guerra Mundial, los países vencedores establecían un nuevo sistema monetario mundial que reemplazaba el tipo de cambio basado en el oro por otro establecido conforme al dólar americano. Constituía a Estados Unidos como la mayor potencia económica mundial y creaba dos instituciones multilaterales para resguardar y respaldar el sistema, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Cuando estudiaba mis apuntes a la luz del flexo de mi habitación en España, el Banco Mundial, el FMI y otros organismos financieros multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) no dejaban de ser conceptos abstractos que había que memorizar para un examen. Eran meros nombres y siglas aburridos, datos fríos imposibles de asociar a imagen o sensación alguna. Todos tienen su sede en Washington y ahora, cada vez que paso por delante de ellos, que conozco a alguien que trabaja allí o que entro en sus instalaciones no puedo evitar pensar en cuánto más fácil me hubiera resultado estudiar hoy ese tema y salir bien airosa de un examen semestral.

“Nuestro sueño es un mundo libre de pobreza”. Con esta frase y la impresionante colección de banderas de sus 189 Estados miembros te recibe el Banco Mundial. Esa imagen que veo en los últimos años cada dos por tres me recuerda que sus objetivos hoy en día son reducir la pobreza, aumentar la prosperidad compartida y promover el desarrollo sostenible. Caminar por sus inmediaciones me ha permitido descubrir que para ello se vale de otras instituciones que forman parte de su grupo, como la Asociación Internacional de Fomento (AIF), que financia, asesora y asiste a los países más pobres del mundo; el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, que se ocupa de los países en desarrollo, o la Corporación Financiera Internacional (CFI), el Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA) y el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), que buscan fortalecer el sector privado en los países en desarrollo.

A dos minutos andando del Banco Mundial está el FMI que, con los mismos miembros que el Banco Mundial, busca el fomento de la cooperación monetaria global, asegurar la estabilidad financiera, facilitar el comercio internacional, promover el pleno empleo y el crecimiento económico sostenible. Y a 15 minutos a pie, en un delicioso paseo que te lleva por delante de la Casa Blanca, está el BID. El movimiento de sus cerca de 2.000 trabajadores hablando español, inglés y portugués ya te deja adivinar que es la principal fuente de financiación para los países de América Latina y el Caribe en la búsqueda de soluciones para sus retos del desarrollo. 

Muchas veces, cuando paseo por el centro de Washington y recorro todos estos sitios, no puedo evitar sentir una especie de vértigo al pensar que en tan pocas manzanas de distancia se estén tomando decisiones que afectan a toda la población mundial, se estén manejando cifras tan altas de dinero, se esté planificando el desarrollo de un país o se estén diseñando proyectos que cambiarán la vida de poblaciones remotas. Me doy cuenta de que los que entran y salen de esos edificios, esa gente normal y corriente, con su pantalón arrugado o su blusa bien planchada, avanzando en sus tacones o en la bicicleta que ha dejado aparcada en la puerta; esa gente con la que te cruzas en el metro o que son los padres de los amigos de tus hijos en el colegio, son los que mueven, a mayor o menor escala, los hilos del mundo. Comprendo que Washington no es una ciudad cualquiera, que es un privilegio estar aquí. Y me quedo puesta.
 
Post-post:
Los Acuerdos de Bretton Woods de 1944 se firmaron en un área cercana a la ciudad de Carroll, en New Hampshire, cuyos principales puntos de interés son tres instalaciones deportivas y de ocio. El club recreativo del mismo nombre situado en el Estado de Maryland fue fundado por el FMI mucho más tarde, en 1968, con el fin de brindar un espacio atractivo y no discriminatorio para sus trabajadores, su personal jubilado y sus familiares, procedentes de todas partes del mundo. Algo no tan fácil de conseguir en aquellos años en Washington, donde existía segregación racial y a las personas de color no les estaba permitido compartir espacios, y mucho menos piscinas, con el resto de la población.

lunes, 10 de junio de 2019

Graduation Day

Impresionante. Y muy emocionante. Yo era madre, una simple espectadora, y aluciné, así que puedo comprender la felicidad de los graduandos de High School que recibieron su diploma el jueves pasado. Ellos fueron los absolutos protagonistas de una ceremonia magnífica, emotiva y divertida, como solo los americanos saben hacerlas. Un acto que fue todo “pompa y circunstancia”, como la Marcha nº 1 de Edward Elgar que tradicionalmente se utiliza en Estados Unidos en las ceremonias de graduación. Fue interpretada por la orquesta del colegio dando solemnidad a la entrada de los alumnos en el recinto, todos ataviados con sus togas y birretes negros.

