lunes, 26 de junio de 2017

El Tostadero

Hay una zona de la playa de San Lorenzo de Gijón que todo el mundo conoce como “El Tostadero”. Se encuentra situada en la parte donde El Muro, como allí llamamos al paseo marítimo, hace la curva, nada más pasar la desembocadura del río Piles. Es una zona pequeñísima, con mala playa, pero protegida de los vientos del Cantábrico y allí la temperatura es sensiblemente más alta que en el resto de la playa. A mí, no me dejaban ir allí a tomar el sol. Estaba lleno de “señoras” que se quitaban la parte de arriba del bikini, que hacían “topless”. Esa curva estaba siempre a tope de varones que se quedaban apalancados durante horas, con un pie apoyado en la barandilla blanca, haciendo de mirones.

Cuando yo era pequeña, en la playa de Gijón se veían mayoritariamente bañadores y algún que otro bikini, pero siempre con las dos partes puestas . Sólo las más osadas se atrevían a ir al “Tostadero” y quitarse disimuladamente la parte superior del bikini una vez tumbadas. Cada verano, sin embargo, se iban relajando más esas costumbres hasta llegar a hoy en día en que, sin llegar a alcanzar los niveles de nuestras playas mediterráneas, nadie se asombra de ver un “topless” en cualquier parte de la playa de Gijón.

Yo solamente he visto tal “naturalidad” en las playas españolas. Es cierto que los países del Golfo Pérsico en los que he vivido no son los ejemplos ideales para hablar de playas y bañadores. Allí apenas te quitas la ropa en una playa pública empiezan a salir de donde menos te lo esperas “observadores” con intenciones no muy distintas a las de los del “Tostadero” de Gijón (aunque estos visten “dishdasa” blanca en vez de camisa de cuadros) lo que hace que se te quiten inmediatamente las ganas de bañarte o tomar el sol. Pero he estado en las playas y piscinas privadas de Omán, Kuwait, Dubai o Abu Dhabi , donde se lucen junto con el “burkini” los últimos modelos de bañadores de las marcas más exclusivas, o en las playas más turísticas de México, Cuba, Ecuador, República Dominicana... o en las de Sri Lanka o China, por citar otro punto cardinal y nunca, jamás, he visto a mujeres en topless.

Y en Estados Unidos, tampoco. Es más, este país tiene una doble moral clarísima en el tema del “topless”. Escotes descomunales, tangas minúsculos, pantalones mínimos y ajustados, minifaldas-cinturón… eso no importa. Tampoco importa que la carne mostrada pertenezca a alguien obeso o esquelético, con una diferencia sustancial en superficie corporal expuesta. Pero enseñar los pezones en la playa es absolutamente intolerable para muchos, especialmente si es en un sitio de vacaciones familiares.

Ocean City es uno de los balnearios por excelencia del Estado de Maryland, con millas y millas de playas de arena y paseos de madera atiborrados de restaurantes, tiendas y hoteles. En el mes de junio esta localidad se llena de estudiantes de último año de instituto en viaje de fin de curso que pueden hacer las mayores barrabasadas (borracheras, drogas, sexo fácil, fiestas de espuma, miss camiseta mojada, concursos de levantarse la camiseta…). El restaurante de comida americana Hooters, cuya característica principal es que la comida es servida por camareras de cuerpo espectacular vestidas con el sugerente uniforme del local, está siempre atiborrado. Sin embargo, en esta ciudad a orillas del Atlántico todavía se recuerda cuando hace unos años tres turistas europeas se quedaron en topless en la playa a la altura de la calle 11. Y para evitar que sucesos de este tipo alejen al turismo familiar (al que le encanta las hamburguesas del Hooters) el Ayuntamiento acaba de aprobar una ley que prohíbe la desnudez en lugares públicos y, aquí me quedo puesta, da autoridad al vigilante de la playa para imponer una multa de 1.000 $ a quien infrinja la normativa. La medida ha sido aplaudida por los veraneantes pero, la verdad, no creo que el Ayuntamiento se haga rico. En el levante español seguro que nos forrábamos.


