lunes, 20 de mayo de 2019

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. Estoy en esa fantástica franja de edad indefinida en la que la gente se da perfecta cuenta de que no eres joven pero tampoco vieja, así que ya no te pregunta cuántos años cumples. Para los niños y los ancianos un año más es un grado y no suelen tener problema en decir su edad porque cuando la dicen escuchan frases del tipo “¡qué mayor!”, los primeros, o “¡qué bien estás!, los segundos. A mí, de momento, no me pueden soltar ninguno de esos dos comentarios sin pretender ofenderme así que normalmente no me preguntan y cuando lo hacen no comentan, cosas, ambas, que agradezco. 

Todos los años celebro mi cumpleaños y en esta ocasión lo hice por adelantado. Leía no hace mucho, cuando estaba diseñando el menú de mi celebración, que el cumpleaños es una festividad eminentemente femenina. El artículo citaba a un psicólogo francés que aseguraba que las mujeres sienten una mayor necesidad de celebrar los cumpleaños porque es una referencia a la procreación, a los encuentros familiares y a las fechas que se repiten de manera periódica al igual que el ciclo menstrual. Me quedé puesta. Luego recomendaba celebrar los cumpleaños porque ayudan a envejecer mejor y a acercar la edad subjetiva (la que sentimos) a la edad cronológica (la del registro). Me sentí tan poco identificada que casi se me quitaron las ganas de hacer la fiesta. ¿Ese señor se ganará realmente la vida diciendo esas tonterías?

A mí me encanta celebrar mi cumpleaños pero no creo que sea una cuestión de género, que tenga nada que ver con el hecho de ser madre, con mi menstruación ni con una descompensación entre mi edad física y mi edad subjetiva. Eso sí, nunca me ha gustado decir el motivo de la celebración. Me turba que me canten el cumpleaños feliz o que me hagan soplar unas velas y me da vergüenza recibir los regalos. Agradezco más unas felicitaciones susurradas al oído que la gran alharaca que me convierta en el centro de atención. Sin embargo, me encanta recibir mensajes en el día en cuestión, sentirme querida y darme cuenta de que tengo una red afectiva y de amistades con quienes puedo contar. Ese es mi mejor regalo. No necesito nada más. Y no es poco. 

lunes, 13 de mayo de 2019

Miami

Cuando me enteré de que Miami (Florida) prácticamente no existía a principios del siglo XX, me quedé puesta. Tengo que reconocer que  yo supe de esa ciudad  por la serie de televisión Miami Vice donde los siempre estilosos detectives “Sonny” Croquet y “Rico” Tubbs investigaban, de paisano, los circuitos de la cocaína en pleno boom de los años 80. Ese programa me encantaba no solo por la trama sino por la música, la moda y el ambiente. Me parecía el colmo de la modernidad, pero ni me planteé que la ciudad acabara casi de construirse.  

Posiblemente ya había estudiado que Ponce de León navegó por esa zona con tres naves un día de Pascua Florida, en abril de 1513, y que por eso llamó a esa península Florida; que esas tierras estaban habitadas por los indios miami que dieron el nombre al río Miami y posteriormente a la ciudad; y que los sucesivos intentos de conquistar la zona fracasaron hasta que mi paisano Pedro Menéndez de Avilés fundó por allí la primera ciudad de Estados Unidos, San Agustín, en 1565. Pero en mis clases de historia en el colegio nunca llegábamos a la época contemporánea y, aunque hubiéramos llegado, no estudiabamos nada del nuevo mundo, así que nadie me sacó nunca de mi idea errónea de que Miami había estado allí desde, por lo menos, la conquista de la Florida.

