
Nunca había necesitado hablar inglés. El
censo de Estados Unidos registra 58 millones de hispanos. De ellos, 42 millones
dominan el español como lengua materna, a los que hay que sumar los 8 millones
de estudiantes que lo aprenden en sus centros educativos. Hay 800 periódicos en
español y Telemundo y Univisión entretienen a millones de televidentes. En la
mayoría de servicios oficiales puedes pedir un interlocutor en español y,
aunque haya Estados con políticos abiertamente xenófobos (como Arizona), nuestra
lengua sigue gozando de muy buena salud en esta parte de Norteamérica.
De vez en cuando sale algún anglosajón
que exige que se hable inglés en Estados Unidos, que se enfurece cuando le
atienden en otro idioma y que luego, como recientemente un abogado
de Nueva York, tiene que pagar las consecuencias de sus exabruptos (en su caso
ha sido despedido del bufete en el que trabajaba y ha tenido que soportar bajo
las ventanas de su casa a grupos de mariachis cantándole “La Cucaracha”). El
debate se aviva y termino enterándome de cosas que me dejan puesta.
Como que el inglés no es el idioma oficial
de Estados Unidos porque Estados Unidos no tiene ningún idioma oficial: los
padres fundadores no vieron la necesidad de implantar uno porque, aunque en las
13 colonias convivían el francés, el holandés o el alemán, el inglés era en
aquellos momentos el idioma dominante. Además, hacerlo hubiera ido en contra de los
principios de diversidad y libertad sobre los que fundaron el país a finales
del siglo XVIII y tampoco querían ofender a los conciudadanos norteamericanos
provenientes de otros países que habían ayudado a luchar por la independencia.
Hoy en día el inglés sigue siendo el
idioma que impera. Es el lenguaje de los documentos oficiales, de los contratos
comerciales o de los procedimientos judiciales. La mayoría de las personas en
Estados Unidos solo habla inglés y los inmigrantes se ven expuestos a grandes
presiones para aprenderlo. Y no hay que olvidar el poder fagocitante de este
país que ha sido históricamente un cementerio de lenguas enterrando los idiomas
de los nativos americanos, el francés de Nueva Orleans, el italiano de Nueva
York o el polaco de Chicago. ¿Acabarán poniéndole una lápida al español? De
momento, parece que no.