lunes, 19 de febrero de 2018

Hay motivos para la nostalgia

Días antes de que mi hija pequeña comenzara las clases en su nuevo colegio en Estados Unidos la acompañé a la presentación escolar. Tras una serie de explicaciones para los padres, la profesora asignó a los alumnos sus pupitres y les dio los números de sus respectivas taquillas o lockers, que estaban situadas a la entrada de la clase. La cara de Ana se iluminó… y la mía creo que todavía más. ¡Una taquilla! ¡Para ella sola! ¡Lo que yo hubiera dado por una cosa así!

Cuando salimos del aula, todos los niños, especialmente las niñas, fueron corriendo a identificar el cubículo que les habían asignado. Muchas llevaban una bolsita en la mano. Y al abrir la portezuela metálica empezaron a sacar montones de artilugios magnéticos con los que personalizar su taquilla: su nombre, un marco de fotos, un mini-calendario, una cajita con gomas de borrar especialmente diseñada para pegar en el interior de la puerta o hasta una especie de lámpara araña de plástico rosa que iluminaba el interior nada más abrirlo. Ambas estábamos fascinadas y en los ojitos de mi hija creí percibir un brillo de envidia que ella trataba de ocultar con pretendida indiferencia.

Tras las presentaciones escolares de los Middle y High Schools lo primero que me contaron mis otros hijos es que les habían dado ¡un locker! ¡Con candado de clave! A las dos semanas ya no se acordaban de la secuencia numérica y ni siquiera de dónde estaban. No lo habían utilizado más que el primer día. Me quedé puesta cuando lo descubrí.

Unos años atrás las taquillas eran el centro gravitacional de la vida en los High Schools, el punto donde empezaban los romances, donde se podía deslizar una nota anónima, donde se podía encontrar a la persona buscada en el cambio de clases o, simplemente, donde se podían quedar olvidados los libros para hacer los deberes que, “qué lástima, hoy no puedo hacer”. Yo estaba convencida de que si mi instituto hubiera tenido lockers habría sido mucho más divertido.

Hoy en día ya no forman parte de la vida estudiantil, no son más que kilómetros de metal ocupando los pasillos de las escuelas sin que nadie se detenga ante ellos. No son testigos de nada, ni escudos de nadie. Los estudiantes ya no los usan, les da seguridad llevar en todo momento consigo lo que necesitan: el teléfono móvil (imprescindible), la botella de agua, los auriculares, la lonchera con la comida, las gruesas carpetas de las asignaturas…

Mi colegio es demasiado grande”, dice mi hija mayor. “No me da tiempo a pasar por la taquilla entre clase y clase. A veces salgo de un aula en el tercer piso y tengo 5 minutos para llegar a la clase siguiente en el otro extremo del primer piso. Si tuviera que ir al locker me pondrían falta por llegar tarde”. Sus explicaciones coinciden con una noticia que leía en el periódico hace poco: “El 90% de los estudiantes de High School no usa sus taquillas”, lo que está suponiendo un cambio estructural en muchos colegios que, al ser renovados, ya no las instalan.

Si hace unos años el director del colegio amenazaba por megafonía con no entregar el candado de la taquilla a quien no rellenara la hoja con los contactos de emergencia, ahora amenaza con no dar la clave de la wi-fi. El locker ya no sirve de reclamo. Incluso los fabricantes de estos muebles metálicos están empezando a variar su producto y parece que ya empiezan a ser sustituidos por unos cubículos inteligentes, compartidos, a los que se accede con una tarjeta magnética y que (eso sí que atrae a los estudiantes) permiten cargar los dispositivos electrónicos.

Mi hija pequeña ya ha pasado a Middle School donde, al menos durante el primer año, siguen usando las taquillas. Por supuesto, ahora miran con desdén las horteradas rosas que se venden antes del comienzo de curso para que las pequeñajas de primaria las decoren. Como máximo harán uso de los lockers un par de años más. Pero para estas nuevas generaciones ya no tienen la trascendencia que tenían para sus padres: esa caja que era una extensión de sí mismos, un espacio propio, privadísimo, al que solo ellos tenían acceso y que era una parte fundamental de su entrada en el mundo de los adultos. Con ellos se va una época. Hay motivos para la nostalgia.

Post-post:
Las taquillas son decorado fundamental en el género de películas de estudiantes, cargadas de tópicos que, según mis hijos, no son tan tópicos sino reales como la vida misma. Estos son los 10 clichés que se siguen encontrando en los institutos americanos, según www.highsnobiety.com:
-       el eterno “colocado” (como el personaje de Ron Slater en Dazed and Confused): fumar “maría” está a la orden del día en los institutos norteamericanos y cualquier estudiante te puede decir, sin dudarlo, quiénes son los “stoners” e incluso los que venden la droga.
-       La entrañable rubia superficial (como el personaje de Karen Smith en Mean Girls): la niña guapa, inocente y demasiado ingenua que, pese a sus bobadas, tiene una autenticidad encantadora.
-       El profesor que hace lo imposible por ser su amigo (como el personaje de Dewey Finn en School of Rock): ese que va de coleguilla, que adopta los gustos musicales de sus alumnos o su forma de hablar en un intento de ser uno más entre ellos para motivarles a rendir más en el colegio. ¡Pufff!
-       El que siempre busca problemas (como el personaje de Biff Tannen en Back to the Future): los bullies siempre han existido pero este personaje ha sido la pesadilla no solo de una generación de la familia McFly, sino de las dos).
-       El/la alumno/a con confusión sexual (como el personaje de Megan en But I'm a Cheerleader): ese compañero que no tiene muy claro lo que realmente es, en términos sexuales, y que, hoy en día, goza de todo el respeto, apoyo y simpatía por parte de profesores y alumnos.
-       El “bro” (como el personaje de Steve Stifler en American Pie): el bocazas que solo vive para las fiestas y que da aullidos de lobo para dejar constancia de lo bien que se lo está pasando.
-       El que no “pega” con su grupo de amigos (como el personaje que interpreta Winona Ryder en Heathers): ese “normal” en un grupo de “chulitos”, el “serio” entre los juerguistas, la “sencilla” (e inteligente) entre las pijas.
-       El “nerd”, el raro (como el personaje de Max Fischer en Rushmore): que tiene unos gustos que no casan con los de la mayoría, que es malo en los deportes, tiene poco éxito entre las chicas…
-       La virgen (o no) “salidorra” (como el personaje de Fogell en Superbad): si nuestros hijos hablaran…
-       Los parias (como los personajes de Enid y Rebecca en Ghostworld): que no entran en categoría de nerds porque encuentran alguien como sí mismos.

2 comentarios:

  1. Habría matado por una taquilla en mis años de colegio e instituto, ahora la tengo en el trabajo y la decoro y la trato cual estudiante de secundaria, jaaaaa, esto voy a tener que hacérmelo mirar, esto y el tenerla llenita de todo tipo de artículos la mayoría innecesarios, en fin... así somos....

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