En unas vacaciones fui, leí la guía de viajes y me enteré de que el ferrocarril llegó a Miami en 1896. No fue hasta ese momento que comenzaron los planes para levantar en esas tierras un hotel y construir una ciudad. Y el cerebro me crujió un poco porque yo siempre había pensado que las ciudades ya estaban, luego adquirían la importancia suficiente para que necesitaran comunicarse con otros lugares y después los gobernantes decidían si dotarlas de infraestructuras de transporte, sean caminos, carreteras, vías de tren o aeropuertos. Y resulta que aquí todo es al revés. Primero convencen a alguien para que invierta su capital privado en una línea de ferrocarril que llegue hasta un sitio, luego se pelean por ver qué nombre le ponen al primer hotel (ver entrada El San Petersburgo más surrealista), después constituyen un gobierno y finalmente fundan una ciudad. Sí señor, tal cual. Extrapolado al ambiente fiestas de graduación en que nos encontramos (ver entrada de la semana pasada), no es que me compre un vestido porque tengo la prom en un hotel, sino que voy a construir un hotel y comprarme un vestido para que alguien se anime a organizar la fiesta.

El caso es que lo hicieron muy bien y a comienzos del siglo pasado, gracias a políticas muy laxas en lo referente a las apuestas y al consumo de alcohol en plena Ley Seca, la ciudad prosperó exponencialmente en población e infraestructuras. Un huracán la asoló en 1926,  la Gran Depresión causó estragos dejando miles de desempleados y sin techo e, incluso, el presidente Roosevelt  sufrió allí un intento de asesinato en 1933. Pero a mediados de los años 30 el barrio Art-Decó de Miami Beach estaba prácticamente desarrollado y no se vio afectada por la Segunda Guerra Mundial, que dejó a muchas otras ciudades de Florida en la ruina. Al final de la guerra el número de habitantes de Miami no dejó de crecer y la llegada de Fidel Castro al poder en Cuba en 1959 la convirtió en el destino favorito del exilio cubano lo que hizo que siguiera aumentando su población.

Hoy en día, su puerto es el que alberga el mayor número de cruceros del mundo, su aeropuerto es el segundo de Estados Unidos en número de viajeros, tiene la mayor concentración de bancos internacionales de todo el país y es un importantísimo centro financiero, comercial, turístico y de entretenimiento. Pero Miami no es la capital de Florida y ni siquiera la ciudad con más habitantes del “Estado del Sol”. Tallahassee y Jacksonville ostentan, respectivamente, dichos títulos. La primera porque se proclamó capital en 1824, cuando Miami no existía,  por estar a mitad de camino entre las dos principales ciudades de aquella época, San Agustín y Pensacola. La segunda porque sus límites administrativos son más extensos. Sin embargo, no muchos podrían situar a estas otras localidades en un mapa. Claro, es que por ninguna de las dos paseaban en descapotable los protagonistas de “Miami Vice”, con sus trajes blancos, pantalones sin cinturón, camisetas pastel, mocasines sin calcetines, gafas Rayban y barba de cuatro días.  Y con eso no se puede competir.

Post-post:

Miami fue también la cuna de una película que traspasó los criterios cinematográficos para convertirse desde su estreno en un baluarte de la libertad sexual frente al conservadurismo y la mojigatería norteamericanas: Garganta Profunda, tal vez la película pornográfica más conocida de la historia del cine.  Rodada en apenas seis días en un hotel de Miami con un presupuesto de 25.000 dólares, fue una de las cintas más rentables de la historia del cine para adultos.  Contaba la historia de una chica con una anomalía sexual: tenía el clítoris en la garganta y no encontraba placer en las relaciones convencionales. La película se convirtió inesperadamente en el centro de una tormenta política y social y en el objeto de una auténtica cruzada por parte del presidente Richard Nixon y del FBI. No consiguieron acabar con ella, más bien al contrario ya que el título de la película sirvió para designar al denunciante sin rostro del escándalo Watergate que terminó con la presidencia del propio Nixon.

Nota: Foto Miami Vice: No copyright infringement is intended

lunes, 6 de mayo de 2019

Prom

Y llegó el gran día. Este fin de semana fue la prom de mi hija mayor. Tal vez debiera decir la PROM, con mayúscula, porque, a ver ¿es o no es el summum de la educación secundaria norteamericana? ¿Acaso alguien no ha visto en las películas americanas esa fiesta en el gimnasio del colegio donde van con sus parejitas los graduandos de High School, ellas de largo, ellos de smoking, a bailar y beber ponche sin alcohol, bajo la atenta mirada de los profesores? La explotación cinematográfica de la prom (con el típico gordito que saca a bailar a la más popular de las chicas tratando de quemar el último cartucho al son de la banda de rock del colegio o con la elección de los reyes de la promoción, como algunos de los momentos cumbre) ha alimentado las fantasías de muchos adolescentes de buena parte del mundo y es algo que todos los años se repite en los High schools de Estados Unidos.

