lunes, 12 de febrero de 2018

Little Free Library

Este año los Reyes Magos nos regalaron a toda la familia una Little Free Library (LFL). Si al aterrizar en Estados Unidos me hubieran preguntado por su significado en una encuesta, habría engordado la estadística del “no sabe/no contesta”. Pero al poco de llegar, durante un paseo por los suburbios de Maryland, vimos, frente a una vivienda particular, una casita muy coqueta de tamaño un poco mayor que un buzón postal que estaba llena de libros. Como no sabíamos lo que era, simplemente la contemplamos con curiosidad. Meses después vimos otra en otro barrio, de forma y tamaño completamente distintos a la anterior, pintada con motivos vegetales e igualmente llena de libros. Tampoco nos atrevimos a coger ninguno. Antes de Navidades, al llevar a Ana a un cumpleaños, vi que en ese barrio había otra, esta vez con la forma del Tardis de Dr. Who y que tenía una plaquita metálica que decía Little Free Library. org y un número de registro. Cuando llegué a casa tecleé esas palabras en el buscador y ahí empezó todo.

Little Free Library (Pequeña Biblioteca Gratuita) es una organización sin ánimo de lucro que busca promover el amor por la lectura, crear lazos comunitarios y estimular la creatividad mediante el intercambio de libros. La idea partió de un señor en Wisconsin que en el año 2009 construyó una pequeña estructura de madera que colocó sobre un poste en el jardín delantero de su casa como un tributo a su madre, profesora y apasionada de la lectura. La llenó de libros con el propósito de que los que por allí pasaran pudieran coger libros, dejar libros que ya hubieran leído, compartir gustos literarios y dinamizar el vecindario. Compartió la idea con un amigo y la idea se extendió tan rápidamente que en la actualidad hay más de 60.000 LFL en 80 países del mundo. La nuestra es la 61.859.

Dar una segunda vida a los libros ya leídos me parece una idea preciosa. Y desprenderte de ellos para que alguien, anónimo, los disfrute, me parece doblemente atractivo. Ya hace años que mi hermano va dejando los libros que termina en distintas ubicaciones del hospital donde trabaja para que aquel que esté interesado los coja. Diversos ayuntamientos de ciudades españolas han promovido iniciativas como dejar un “libro en un banco” en una fecha determinada para que pasen de unos a otros y promover la lectura. Pero aquí, como me decía un amigo el otro día, van dos pasos por delante. Alguien ha creado ya todo un sistema que hace realidad aquello que llevabas un tiempo pensando y no sabías cómo materializar. Y de repente te ves entusiasmada con un proyecto que se te ajusta como anillo al dedo. En este caso construyes o compras tu casita, la registras en la organización, la metes en el mapa de la página web para que sea localizable por personas ajenas a tu vecindario, vas poniendo libros y la dinamizas cuando y como quieras para darle vida y que no caiga en el olvido.


Nosotros hicimos un diseño sencillo y le dimos las medidas a un conocido con nociones de carpintería. Fuimos con los niños a elegir la pintura y la pintamos una fría tarde de invierno. Pedimos permiso para instalarla a la asociación de vecinos y una vez dimos toda la información pertinente se mostró entusiasmada con la idea y nos brindó todo su apoyo. Fuimos a casa de una vecina a pedirle herramientas para hacer el agujero para el poste y tras surtirnos con todo tipo de palas nos dijo que había una herramienta específica para esa función llamada post digger que te permite hacer el agujero del tamaño exacto concentrando todas tus fuerzas en un punto preciso (¿no es para quedarse puesta?).  Desechamos las palas y buscamos un sitio donde alquilarla por unas horas. Funcionó de maravilla y usamos otro invento americano que de manera rápida y limpia fija el poste al suelo dándole una estabilidad similar a si hubieras empleado dos sacos de cemento. Dimos un paso atrás y exclamamos sin modestia alguna: "¡qué bien nos ha quedado!"

Como el sistema funciona a través de administradores voluntarios o “stewards”, nuestra hija pequeña, la más lectora de todos, asumió con gusto ese rol. Ella es la que se va a encargar de llevar control de los libros que entren y salgan de la biblioteca, de ponerles un sello con el logo de la organización para que quede constancia de que son parte del movimiento (y también para evitar posibles ventas en el mercado de segunda mano y que alguien haga negocio con lo que pretende ser gratuito), de difundir la idea o de explicar el funcionamiento a quien lo desconozca. Ha puesto, también un libro de visitantes para que se dejen comentarios y sugerencias.


