lunes, 11 de noviembre de 2019

Una barbaridad más

Tengo una amiga que trabaja en una multinacional a la que, cada pocos meses, llegan jóvenes becarios europeos a desbravarse en las lides de la ingeniería. De ambos sexos porque, afortunadamente, la brecha de género en las carreras STEM (acrónimo que recoge las iniciales en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) parece que empieza a disminuir en el viejo continente, o porque, tal vez, aunque no disminuya, las chicas se animen más que los chicos a salir a pasar unos meses en el extranjero, en este caso en la zona metropolitana de Washington, DC.

No tengo ni idea de la razón por la que vienen, la verdad, pero el caso es que llegan como una bocanada de aire nuevo a las oficinas de la compañía. Fresquísimos, jovencísimos, lustrosísimos y entusiasmadísimos. Todo en ellos (y en ellas) reluce, desde su piel lozana, a los zapatos de vestir recién comprados, o los trajes, corbatas y blusas a los que parece que les acaban de quitar la etiqueta. En fin, que nada que ver con el tono cetrino del oficinista que ha repetido el trayecto desde su casa a la sede central de la empresa 250 días al año durante una media de cinco años, y que piensa que nadie va a percibir el tono amarillento de la camisa que en algún momento fue blanca nuclear.

Mi amiga, española, cuando en cierta ocasión vio entrar a una nueva remesa de becarios, comentó con una compañera de trabajo norteamericana: “Hay que ver qué guapos todos, tan jóvenes y tan bien vestidos; es que da gusto verlos”. Y la colega va y le suelta: “Vosotros, los europeos, sois siempre tan incorrectos que no sé cómo no os dais cuenta de las barbaridades que decís”. Mi amiga se quedó puesta y, además, con un corte de los buenos.

En Estados Unidos, parece ser, no está bien hablar del aspecto físico de una persona ya que puedes implicar unas connotaciones no siempre bien recibidas, ni por el sujeto de tus comentarios ni por otros oyentes. Es una cosa muy rara porque, en cambio, es muy habitual que cualquier desconocido te diga, sin venir a cuento, que le encantan tus calcetines, tu bolso o tu collar. Te lo suelta con una buena sonrisa en el vagón del metro, al pasar junto a ti en un Starbucks o al pagar la compra en el supermercado. Y no busca una respuesta por tu parte, ni entablar una conversación, sino que suele ser un comentario espontáneo sin mayor trascendencia que compartir una apreciación.

La anécdota de mi amiga me hizo caer en la cuenta de que todos esos comentarios que te destinan los norteamericanos alaban algo en ti, pero no a ti directamente. En España (o en Europa, según la gringa), no somos así; nosotros ponemos el énfasis en la persona. Decimos “qué guapa estás con esa camisa” o “¡qué bien te queda ese traje!”. Alabamos al sujeto, no al objeto; subjetivamos nuestro comentario y nos referimos a una cualidad personal; le quitamos el mérito al objeto y se lo damos a la persona. Y claro, cuando aquí hablamos así, sin darnos siquiera cuenta, y sin otro ánimo más que el de ser amables, resulta que podemos acabar ofendiendo a alguien.

He intentado recordar las ocasiones en que yo haya podido hacer comentarios de ese tipo. Y me salen muchas, muchísimas veces. No era consciente de mi “barbaridad” (incultura, grosería, tosquedad, según la Real Academia) y lo siento si alguien se ha sentido ofendido. Pero me empiezan a provocan cierto hartazgo quienes exigen respeto a su cultura (de no hablar de aspecto físico, por ejemplo) sin respetar las otras (de hacer comentarios bienintencionados de las personas, por seguir con el ejemplo). No somos iguales, ni falta que hace porque esto de la cultura única es un rollo. Además, si lo fuéramos ¿de qué escribiría yo en este blog?

2 comentarios:

  1. ¿Cuanto te queda? Creo que estas rozando el límite....a pensar en el nuevo destino.
    Tu estas muy guapa de azul.
    Besos

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  2. Jaja, Natalia, muchas gracias. Pues si. Último año. Esto se acaba.

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