Este año he podido comprobar que cuando un estudiante de High School comienza su último curso o senior year todo gira entorno a la graduación. En realidad no consiste en uno, sino en dos hitos fundamentales: la prom y el graduation day. La primera es la celebración social, es decir, la fiesta, y en el colegio de mis hijos se celebra todos los años a primeros de mayo, cuando ni siquiera los alumnos han acabado las clases ni tienen las notas de final de curso. El segundo, que tendrá lugar el mes que viene, es el solemne acto académico donde los profesores entregan el título a los alumnos ataviados con la clásica toga y birrete como símbolo de haber logrado concluir satisfactoriamente sus estudios preuniversitarios.

Ambos actos se organizan desde principios de curso y rara es la semana en que no se toque el tema de alguna manera, ya sea entre los alumnos o entre los padres, que también acabamos haciendo lo nuestro. El High School de mi hija supera los 2.000 alumnos y de él se gradúan todos los años más de 500 jóvenes. Así que no es de extrañar que desde la primera semana de colegio empezáramos a recibir mensajes que nos convocaban a diferentes sesiones informativas o que nos animaban a realizar donativos y a participar en actividades para recaudar fondos. Los chavales, por su parte, eran convocados para las sesiones de fotos, la toma de medidas de las togas y los birretes, el pago de las senior dues; para las reuniones explicativas de cómo debían ser los discursos, para la explicación de los códigos de conducta tanto en la prom como en la post-prom, para las audiciones de los oradores, para los ensayos de la graduación o para el picnic tradicional, el último gran evento de la promoción como conjunto antes del acto solemne con el que termina su vida escolar. Un sin parar de actividades adecuadamente dosificadas que van cumpliendo sus objetivos a la vez que hacen crecer en los seniors la ilusión por el gran día.

Por supuesto, para la prom, que se celebra en un gran salón de algún hotel, el vestido es lo fundamental entre las chicas. Por lo que yo he podido observar, tener el modelito elegido y colgado en el armario produce más alivio que haber terminado los exámenes. Es más, casi podría sostener que si las chicas dedicaran a las asignaturas de física o de matemáticas el mismo tiempo e interés que a su vestido posiblemente la brecha de género en las carreras STEM no sería tan profunda. Una vez resuelto ese tema, otros pasan a dominar la agenda: el grupo con el que se va a ir, dónde quedar para arreglarse, en qué casa se junta la pandilla una vez acicalados, qué entorno elegirán para hacerse las fotos o si tienen presupuesto para alquilar una limosina o un party-bus que les lleve de un sitio a otro, al hotel y al segundo gran evento de la noche: la post-prom.

La fiesta después de la fiesta empieza después de la celebración formal en el hotel y es el momento más temido por los padres y las autoridades por los riesgos que puede entrañar para los adolescentes, principalmente por el consumo de alcohol o drogas en fiestas particulares o por los accidentes de coche bajo los efectos de estas substancias. Así que, desde 1992, nuestro condado de Montgomery y la mayoría de los colegios superiores adscritos organizan la llamada post-prom con fondos donados por los padres y por los negocios de la zona. El objetivo es organizar fiestas tan atractivas y divertidas que los chavales no sientan la necesidad de alquilar un local, beber alcohol o hacer otras cosas que los padres no queremos ni imaginar. Así que de 1:00 a 4:30 de la mañana la fiesta se traslada al gimnasio del colegio, convenientemente transformado, decorado y con todo lo necesario para una gran noche: casino, discoteca, hinchables, barra libre de comida y bebida (sin alcohol), chill out… completado con rifas de suculentos premios que van in crescendo a medida que avanza la noche. El personal administrativo, los profesores, los padres voluntarios, la seguridad del colegio… todos están allí (y unas patrullas de la policía del condado haciendo guardia en el exterior también) velando por que sea un éxito y que cada año supere su record de participación, que ya ronda el 98% de los graduandos.  Verdaderamente es una noche magnífica que los vuelve protagonistas antes de abandonar el colegio que les ha dado las herramientas para entrar de lleno en la vida adulta. 