Ayer fue el gran día de la inauguración. Difundimos la noticia entre los vecinos, pusimos un par de globos para que pudieran identificar la librería fácilmente, la llenamos de libros y ofrecimos chocolate caliente y galletas. Empezó a diluviar como si el cielo quisiera caerse y tuvimos que cobijarnos en el garaje. Pero desafiando la lluvia, caminando cobijados bajo los paraguas o conduciendo sus coches, los vecinos vinieron a dar la bienvenida a la Little Free Library. Y con el genuino entusiasmo que los americanos muestran ante los proyectos comunitarios hicieron realidad el lema de la organización “Take a book. Return a book” (“Coge un libro. Devuelve un libro”).

lunes, 5 de febrero de 2018

Superbowl

A mí me gusta mirar. Lo reconozco. No digo que soy “voyeur” porque no me gustan los extranjerismos y porque la palabra tiene unas connotaciones que no se ajustan a mi forma de mirar. El adjetivo “mirona” tampoco me gusta; tiene cierto retintín negativo que no creo encontrar en mí. Pero da igual cómo lo califique, el caso es que disfruto viendo la forma de comportarse o de interactuar de la gente, ya sea en la calle, en un restaurante, en un concierto de jazz o en un partido de fútbol americano. Especialmente en estos últimos, porque al no entender nada de lo que sucede en el campo soy más una espectadora de los espectadores que del espectáculo.

Ayer, como todos los primeros domingos de febrero desde 1967, se celebró la Superbowl (o Supertazón, como lo llaman en América Latina), la final del campeonato de fútbol americano en Estados Unidos, entre los Eagles de Filadelfia y los Patriots de Nueva Inglaterra. Es el espectáculo deportivo más grande del mundo, paraliza al país y es imposible no contagiarse de todo lo que implica. Porque el juego, en la Superbowl, es la excusa para hacer espectáculo con todo lo demás y en eso los americanos son maestros.

Incluso para aquellos a los que no les gusta el fútbol americano, hay dos momentos de máxima expectación en el estadio: la emotiva interpretación del himno nacional, siempre a cargo de un artista con destacada capacidad vocal (generalmente mujer) y la actuación del descanso, que recae sobre alguno de los intérpretes más importantes del momento. Michael Jackson, Madonna, U2 han actuado para la Superbowl y ayer Justin Timberlake lo hizo por tercera vez. En la ocasión anterior, en 2004, protagonizó el momento más polémico de la historia de estos juegos cuando rasgó el vestido de su compañera Janet Jackson y quedó al descubierto su pecho, apenas tapado el pezón por una estrella.  Así que ayer, los 70.000 asistentes al estadio en Minnessota o los más de 100 millones que lo vimos por televisión, teníamos mucho donde mirar.

Aunque yo ya he ido a bastantes partidos de futbol americano del High School de mis hijos por aquello de apoyar a la cheerleader de la familia y al niño, que toca en la banda del colegio y desfila en los partidos más importantes, confieso que sigo sin enterarme muy bien de las complejísimas reglas. Aunque unas pocas cosas ya las tengo claras:

  • Cada equipo está compuesto por 22 jugadores que se reparten entre ofensivos y defensivos. Solo once pueden estar en el campo. El jugador más importante de cada equipo se llama quarterback (Mariscal de Campo, en español), y es el que se encarga de lanzar el balón cuando el equipo ataca.
  • El tiempo de juego está dividido en cuatro cuartos de 15 minutos y la cancha mide 100 yardas (90 metros aproximadamente), casi lo mismo que un campo de fútbol tradicional. 
  • El equipo que empieza atacando tiene cuatro oportunidades (downs) para avanzar 10 yardas en dirección a la zona de anotación.
  • Para avanzar con el balón existen dos opciones: pase o carrera. En el primer supuesto el quarterback intenta lanzar el balón a uno de sus receptores (receivers). En el segundo caso, un jugador, el running back, intenta avanzar entre la maraña de defensas del equipo contrario. Los buenos equipos alternan ambas opciones de ataque, desorientando al equipo rival.

Esta teoría se puede entender más o menos bien; yo debí de entenderla fatal antes de mi primer partido porque me quedé puesta al ver que, pese a que un partido son cuatro tiempos de quince minutos (o sea, una hora), en realidad acaba durando casi cuatro horas; que cada dos por tres no cambia un jugador, sino los once a la vez o que entre tanta gente y tantos movimientos en el campo era incapaz de ver dónde estaba o quién tenía la pelotita ovalada. Así que hice uso de mi capacidad observadora y me entretuve mirando las evoluciones de las animadoras, las comidas que más éxito tenían entre los asistentes (la mayoría comía o bebía algo), la forma en que iban vestidos (apoteosis de gorras y camisetas), cómo colocaban los cojines sobre los que asentar sus posaderas (las mías se quedaron ciertamente resentidas tras tanto tiempo sobre la bancada de cemento) o cómo aplaudían o protestaban un pase en el terreno de juego. Pase que, por cierto, yo no había visto por estar pendiente de otras cosas.

