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lunes, 10 de junio de 2019

Graduation Day

Impresionante. Y muy emocionante. Yo era madre, una simple espectadora, y aluciné, así que puedo comprender la felicidad de los graduandos de High School que recibieron su diploma el jueves pasado. Ellos fueron los absolutos protagonistas de una ceremonia magnífica, emotiva y divertida, como solo los americanos saben hacerlas. Un acto que fue todo “pompa y circunstancia”, como la Marcha nº 1 de Edward Elgar que tradicionalmente se utiliza en Estados Unidos en las ceremonias de graduación. Fue interpretada por la orquesta del colegio dando solemnidad a la entrada de los alumnos en el recinto, todos ataviados con sus togas y birretes negros.

Un recinto que no era otro que el Constitution Hall de la sociedad Daughter’s of the American Revolution (Hijas de la Revolución Americana) o DAR, un edificio neoclásico situado en Washington DC, a unos pasos de la Casa Blanca y con el tamaño suficiente para albergar a los más de tres mil participantes en el evento. Todo perfectamente organizado, sin salirse de un guion que, de tan ensayado, parece fácil de desarrollar. Pero no lo es. Es un día declarado no lectivo expresamente para la ocasión con el fin de permitir que todo el profesorado, vestido con las togas y birretes de sus universidades, participe y acompañe a sus alumnos en el día más importante de sus vidas académicas.

El programa de los “commencement exercises”, como también denominan a la ceremonia de graduación, proporciona, además de información sobre la secuencia del acto, instrucciones para los asistentes: “El público debe, por favor, levantarse al principio de “Pompa y circunstancia” y permanecer de pie hasta el final de “The Whitman Alma Mater”, el himno del colegio interpretado por el coro estudiantil" (numerosísimo y de una calidad extraordinaria), que ningún alumno se sabe pero que exalta el espíritu colegial y los colores identificativos del instituto.

Tres estudiantes pronunciaron sendos discursos que arrancaron del auditorio carcajadas, lágrimas, cabeceos de asentimiento y sonoras ovaciones. No me cabe la menor duda de que algún profesor había trabajado desde hacía meses en ese momento, motivando a los chavales para que escribieran borradores y se presentaran a las pruebas de selección, buscando el equilibrio entre las numerosas piezas a concurso para reflejar al máximo el pensar y sentir de esa promoción de estudiantes, y trabajando con ellos el estilo y la oratoria para que no dejaran a nadie indiferente. Por supuesto, los padres ya moqueábamos de lo lindo y los compañeros aplaudían a rabiar.

Posteriormente, una pareja de estudiantes, barítono uno, guitarrista el otro, interpretaron una nostálgica canción, Where does the time go? (podéis escucharla aquí), que desde que la sacara en el año 2015 el dúo estadounidense A Great Big World es habitual en estas ceremonias de graduación. Como yo no la conocía, me conmovió todavía más y tuve que andar enredando en busca de pañuelos con los que evitar que se me corriera el maquillaje. No era la única, muchos, ya fuera con un dedo índice bajo la nariz o soplando hacia arriba, trataban de contener los efectos de sus emociones desbordadas.

El director del colegio, simpático y cariñoso, y una autoridad del Condado que treinta años antes se había graduado en ese mismo lugar y del mismo colegio, pusieron el punto de vista de los adultos en una ceremonia que hasta ese momento había sido llevada a cabo por los estudiantes. Coincidieron en resaltar el orgullo que debían sentir por haber llegado hasta ahí y la excelente preparación que llevaban en sus alforjas para enfrentarse a un mundo necesitado de jóvenes como ellos. Inmediatamente, con una precisión matemática, sin atascos ni aglomeraciones, sino en un orden perfectamente calculado, fueron subiendo uno tras otro al escenario, a medida que se pronunciaban sus nombres, los quinientos estudiantes que forman la Class of 2019 del Walt Whitman High School.