Post-post:
En inglés, los que se gradúan al mismo tiempo no forman una promotion sino una “class” o “year”. La palabra prom es un acortamiento de promenade que, para los británicos de finales del siglo XIX significaba no solo pasear (acepción que se conserva hoy en día) sino también “bailar en parejas cogidos de la mano”. A pesar de lo que hayan mitificado las películas americanas, no hace falta una pareja del otro sexo para ir a la prom ni que el muchacho le regale a la chica el bonito corsage o pulsera de flores. Cada senior puede invitar a un acompañante y lo habitual es organizarse entre la pandilla para que todos puedan asistir en cualquier combinación posible: chico invita chica, chica invita chico, chico invita chico o chica invita chica. Algo mucho más acorde con estos tiempos y, sobre todo, mucho más divertido. 

lunes, 29 de abril de 2019

Distopías

Si desde la puerta de mi casa conduces 11 horas seguidas, a la velocidad máxima permitida por la ley, puedes llegar a Chicago. Si eres como nosotros, que en cualquier sitio nos apetece parar, que “ya que estamos aquí, cómo no vamos a acercarnos a…”, que “espera, espera, que quiero hacer esta foto” o que en cada límite estatal tenemos que hacer un alto en el centro de visitantes para conseguir el mapa correspondiente que mi “hubby” colecciona, entonces, lo más probable es que, como mínimo, tardes tres veces más. 36 horas tardamos nosotros. Y, claro, a ese ritmo, nos suele tocar hacer noche por el camino. Y de eso va este post. De esas noches insulsas que se pasan en sitios en los que no existe ninguna razón para detenerse, aparte del descanso; de esos hoteles anodinos, en los que da hasta pereza hacer la reserva, porque no tienen nada que invite a quedarse salvo la esperanza de una cama cómoda.

Las carreteras de Estados Unidos están llenas de hoteles con ese propósito, una parada técnica, un “check-in” a última hora y un “check-out” lo más temprano posible con el cuerpo recompuesto. Yo odio esos hoteles. Detesto esas salidas de las autopistas plagadas de postes de cemento que enarbolan el nombre de las cadenas hoteleras, tan en lo alto como lo permita el ser vistos desde la distancia máxima. Alojamientos cuyos aparcamientos empiezan a llenarse a las 5 de la tarde (los americanos suelen cenar sobre las 6), con habitaciones que se ocupan, televisiones que se encienden, cuerpos entumecidos tras largas horas al volante que se estiran en la horizontalidad de una mullida cama. 

No hay nada que diferencie a los hoteles de la misma cadena. No hay nada que distinga al Hampton InnCourtyard Marrior, Hyatt place… de la salida X de la interestatal de Pennsylvania de sus hermanos de la interestatal de Ohio: los mismos muebles, idéntica ropa de cama, similar color de las paredes, repetición insaciable de cuadros que decoran las estancias. Un levantarse sin saber si estás en un sitio o en otro, que obliga a resetear el cerebro y rememorar la jornada de la víspera para recordar hasta dónde se ha llegado en el camino porque el despertar ha sido exactamente igual al del día anterior.

Provengo de un país pequeño y rico en historia, paisajes y tradiciones. Cuando he hecho allí un viaje en coche, rara ha sido la vez que no haya llegado a mi destino en el mismo día y si he tenido que pernoctar por el camino he aprovechado para que esa parada mereciera la pena: un puente romano, un monasterio medieval, una iglesia gótica, un restaurante apetecible, una cascada cantarina, un paisaje impactante o un amigo querido daban sentido a esa noche en tránsito. Pero esto es algo que no existe en Estados Unidos. La inmensidad territorial y su corta historia se traducen en kilómetros y kilómetros vacíos que se llenan de “plazas” aberrantes con los mismos comercios, restaurantes y productos. 