Un recinto que no era otro que el Constitution Hall de la sociedad Daughter’s of the American Revolution (Hijas de la Revolución Americana) o DAR, un edificio neoclásico situado en Washington DC, a unos pasos de la Casa Blanca y con el tamaño suficiente para albergar a los más de tres mil participantes en el evento. Todo perfectamente organizado, sin salirse de un guion que, de tan ensayado, parece fácil de desarrollar. Pero no lo es. Es un día declarado no lectivo expresamente para la ocasión con el fin de permitir que todo el profesorado, vestido con las togas y birretes de sus universidades, participe y acompañe a sus alumnos en el día más importante de sus vidas académicas.

El programa de los “commencement exercises”, como también denominan a la ceremonia de graduación, proporciona, además de información sobre la secuencia del acto, instrucciones para los asistentes: “El público debe, por favor, levantarse al principio de “Pompa y circunstancia” y permanecer de pie hasta el final de “The Whitman Alma Mater”, el himno del colegio interpretado por el coro estudiantil" (numerosísimo y de una calidad extraordinaria), que ningún alumno se sabe pero que exalta el espíritu colegial y los colores identificativos del instituto.

Tres estudiantes pronunciaron sendos discursos que arrancaron del auditorio carcajadas, lágrimas, cabeceos de asentimiento y sonoras ovaciones. No me cabe la menor duda de que algún profesor había trabajado desde hacía meses en ese momento, motivando a los chavales para que escribieran borradores y se presentaran a las pruebas de selección, buscando el equilibrio entre las numerosas piezas a concurso para reflejar al máximo el pensar y sentir de esa promoción de estudiantes, y trabajando con ellos el estilo y la oratoria para que no dejaran a nadie indiferente. Por supuesto, los padres ya moqueábamos de lo lindo y los compañeros aplaudían a rabiar.

Posteriormente, una pareja de estudiantes, barítono uno, guitarrista el otro, interpretaron una nostálgica canción, Where does the time go? (podéis escucharla aquí), que desde que la sacara en el año 2015 el dúo estadounidense A Great Big World es habitual en estas ceremonias de graduación. Como yo no la conocía, me conmovió todavía más y tuve que andar enredando en busca de pañuelos con los que evitar que se me corriera el maquillaje. No era la única, muchos, ya fuera con un dedo índice bajo la nariz o soplando hacia arriba, trataban de contener los efectos de sus emociones desbordadas.

El director del colegio, simpático y cariñoso, y una autoridad del Condado que treinta años antes se había graduado en ese mismo lugar y del mismo colegio, pusieron el punto de vista de los adultos en una ceremonia que hasta ese momento había sido llevada a cabo por los estudiantes. Coincidieron en resaltar el orgullo que debían sentir por haber llegado hasta ahí y la excelente preparación que llevaban en sus alforjas para enfrentarse a un mundo necesitado de jóvenes como ellos. Inmediatamente, con una precisión matemática, sin atascos ni aglomeraciones, sino en un orden perfectamente calculado, fueron subiendo uno tras otro al escenario, a medida que se pronunciaban sus nombres, los quinientos estudiantes que forman la Class of 2019 del Walt Whitman High School.

Y no fue hasta terminado ese momento que el director del colegio retomó la palabra para decir “Y ahora, como graduados, por favor, levántense y, todos a la vez, como símbolo del gran paso que acaban de dar, muevan las borlas de sus birretes del lado izquierdo al derecho. ¡Felicidades, Promoción de 2019!”. Y una bandera americana descomunal bajó desde el techo y ondeó un rato sobre las cabezas de los estudiantes que, lanzaron al aire sus birretes como tantas veces hemos visto hacer en las películas norteamericanas. Los vítores y aplausos eran tales que consiguieron mitigar mis hipidos, ya incontrolables.

Post-post:
Daughter’s of the American Revolution o DAR es una asociación estadounidense reservada exclusivamente para mujeres que, de alguna manera, descienden de participantes en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Su lema es “Dios, Hogar y Patria” y busca promover el patriotismo, preservar la historia del país y asegurar el futuro de Estados Unidos a través de una mejor educación, que financia con generosas becas. Cualquier mujer mayor de 18 años, con independencia de su raza o religión y que sea capaz de demostrar ser descendiente de un patriota, puede ser miembro de esta asociación de voluntarias. Son 185.000 distribuidas en unos 3.000 capítulos, tanto en Estados Unidos como en el extranjero y hay uno en España. De hecho, las integrantes de DAR han rastreado sus ancestros hasta encontrar más de 400 españoles participantes en la Revolución Americana. Eran residentes de la Louisiana española o de la Nueva España, que incluía porciones de los Estados actuales de Tejas, California, Nuevo México, Colorado, Arizona, así como México. La mayoría de ellos tuvo que hacer una donación monetaria de uno o dos pesos impuesta en 1780 por Carlos III para la Revolución Americana, algunos participaron en batallas a las órdenes del General Bernardo de Gálvez o, tal vez, fueron algunos de los que pusieron a disposición de la causa unas 10.000 cabezas de ganado tejano. Todos ellos son considerados “patriotas” y sus descendientes pueden optar a pertenecer a tan rancia institución.