Post-post:
Hooters es uno de esos restaurantes que salen en las películas americanas del subgénero de “desmadre” estudiantil y que Gabriel reconoció nada más ver el cartel que lo anunciaba. Reconozco que yo no tenía ni idea.  Su logo es un búho. El nombre juega con el sonido que hace este animal (“hoot”) y el término en argot para designar los pechos femeninos que popularizó el actor Steve Martin en la archiconocida comedia televisiva “Saturday Night Live”. Las camareras o “Hooter girls” son la principal imagen de la compañía y tienen que ser jóvenes, atractivas y sexis. Se comprometen a llevar el uniforme del restaurante: camiseta escotada de tirantes con el logo del buhíto, pantalón corto naranja, calcetines caídos blancos y deportivas blancas. Ha tenido constantes denuncias por discriminación y sexismo pero ha alegado la “bona fide occupational qualification” que permite ciertas excepciones en cuestiones que podrían violar la ley de derechos civiles del trabajador si la naturaleza del negocio se viera seriamente afectada por la no aplicación de esa discriminación. Y ahí sigue.

Foto Ocean City: Bill Price III

lunes, 19 de junio de 2017

El lado oscuro

Recopilando datos en Anacostia
Washington tiene un lado oscuro fascinante que ha servido de telón de fondo de grandes producciones cinematográficas y televisivas. Ciudad de espías que se camuflan entre la población en la época de la Guerra Fría (“The Americans”). Ciudad de conspiraciones políticas, como la del Watergate que en los años 70 obligó a Nixon a dimitir (“Todos los hombres del Presidente”) o de intrigas gubernamentales en la Casa Blanca (“House of Cards”, que retrata situaciones de ficción pero cada vez más creíbles con esta nueva Administración). Ciudad de magnicidios, como el de Lincoln (que le valió varios Oscars a Steven Spielberg en su película homónima). 

Washington tiene también un pasado convulso, de violentos disturbios raciales, de inseguridad e insalubridad difícilmente imaginable en estos días y que yo descubrí no gracias al cine sino a la literatura, hace mucho tiempo, en una época en que ni se me habría pasado por la cabeza que algún día viviría aquí.  Una realidad que había prácticamente olvidado hasta que una vez, paseando por el centro, se me despertó el apetito y decidí buscar un sitio para comer.

Hay en la Calle U un lugar de visita obligada para matar el hambre: el Ben’s Chili Bowl. Sus paredes están cubiertas con fotografías de cientos de visitantes ilustres. La especialidad no es nada del otro mundo: perritos calientes con chile.  La calidad tampoco es alucinante, sus “half-smoked” no me parecieron para tirar cohetes.  Pero cuando fui la primera vez, el mobiliario de los años 50 del interior, las fotografías de los que por allí habían pasado, el tipo de clientela que seguía asistiendo… me hicieron recordar las escenas de un libro que cayó en mis manos, por casualidad, una sofocante noche de verano en que no podía dormir: “Revolución en las calles”, de George Pelecanos.

El escritor, que es conocido por sus novelas policiacas y por ser el guionista y productor de la serie “The Wire”, sitúa la novela en la que a mí me parece la época más convulsa e interesante de la capital de los Estados Unidos. La trama refleja cómo la mayoritaria población de color fue poco a poco apartada de sus áreas de residencia ante la presión  urbanística impulsada por los blancos; cómo se sucedieron los enormes disturbios de 1968 tras el asesinato de Martin Luther King Jr. y cuáles fueron sus repercusiones, aspectos todos clave para entender las tremendas transformaciones experimentadas por la ciudad hasta el día de hoy.

Una época de la que el restaurante fue testigo y superviviente. Consiguió ser el único negocio abierto después del toque de queda durante la época de los graves altercados prestando servicio tanto a manifestantes y activistas negros como a fuerzas del orden. Sobrevivió a la devastación de esos años y al declive de los años 70 y 80 en que los drogadictos convirtieron la zona en marginal. Resistió, incluso, las largas obras de construcción del metro que obligaron a echar el cierre a los pocos negocios que aún quedaban. A partir de los años 90 las cosas empezaron a mejorar y desde hace años vive momentos de expansión en  una ciudad que nada tiene ya que ver con la que le vio nacer. Pero mantiene su espíritu familiar original, la misma cocinera del chile desde hace 30 años y entre sus mesas se sigue moviendo con soltura la ya anciana y viuda propietaria que cuenta la historia de su local a quien quiera saludarla: Obama, Sarkozy, cientos de políticos, músicos … o una servidora.

Cuando salí de allí inmersa en los recuerdos de la novela de Pelecanos, reparé en el enorme mural que decora el muro exterior, un tributo a los personajes locales y nacionales de la cultura afroamericana. Ahora leo en el periódico que este mural, que está siendo actualizado, es uno de los 65 financiados hasta la fecha con fondos de una entidad pública que tiene el objetivo de motivar y educar a jóvenes artistas a la vez que eliminar graffitis indeseados en la ciudad. Para ello busca constantemente negocios locales que quieran ceder espacio de sus muros y encontró en Ben’s Chili Bowl uno muy adecuado, con una historia que ya no es en blanco y negro sino tan colorista, vibrante y callejera como los rostros que ahora se ven en el muro del callejón de la Calle U.