Me he venido dando cuenta de que esta manera de repetirse está ligada a la manera de ser del americano medio, poco propenso a probar cosas nuevas. En el Museo de la Coca-Cola de Atlanta (ver entrada ¿La chispa de la vida?) resaltaban que lo que más valoraban los consumidores era que su sabor fuera siempre exactamente el mismo, sin que importara en qué parte del mundo la bebieras; incluso el presidente Trump, otro producto genuinamente americano, se precia de cenar lo mismo en su cadena de restaurantes favorita, a la única que va cuando puede elegir. Para mí esta repetición hasta el infinito es lo más cercano a una distopía que yo haya podido experimentar. Y me produce un profundo desasosiego.

Pero la cosa puede empeorar . La primera vez que vi que unos niños estaban desayunando en pijama en el comedor de un hotel me quedé puesta. Pensé que tal vez se les habían pegado las sábanas y que, al fin y al cabo eran niños pequeños. Pero ya he llegado a ver a señoras despeinadas y con el rímel corrido sirviéndose los huevos; a adolescentes haciéndose los waffles con el pantalón de cuadros del pijama, sudadera y esas zapatillas que llevan tanto para andar por casa como para ir al colegio; o a afroamericanas tostando el pan en bata y con la especie de turbante que se ponen en la cabeza para dormir. Por eso esta vez en el hotel de Chicago (un cuatro estrellas en una buena zona), cuando bajaba a desayunar y se abrió el ascensor, no me llamó la atención que la señora que ya estaba dentro fuera en zapatillas con pompón y en pijama rosa. Simplemente me dio rabia que el pijama de Victoria Secret que llevaba era igualito al que yo me acaba de quitar en la habitación y que a ella le quedaba mejor. Y estar en plena distopía y que, encima, otras estén más favorecidas ya es el colmo.

Nota: Foto hotel Michael Rivera

lunes, 15 de abril de 2019

Georgetown

Mis hijos, que pertenecen a la Generación Zeta, no recordaban haber oído hablar en su vida de la película “El exorcista”. Me quedé puesta. ¿No habían oído jamás comentar la película más terrorífica de la infancia de sus padres? Imposible. Sin embargo estaban fríos como témpanos y eran inmunes a nuestro entusiasmo. Nos encontrábamos a los pies de una larga y estrecha escalera. 75 escalones para ser exactos, los que le provocan la muerte al padre Damián Karras, ya poseído por el demonio que ha exorcizado de la pequeña Regan McNeil. Les explicamos que era una película de 1973, que cuenta la historia de un sacerdote católico que intenta sacar al diablo del cuerpo de una niña de 12 años que gira la cabeza 360º, vomita una viscosidad verde, levita sobre su lecho, pronuncia las obscenidades más escandalosas y pregunta a su madre con voz angelical “Do you know what she did, your cunting daughter?” (“¿Has visto lo que ha hecho la guarra de tu hija?”). Una frase para la posteridad.
 
Esa es una escalera que cualquiera que vive en Washington visita cada cierto tiempo, ya sea por el mero placer de revivir una secuencia cinematográfica o para mostrar a las visitas una pequeña curiosidad. No es comparable a los escalones del Tribunal Supremo, también muy fílmicos, o a las que suben al Memorial de Jefferson (el mejor sitio para observar el Cherry Blossom en esta época del año), ni mucho menos a la escalinata del Monumento a Lincoln, desde donde Martin Luther King Jr. pronunció su famoso discurso de “I had a dream” (“Tuve un sueño”). Pero tienen su magia y, sobre todo, son uno de los puntos de entrada al precioso barrio de Georgetown.

Su aire sombrío y misterioso combina a la perfección con el edificio gótico de color gris de la Universidad de Georgetown, la universidad católica más antigua de los Estados Unidos que fue fundada por los jesuítas a finales del siglo XVIII. En la actualidad es una de las universidades más prestigiosas el mundo y entrar en ese campus, mezclarse entre los cientos de estudiantes, pasear por sus instalaciones y asomar la nariz por alguna de las aulas me produce una mezcla de nostalgia por mi época universitaria, de envidia por no haber podido estudiar en una universidad como esa y de optimismo juvenil que no me abandona por un largo rato. Salir luego hacia el Georgetown residencial y recorrer las calles adoquinadas jalonadas de casas pintadas de colores, tomar algo en algún local chic o mirar los escaparates de la calle Wisconsin completan una mañana perfecta.

