Washington está todas las primaveras pendiente
de los cerezos y este año no ha sido menos: que si las tempranas temperaturas
primaverales habían acelerado la floración, que si los capullos se verían
afectados por la tardía tormenta de nieve Stella, que si los brotes que se
habían congelado lograrían sobrevivir, que si los que no habían salido lo
harían… Cada año todos esperan impacientes el veredicto del encargado de
dictaminar cuándo ha florecido el 70% de los capullos, momento en que comenzará
el Cherry Blossom Festival. Esa expectación me recuerda a cuando estaba en
Oriente Medio y todos esperaban ansiosos el veredicto del sabio que escudriñaba
el cielo para percibir el primer creciente tras la luna nueva y así marcar el
inicio del Ramadán, aunque no creo que a la nueva Administración estadounidense
le haga mucha gracia mi asociación.

Que llegaran esos árboles requirió un
largo trabajo diplomático y, de hecho, a punto estuvo de irse todo al traste
cuando al inspeccionarse en EEUU el primer cargamento de 2.000 cerezos
japoneses se descubrió que venían infestados de parásitos y el Presidente Taft,
siguiendo las recomendaciones del Departamento de Agricultura, los sentenció a
ser quemados. Japón respondió mandando un mayor número de árboles y seguro que
al funcionario que se ocupó del primer envío se le cayó su lacio pelo nipón.


A ambos lados del Pacífico se celebra ese
florecimiento amistoso con sendos festivales. Washington atrae a más de un
millón y medio de turistas a las numerosísimas actividades, que tienen un
marcado acento oriental: desde la ceremonia inaugural pasando por el Cinematsuri
o Festival de cine japonés, el Día de la Cultura Japonesa en la Biblioteca del
Congreso, el Sakura Matsuri o Festival callejero japonés, el mercado nocturno
japonés, los conciertos de DJ nipones, las degustaciones o clases de cocina
japonesa … hasta que el espectáculo de fuegos artificiales pone el punto final a
las celebraciones tres semanas después.
El “merchandising” funciona a las mil
maravillas, que para algo estamos en la capital del mundo capitalista y, como
las flores de los cerezos son rosas, absolutamente todo se tiñe de ese color.
Porque nada gusta más a los americanos que uniformizarse y asociar un color a
un evento particular. Y aquí, la primavera es definitivamente rosa.