
Una noche, después de cenar en familia,
pregunté a los niños qué estaban leyendo. Mientras mi hija pequeña, una lectora
compulsiva de 12 años, nos empezó a contar las historias de los 3 libros que
estaba leyendo a la vez, su hermano intentaba colar la etiqueta del champú como
material de lectura. La mayor disimulaba hablando del libro que tenía en la
mesita de noche el cual, tras leer de un tirón los tres primeros capítulos, no
había vuelto a abrir en las últimas dos semanas. “
Me paso el día leyendo en el colegio”, se justificaba. “
Y la noche viendo vídeos en el móvil”,
respondimos a coro los demás.
Los tres se volvieron luego hacia mí para
interrogarme sobre mis lecturas y cuando les empecé a hablar de mi novela
saltaron como resortes con un tono tan triunfal como acusador: “¡pero no la estás leyendo, la estás
escuchando y eso no vale!”. Y es cierto que no estaba propiamente leyendo ese libro, es más, ni siquiera es un libro sino
un archivo de audio, pero eso de que no valía, ya no lo tengo tan claro.
Procuro salir a caminar todas las
mañanas. En Estados Unidos, viviendo en los suburbios, ya sea porque todo queda
lejos o porque tienes aparcamiento garantizado, terminas por ir en coche a
todas partes. Hay que incorporar, pues, un poco de ejercicio a la rutina
diaria. Pero debo de ser una persona aburridísima porque una hora diaria sola
conmigo, sin otra distracción que mis pensamientos, repasando historias que ya
me sé o dándole la vuelta a ideas no tan genialmente maravillosas, me estaba
hartando. Empezaba a darme esquinazo a mí misma, como si fuera esa amiga que conoces de
siempre, que sabe todo de tu vida, a la que quieres mucho pero que no soportas
que te llame todos los días para opinar sobre tu vida. ¡Qué pesada!

Así que, un buen día, decidí no quedar
conmigo, me disculpé con mi fuero interno y a la hora del paseo cambié a mi querida amiga plasta
por un audiolibro. ¡Qué bien lo pasamos! ¡Cuántas cosas nuevas y divertidas me
contó! Me habló de unos sitios y de una gente totalmente desconocidos, me contó
detalladamente las intimidades de sus conocidos y, sin embargo, no se le veía
intención de cotillear, ni siquiera al emitir juicios de valor sobre los
comportamientos de esa gente. No escondía malas intenciones y además, hablaba
tan bien, sabía articular tan adecuadamente sus historias, que captó toda mi
atención. El rato que caminamos juntos se me pasó volando y decidí quedar con
él todos los días. Cuando tras un par de semanas de estrecha relación al final
se despidió, me hice amiga de otro audiolibro. Luego de otro y así hasta el día
de hoy.
Pero, al tema. Esos audiolibros, ¿cuentan
cómo lectura? ¿Marca alguna diferencia el sentido por el que sus palabras
llegan a mi cerebro? ¿Tiene más valor el deslizar los ojos por las líneas de
una página que el concentrar la atención en unos sonidos articulados? Es cierto
que la ortografía se aprende leyendo y que, aunque no se conozca la norma precisa, el leer mucho permite saber si una palabra está bien o mal escrita al verla o al escribirla,
por ello insisto en que mis hijos lean a diario. Pero, cuando ya se dominan las
reglas ortográficas, ¿es tan importante el modo de “consumir” un libro?
El Pew
Research Center, un centro de análisis estadístico que tiene sede en
Washington y que da información sobre problemáticas y tendencias en Estados
Unidos y en el mundo, acaba de publicar que el consumo de audiolibros ha
crecido significativamente en el último año mientras que la lectura en los
formatos de libro impreso y libro electrónico se han mantenido estables. Para
mis hijos no puntúa igual leer un
libro que escuchar un libro, pero les hablé de este estudio del Pew y les hice que ver su madre estaba a
la última y eso sí, creo, me hizo ganar puntos.