El sábado pasado, con el despertar primaveral, estaba animadísimo y lleno de gente. Los turistas se mezclaban con los residentes, con los estudiantes o con los padres de los aspirantes a ingresar en una de las mecas del saber. Reinaba un ambiente cosmopolita y jovial que no dejaba traslucir el pasado de este barrio. Porque si bien es cierto que Georgetown ya era en 1700 una boyante ciudad portuaria (era el punto más interior del río Potomac al que podían llegar los barcos con sus mercancías) era también un barrio predominantemente afroamericano. En 1800 su población era de poco más de 5.000 habitantes, de los cuales casi 1.500 eran esclavos y 277 eran negros liberados. Un siglo después los empleados del gobierno federal gentrifican la zona y hoy en día el desenfadado elitismo universitario se mezcla con el elitismo económico de uno de los barrios más exclusivos de la capital, donde las casas cuestan varios millones de dólares. 

Esta semana Georgetown y su pasado afroamericano han sido portada de los periódicos. Resulta que en 1838 la Compañía de Jesús vendió a 272 esclavos procedentes de sus plantaciones en Maryland para sanear las finanzas de su gran proyecto educativo. Desde 2015 la universidad ha ofrecido disculpas formales, ha renombrado pabellones en honor de aquellos hombres y mujeres y otorga ventajas a sus descendientes en las admisiones. Pero hace pocos días, dos tercios de los estudiantes de Georgetown han votado a favor de crear un fondo económico para resarcir a los descendientes y proponen una tasa que pagarán los propios estudiantes con su inscripción semestral. “Como estudiantes de una institución de elite reconocemos los privilegios que tenemos y deseamos, al menos parcialmente, pagar nuestra deuda con las familias de aquellos cuyo sacrificio involuntario hizo posible dichos privilegios”. Una frase mucho más correcta que la citada al principio de este post, salida de la pluma de otro alumno de la Universidad de Georgetown, William Peter Blatty, el autor de la novela "El Exorcista".  

Post-post
El barrio histórico de Georgetown ha sido el fondo de numerosas producciones cinematográficas de todos los géneros. “All the President’s Men”, sobre la investigación del famosísimo escándalo Watergate, localizó allí numerosas escenas donde vivían tres de sus protagonistas. En “No way out” un apuesto Kevin Costner utiliza el Freeway para escaparse; en “Deep Impact” el puente Key desaparece con una ola gigante; en “Minority Report” (con Tom Cruise) la calle Wisconsin aparece desierta reflejando una avenida del futuro. “Dave” (con Kevin Klein), “True Lies” (con Arnold Swarzenegger), “Enemy of the State” (con Will Smith), “The Man with one Red Shoe” (con Tom Hanks) son solo algunos de los títulos que se han servido de la magia de este barrio de la capital.

“Gentrificación” es la palabra de moda, pero es un anglicismo. Proviene del inglés “gentry” (pequeña nobleza) y se utiliza para hablar del aburguesamiento residencial, es decir, el proceso por el que la población original de un barrio, normalmente céntrico, es desplazada progresivamente por otra población de mayor nivel adquisitivo. Es lo que sucedió, por ejemplo, en el barrio neoyorkino de Brooklyn y lo que estamos viendo en España en Lavapiés, Chueca o Malasaña (Madrid), El Cabanyal (Valencia), el Portixol (Palma de Mallorca) o el barrio chino (Barcelona).

lunes, 8 de abril de 2019

Emprendedoras

Todos los días, el High School de mis hijos emite, a segunda hora, los morning announcements. Son una serie de mensajes por megafonía que recuerdan las actividades más importantes del día o de la semana, avisan de fechas límite, promueven la participación estudiantil en cualquier acto o publicitan los apoyos que el colegio brinda a los estudiantes. Paralelamente, los padres recibimos por correo electrónico (también a diario) tanto esas píldoras informativas como otras que difunde la dirección del colegio sobre temas variados: becas, prácticas, cursos complementarios, trabajos remunerados, visitas de universidades, voluntariado… Tanto mensaje llega a abrumar, es cierto, pero me gusta echarles un vistazo rápido y no puedo evitar maravillarme ante la inmensa oferta de actividades que tiene a su alcance esta generación de estudiantes.