Post-post.
El Complejo Watergate
El caso Watergate fue un gran escándalo político que se desencadenó a raíz del robo de una serie de documentos de la sede del Partido Demócrata de Estados Unidos y el posterior intento de la administración de Nixon de encubrir a los culpables. El complejo Watergate, donde se produjo el robo, es un conjunto de seis edificios (tres residenciales, dos de oficinas y un hotel) que está situado en el noroccidente de Washington. Tiene un diseño circular, un tamaño imponente y un nombre que evoca ese pasado oscuro que tanto me atrae. Una amiga vive allí y me produce una envidia malsana. Imprime carácter el vivir en un edificio con un nombre cuyo sufijo (“-gate”) ha pasado a ser sinónimo de escándalos políticos en el mundo entero.

Fotos: Gabriel Alou, Creative Commons

lunes, 12 de junio de 2017

Bye, bye mall

La primera vez que oí la palabra “mall” (pronunciado “mol”) fue en Ecuador. Acabábamos de llegar y debíamos de estar buscando algo para completar la instalación. Alguien nos recomendó que fuéramos al Mall El Jardín y yo no tenía ni idea de lo que me estaban hablando. Pronto ese centro comercial se convertiría en un lugar habitual donde satisfacer nuestras escasas ansias consumistas.

Cuando de adolescente viví en Colombia y recorría incansable y encantada los concurridos pasillos de Unicentro, nadie lo llamaba mall, era simplemente un centro comercial.  En mis años universitarios en Madrid no fui a ninguno porque en aquella época no era el estilo de comercio que abundaba en España y el único que conocía, La Vaguada, me quedaba lejísimos.

Nuestros años en el Golfo Pérsico, especialmente durante las visitas a Dubai, me dejaron saturada de malls. Auténticos centros temáticos inspirados en la Italia renacentista, la Toscana, Venecia, Londres, los viajes del explorador Ibn Batuta por Andalucía, Túnez, Egipto, Persia, India y China… Cientos de agotadores kilómetros  ocupados por la sucesión de las tiendas más internacionales que se veían interrumpidas por locuras imposibles como pistas de esquí con una temperatura exterior de 50ºC, canales con góndolas bajo cielos artificiales que cambiaban de luz según la hora del día, zoos subacuáticos o túneles de aire donde practicar paracaidismo y caída libre. Delirante, auténticas hipérboles de lo que yo había conocido hasta la fecha.

Uno de los primeros centros comerciales
Y todo había empezado aquí. Los primeros malls nacieron en los Estados Unidos de 1950 y revolucionaron la manera de consumir de las clases medias y acomodadas de medio mundo. Crecieron como setas en los suburbios de las ciudades norteamericanas que no tenían un centro urbano reconocible convirtiéndose en símbolos de la cultura urbana y en centros comunitarios imprescindibles ante la ausencia de los tradicionales downtowns.

Pero ahora parece ser que han entrado en franca decadencia. De costa a costa los malls están cerrando por centenas y cada vez hay más tiendas vacías en sus pasillos. Y eso es, según dicen los expertos, el principio de su fin porque buenas tiendas atraen tiendas mejores, que suponen más clientes y más dinero y hay que ser muy raro para ir a un centro comercial vacío donde nadie le contagie a uno no comprar nada. Para eso te vas a dar un paseo por el bosque.

Resulta que los malls empiezan a perder fuelle no por la crisis o por la caída en el consumo, sino por cambios en las formas de consumir: el e-commerce no deja de crecer mientras el comercio tradicional languidece. Y ahí contribuyo yo con mi granito de arena. Como no tengo tiendas cerca, tengo que coger el coche para todo; pero el servicio de correos funciona de maravilla, hay una estupenda conexión a internet y sé que a las cuarenta y ocho horas tengo en la puerta de mi casa lo que acabo de comprar a golpe de ratón. Bye, bye mall. Confieso que he llegado a comprar en Amazon las minas de la lapicera de los niños por no perder media mañana en ir al megacentro especializado en material de oficina. He descubierto que es más rápido, más barato y más práctico comprar por internet. Y que compro sólo lo que estoy buscando. Y que paseo más por el bosque. Qué cosas.