Y no fue hasta terminado ese momento que el director del colegio retomó la palabra para decir “Y ahora, como graduados, por favor, levántense y, todos a la vez, como símbolo del gran paso que acaban de dar, muevan las borlas de sus birretes del lado izquierdo al derecho. ¡Felicidades, Promoción de 2019!”. Y una bandera americana descomunal bajó desde el techo y ondeó un rato sobre las cabezas de los estudiantes que, lanzaron al aire sus birretes como tantas veces hemos visto hacer en las películas norteamericanas. Los vítores y aplausos eran tales que consiguieron mitigar mis hipidos, ya incontrolables.

Post-post:
Daughter’s of the American Revolution o DAR es una asociación estadounidense reservada exclusivamente para mujeres que, de alguna manera, descienden de participantes en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Su lema es “Dios, Hogar y Patria” y busca promover el patriotismo, preservar la historia del país y asegurar el futuro de Estados Unidos a través de una mejor educación, que financia con generosas becas. Cualquier mujer mayor de 18 años, con independencia de su raza o religión y que sea capaz de demostrar ser descendiente de un patriota, puede ser miembro de esta asociación de voluntarias. Son 185.000 distribuidas en unos 3.000 capítulos, tanto en Estados Unidos como en el extranjero y hay uno en España. De hecho, las integrantes de DAR han rastreado sus ancestros hasta encontrar más de 400 españoles participantes en la Revolución Americana. Eran residentes de la Louisiana española o de la Nueva España, que incluía porciones de los Estados actuales de Tejas, California, Nuevo México, Colorado, Arizona, así como México. La mayoría de ellos tuvo que hacer una donación monetaria de uno o dos pesos impuesta en 1780 por Carlos III para la Revolución Americana, algunos participaron en batallas a las órdenes del General Bernardo de Gálvez o, tal vez, fueron algunos de los que pusieron a disposición de la causa unas 10.000 cabezas de ganado tejano. Todos ellos son considerados “patriotas” y sus descendientes pueden optar a pertenecer a tan rancia institución.

lunes, 6 de mayo de 2019

Prom

Y llegó el gran día. Este fin de semana fue la prom de mi hija mayor. Tal vez debiera decir la PROM, con mayúscula, porque, a ver ¿es o no es el summum de la educación secundaria norteamericana? ¿Acaso alguien no ha visto en las películas americanas esa fiesta en el gimnasio del colegio donde van con sus parejitas los graduandos de High School, ellas de largo, ellos de smoking, a bailar y beber ponche sin alcohol, bajo la atenta mirada de los profesores? La explotación cinematográfica de la prom (con el típico gordito que saca a bailar a la más popular de las chicas tratando de quemar el último cartucho al son de la banda de rock del colegio o con la elección de los reyes de la promoción, como algunos de los momentos cumbre) ha alimentado las fantasías de muchos adolescentes de buena parte del mundo y es algo que todos los años se repite en los High schools de Estados Unidos.

Este año he podido comprobar que cuando un estudiante de High School comienza su último curso o senior year todo gira entorno a la graduación. En realidad no consiste en uno, sino en dos hitos fundamentales: la prom y el graduation day. La primera es la celebración social, es decir, la fiesta, y en el colegio de mis hijos se celebra todos los años a primeros de mayo, cuando ni siquiera los alumnos han acabado las clases ni tienen las notas de final de curso. El segundo, que tendrá lugar el mes que viene, es el solemne acto académico donde los profesores entregan el título a los alumnos ataviados con la clásica toga y birrete como símbolo de haber logrado concluir satisfactoriamente sus estudios preuniversitarios.