Entre todos esos correos electrónicos estaba, hace cosa de un mes, uno que daba a conocer un evento que organizaba una alumna de 16 años. Convocaba a una Cumbre de una organización sin ánimo de lucro llamada Girls who Start  (Niñas que empiezan) de la que ella es cofundadora y que busca inspirar a las chicas para que se conviertan en emprendedoras y líderes. Quise saber un poco más y me metí en la página web. Vi que se trataba de un programa de medio día de duración hecho por y para jóvenes, bien estructurado y mejor diseñado. Daba a las estudiantes la oportunidad de escuchar historias y consejos de una serie de mujeres emprendedoras que estaban al frente de empresas de diferentes sectores. Entre ellas habían conseguido que participara la propia Elle Macpherson, supermodelo, emprendedora y madre.

Me pareció interesante y animé a mis dos hijas, de 13 y 17 años, a que asistieran. Podía ser una buena oportunidad de entrar en contacto con un mundo muy ajeno al que ellas ven en nuestro entorno más próximo, donde el emprendimiento empresarial brilla por su ausencia. Era totalmente gratuito y se celebraba en el bonito barrio de Georgetown. Una buena forma de que pasaran la mañana de un sábado. Y, para mi sorpresa, les atrajo la idea y se apuntaron.

Allí fuimos este fin de semana. El empaque del edificio en el que tenía lugar la reunión, la joven que te recibía a la entrada, las que registraban a las asistentes, las que entregaban las carpetas con el programa del día… todo lo que yo pude ver al acompañar a mis hijas a la entrada estaba perfectamente previsto, planificado y desarrollado. Había unas doscientas asistentes, desde estudiantes de 7º curso hasta universitarias. Tras dar sus datos y una vez comprobada su inscripción previa (el evento había colgado el cartel de completo desde hacía tiempo y había una buena lista de espera) mis hijas desaparecieron entre la multitud. Tras numerosas ponencias y talleres con un descanso para la comida (que estaba incluida y que ofrecía menús alternativos para las alergias), volvería a buscarlas. Tenía ante mi cuatro horas estupendas para pasear por Georgetown en plena eclosión primaveral, horas que pasaron demasiado rápido, todo hay que decirlo.

En este bonito edificio de Georgetown tuvo lugar la Cumbre
Me deja puesta que una niña de 16 años tenga la iniciativa y la capacidad de organizar un evento de estas características con tal grado de profesionalidad. Que consiga financiación y apoyo en un mundo de adultos, porque a la vista estaba que no era un acto de bajo presupuesto. Que se gane la confianza de todos y que consiga que crean en ella. Que busque inspirar a otras jóvenes de su misma edad con casos reales y con protagonistas de mayor o menor éxito. Y, sinceramente, me alegro de que su evento haya sido un éxito

Mis hijas salieron cargadas de regalos de los patrocinadores y estuvieron hablando largo rato de las distintas anécdotas que escucharon de las ponentes, de por qué hay menos mujeres empresarias y de si es debido a que no confiamos en nosotras mismas o a que los demás no confían en nosotras. Y yo pensaba en que las verdaderas emprendedoras en este evento habían sido las muchachitas que lo habían organizado, que se habían empeñado en sacar adelante esa empresa para que otras niñas como ellas se animaran a acometer las suyas. Pensaba en que esas niñas seguramente llegarían lejos y que es estupendo que en plena adolescencia se entusiasmen con proyectos de este tipo y que el entorno en el que viven las apoye para hacerlos realidad. Porque ese respaldo de una sociedad que colabora con los proyectos de los demás gustosamente, en la medida de sus posibilidades y que rara vez se desentiende, no lo he visto en ninguna parte como en Estados Unidos. Forma parte de los valores de este país, cultivados desde la niñez, en casa y en la escuela, y me encanta. ¡Enhorabuena a todas las emprendedoras!