Fotos: Walid Mahfoudh, Wikimedia.

lunes, 5 de junio de 2017

¡Abrió la piscina!

¡El fin de semana pasado abrieron las piscinas! ¡Ya es verano! Da igual que haga frío o calor, que mayo sea lluvioso, ventoso o caluroso, el último fin de semana de ese mes, en el puente de Memorial Day, se inaugura la temporada de piscina y éstas permanecerán abiertas hasta el puente de Labour Day, del primer fin de semana de septiembre. El calendario de las estaciones podrá decir lo que le dé la gana, pero aquí el verano dura esos tres meses, ni más ni menos. Y este año hemos tenido suerte. Está haciendo calor y apetece ir a la piscina. Por fin, tumbarse en una hamaca, con un libro, dejarse acariciar por los rayos del sol y de vez en cuando refrescarse con un “floti-floti” relajante. Una charlita con una amiga o conocida, los niños entretenidos entre salto y salto y grito y grito, Verano, descanso, vacaciones. … Ja, que te crees tú eso, estamos en Estados Unidos y las cosas no son exactamente así.

El año pasado, a mediados de mayo nos hicimos socios de la piscina que está al lado de nuestra casa. Todos los barrios tienen una piscina y unas canchas de tenis que prestan servicio a la zona por una cuota más o menos elevada. Hay también piscinas públicas que te pueden quedar cerca o lejos y es tu decisión optar a la que más te convenga, si es que te conviene alguna. Nosotros tenemos a dos manzanas de casa una llamada East Gate a donde los niños pueden ir en bicicleta o caminando, solos y sin que dependan de ningún adulto para su desplazamiento. Ideal.

Además, organiza un equipo de natación y otro de salto en trampolín durante los meses de junio y julio con dos entrenamientos diarios y competiciones con los clubes vecinos los fines de semana. Estupendo para tener a los niños entretenidos mañana y tarde, que hicieran amiguitos en el barrio y que se sintieran miembros de un equipo, el East Gate Gators.

Encantada me planté allí el primer día, con mis hijos, mi libro, mis gafas de sol, mi crema bronceadora y mis ganas de no hacer nada. Y disfruté dándome cuenta de que, nuevamente, las películas no mienten: estaban las sillas altas y metálicas de los salvavidas desde donde hacen turnos de media hora de vigilancia; y los socorristas, guapos jovencitos americanos de la zona que se están ganando un salario estival que ahorrar para pagarse la universidad en uno o dos años; y la furgoneta de los helados que cada par de horas anuncia su llegada con la cancioncita archiconocida que hace que los niños salgan escopetados del agua hacia el exterior a comprarse un polo o vaso de hielo con colorantes. Fue una revelación descubrir ese toque de silbato largo y suave que anuncia cada 45 minutos que los niños tienen que salir de la piscina porque empieza el cuarto de hora exclusivo para adultos y fue mayor revelación el descubrir que todos los niños obedecían, incluidos los míos, y sin protestar ni que hubiera que repetirlo varias veces.

Tan embelesada estaba que no me dí cuenta de que era la única persona tumbada y sin hacer nada. Me quedé puesta. Debía de haber 50 tumbonas y solo estaba ocupada la mía. ¿Qué hacían los demás adultos? Nadaban, entrenaban, hacían planillas para las próximas competiciones de natación, ajustaban cronómetros para los “time trials” del día siguiente, organizaban las fiestas temáticas de la piscina que habrían de amenizar el verano… lo que fuera, pero nadie estaba inactivo… como yo. Y ahí se me acabó un poco el relax, porque me sentí culpable de mi concepto latino del descanso ocioso y se me hizo agotador el conseguir dar la impresión de estar haciendo algo, hora tras hora.

Y cuando llegó la primera competición de natación con un club vecino la actividad pasó a ser frenética. Todos los padres de los niños y jóvenes que competían estaban allí, a las 7 am del sábado, cronómetro, planilla, gráfica o estadística en mano, con los últimos avances tecnológicos, registrando las marcas de cada nadador… Yo de nuevo había ido con mi botellita de agua y las ganas de animar a mis “campeones”. Muy poco profesional, la verdad.

Menos mal que nos fuimos pronto a España donde en el primer día de playa los niños simplemente saltaron olas, hicieron albóndigas de arena, pescaron cangrejos o se fueron nadando a la isleta de enfrente… y yo no tuve ningún cargo de conciencia por estar simplemente relajada mirándolos a ellos y al horizonte. Allí no era la única, así estábamos todos… disfrutando del verano.