Ambos actos se organizan desde principios de curso y rara es la semana en que no se toque el tema de alguna manera, ya sea entre los alumnos o entre los padres, que también acabamos haciendo lo nuestro. El High School de mi hija supera los 2.000 alumnos y de él se gradúan todos los años más de 500 jóvenes. Así que no es de extrañar que desde la primera semana de colegio empezáramos a recibir mensajes que nos convocaban a diferentes sesiones informativas o que nos animaban a realizar donativos y a participar en actividades para recaudar fondos. Los chavales, por su parte, eran convocados para las sesiones de fotos, la toma de medidas de las togas y los birretes, el pago de las senior dues; para las reuniones explicativas de cómo debían ser los discursos, para la explicación de los códigos de conducta tanto en la prom como en la post-prom, para las audiciones de los oradores, para los ensayos de la graduación o para el picnic tradicional, el último gran evento de la promoción como conjunto antes del acto solemne con el que termina su vida escolar. Un sin parar de actividades adecuadamente dosificadas que van cumpliendo sus objetivos a la vez que hacen crecer en los seniors la ilusión por el gran día.

Por supuesto, para la prom, que se celebra en un gran salón de algún hotel, el vestido es lo fundamental entre las chicas. Por lo que yo he podido observar, tener el modelito elegido y colgado en el armario produce más alivio que haber terminado los exámenes. Es más, casi podría sostener que si las chicas dedicaran a las asignaturas de física o de matemáticas el mismo tiempo e interés que a su vestido posiblemente la brecha de género en las carreras STEM no sería tan profunda. Una vez resuelto ese tema, otros pasan a dominar la agenda: el grupo con el que se va a ir, dónde quedar para arreglarse, en qué casa se junta la pandilla una vez acicalados, qué entorno elegirán para hacerse las fotos o si tienen presupuesto para alquilar una limosina o un party-bus que les lleve de un sitio a otro, al hotel y al segundo gran evento de la noche: la post-prom.

La fiesta después de la fiesta empieza después de la celebración formal en el hotel y es el momento más temido por los padres y las autoridades por los riesgos que puede entrañar para los adolescentes, principalmente por el consumo de alcohol o drogas en fiestas particulares o por los accidentes de coche bajo los efectos de estas substancias. Así que, desde 1992, nuestro condado de Montgomery y la mayoría de los colegios superiores adscritos organizan la llamada post-prom con fondos donados por los padres y por los negocios de la zona. El objetivo es organizar fiestas tan atractivas y divertidas que los chavales no sientan la necesidad de alquilar un local, beber alcohol o hacer otras cosas que los padres no queremos ni imaginar. Así que de 1:00 a 4:30 de la mañana la fiesta se traslada al gimnasio del colegio, convenientemente transformado, decorado y con todo lo necesario para una gran noche: casino, discoteca, hinchables, barra libre de comida y bebida (sin alcohol), chill out… completado con rifas de suculentos premios que van in crescendo a medida que avanza la noche. El personal administrativo, los profesores, los padres voluntarios, la seguridad del colegio… todos están allí (y unas patrullas de la policía del condado haciendo guardia en el exterior también) velando por que sea un éxito y que cada año supere su record de participación, que ya ronda el 98% de los graduandos.  Verdaderamente es una noche magnífica que los vuelve protagonistas antes de abandonar el colegio que les ha dado las herramientas para entrar de lleno en la vida adulta. 


Post-post:
En inglés, los que se gradúan al mismo tiempo no forman una promotion sino una “class” o “year”. La palabra prom es un acortamiento de promenade que, para los británicos de finales del siglo XIX significaba no solo pasear (acepción que se conserva hoy en día) sino también “bailar en parejas cogidos de la mano”. A pesar de lo que hayan mitificado las películas americanas, no hace falta una pareja del otro sexo para ir a la prom ni que el muchacho le regale a la chica el bonito corsage o pulsera de flores. Cada senior puede invitar a un acompañante y lo habitual es organizarse entre la pandilla para que todos puedan asistir en cualquier combinación posible: chico invita chica, chica invita chico, chico invita chico o chica invita chica. Algo mucho más acorde con estos tiempos y, sobre todo, mucho más divertido.