lunes, 1 de abril de 2019

Cometas en el aire


Esta mañana me he despertado, he salido a recoger el periódico y al levantar la cabeza me di cuenta de que la primavera había llegado al vecindario. Los centenares de cerezos que flanquean las calles de los alrededores de nuestra casa, que estaban todavía ayer desnudos, hoy están cuajados de flores rosáceas. De un día para otro. Bastó con que la víspera hubieran subido las temperaturas hasta los 20 grados para que los árboles sacudieran de sus ramas los últimos coletazos invernales y se vistieran de primavera. Me quedé puesta y miré, admirada, a mi alrededor deleitándome con el cambio. Empecé a subir la rampa de vuelta hacia casa con el periódico en la mano, retirando las gotas de rocío del plástico que lo protege; tenía el corazón contento y el ánimo por las nubes. Cuatro pasos más arriba sentí que me picaban los ojos y los tenía llorosos, tuve que pasarme el dedo por la punta de la nariz para retener un agüilla que amenazaba con llegar a los labios y solté tres estornudos que levantaron una bandada de lindos pajaritos. Sí, definitivamente la primavera (y sus alergias) ya está aquí. Qué alegría. Qué alborozo.

Es verdad que ya hemos cambiado la hora y que los días son más largos o que ya no cojo la bufanda al salir de casa temprano por la mañana, pero el cambio de estación apenas se había dejado sentir en la zona donde nosotros vivimos. Solo veinte kilómetros más allá la cosa es distinta y Washington DC vive su tradicional exaltación de la primavera con el National Cherry Blossom Festival que, cada año desde 1912, llena el calendario de actividades para celebrar el momento máximo de floración de los cerezos (ver entrada Regalos de amistad). En los alrededores del Tidal Basin, esa ensenada artificial que está rodeada de buena parte de los edificios más impresionantes y característicos de la capital de Estados Unidos, tienen lugar cientos de eventos para todos los gustos. Uno de los más populares es el Blossom Kite Festival, el concurso-festival de vuelo de cometas que se desarrolla en el Mall, en los terrenos que rodean al Obelisco o Monumento Washington.

Es un evento que se celebra todos los años, desde 1967, aunque forma parte del Festival de los cerezos desde hace apenas 8 años. Fue fundado por el primer curador del Museo Nacional del Aire y el Espacio, uno de los más visitados de la red Smithsoniana (ver entrada Mr. Smithson), como una competición de cometas caseras y compradas que se acompañaba de talleres de construcción de cometas y conferencias sobre el tema. Sin embargo, alguien desempolvó una ley de 1892 que todavía estaba en vigor y que prohibía el vuelo de cometas, globos y paracaídas dentro de los límites de la ciudad de Washington y se denegó a la institución Smithsonian el permiso para futuros festivales. En 1970 la policía detuvo a 11 personas que, desafiando la ley, fueron al Obelisco a volar sus cometas y el Festival se tuvo que mudar a Maryland. El posterior cambio de la normativa permitió que recuperara su emplazamiento original en 2008. Tres años después el patrocinador pasó a ser el Festival del Cherry Blossom ( que en el año 2016 tuvo que aclarar que los drones no estaban permitidos) y cada año supera el número de asistentes.
 
Entre ellos nosotros, porque el sábado nos levantamos, preparamos un buen picnic, cogimos un par de mantas para el suelo, buscamos en el garaje nuestras cometas y nos fuimos hacia DC. El Mall estaba animadísimo, los árboles eran macizos rosas en pleno esplendor y el cielo, un mar de cometas. En un extremo de los hilos niños y adultos disfrutaban por igual; en el otro, pulpos con tentáculos multicolores, estrellas tridimensionales, pájaros tropicales o algún tiburón amenazante competían en altura y vistosidad. Un espectáculo. Habían bastado unos cuantos grados más y que se convocara una actividad al aire libre para que saliéramos por miles, como las flores de los cerezos de mi vecindario. Porque la primavera ya está aquí, ahora sí, incluso en mi barrio. Sé lo que digo porque mientras escribo estas líneas voy llenando la papelera de pañuelos desechables. Qué alegría. Qué alborozo.