Ayer, en el sofá de mi casa, estuve más cómoda, la verdad. A pesar de que es uno de los acontecimientos sociales más importantes de Estados Unidos y la gente se reúne en casas o en bares para ver el partido, nosotros lo vimos en familia. La Superbowl es también, después del día de Acción de Gracias, la fecha del año en que mas comida y bebida se consume en Estados Unidos y se calcula que se toman 45 millones de toneladas de guacamole para seguir el partido. Ahí sí fuimos fieles a la tradición y en el momento en que saqué mi tazón de guacamole todos dejaron de prestar atención a lo que sucedía en el campo de juego y se abalanzaron sobre la especialidad mexicana. Y cuando mi hija pequeña exclamó “esto sí que es un superbowl, mamá, y no este rollo que nos estamos tragando”, todos le dimos la razón.

Por cierto, ganaron los Eagles. Underdogs no more!

Post-post:
El trofeo que se lleva el equipo ganador se llama Vince Lombardi, en honor al entrenador ganador de las dos primeras Superbowls. Tiffani&Co es la joyería encargada de su fabricación. Además, cada jugador recibe un anillo de campeón, de oro y diamantes, estimado en 5.000 dólares. La Liga de Fútbol Nacional (NFL) costea 150 de estos anillos y los vencedores pueden regalarlos a quienes quieran.

Se dice que Putin tiene uno. El hijo de Robert Kraft, el dueño de los Patriots, se enroló en una misión comercial a Moscú en el año 2013 y allí conoció al presidente Vladimir Putin. Poco antes su equipo había ganado la Superbowl y llevaba el anillo. Putin se lo pidió para admirarlo y dijo que mataría por tener un recuerdo así. Kraft bromeó diciéndole que no necesitaba tanto, pues Putin es cinturón negro de Kárate. El político se metió el anillo en el bolsillo y se marchó rodeado de escoltas, para pasmo de los allí presentes. Al dueño de los Pats le llamaron de la Casa Blanca para que simulase que había sido un regalo, intentando evitar un conflicto diplomático.

lunes, 29 de enero de 2018

Modelos y modelitos

Una vez a la semana mi hija pequeña, de 11 años, se queda una hora y media más en su colegio (público) para participar en una actividad extraescolar llamada MUN o Model UN (Modelos de Naciones Unidas). Completamente gratuita, como lo son todos los clubs organizados por la escuela, es una de las más solicitadas y le costó hacerse con una plaza. Confieso que cuando me pidió autorización para apuntarse yo no tenía mucha idea de en qué consistía. En seguida me explicó que es una actividad en la que los alumnos aprenden sobre diplomacia, relaciones internacionales y la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el fin último es asistir a las simulaciones de las sesiones que se celebran en los principales órganos de la ONU. Esas sesiones solo tienen lugar dos veces al año y tendríamos que llevarla a la sede de algunos de esos órganos en Washington DC. “Son mega eventos, mamá, en los que participamos los representantes de muchísimos colegios”. Por supuesto le dije que sí y firmé el papelito.

En seguida empezó a llegar el bombardeo de información que acompaña cualquier actividad que quieres hacer en este país. Autorizaciones para que se inscribiera en tal comité, cartas informativas sobre los temas que se iban a debatir, solicitudes para que se uniera a la delegación del país de su elección… y todo tan profesional y tan rigurosamente organizado que más de una vez tuve que cerciorarme de que la destinataria de tales requerimientos era una alumna de 6º de primaria y no sus progenitores.

A su dirección de correo electrónico escolar llegaron los temas contemplados para la siguiente gran Conferencia en la que iban a participar y, sin que los padres interviniéramos en el proceso, “respetando sus intereses”, tuvo que informarse con los links proporcionados y elegir uno de ellos teniendo en cuenta el país al que le gustaría representar: energías renovables (para cualquiera de los 193 países miembros de la ONU), diplomacia en el deporte e igualdad de género (restringido a los países miembros del COI), crisis de malnutrición (solo para los países miembros de la FAO), niños soldados (solo para los países miembros de UNICEF) y “Arco de inestabilidad: crisis en el Sahel y en la cuenca del lago Chad” (sólo para países miembros del Consejo de Seguridad). Por supuesto, se informó, sopesó sus intereses y eligió en consecuencia. Me quedé puesta.

Aquí tuvo lugar la Conferencia
Me maravilla que niños que acaban de entrar en middle school tengan oportunidad de tomar contacto con el mundo de la diplomacia sin edulcorarles su contenido, enfrentándoles a temas reales que van a debatir en instituciones reales, en un ambiente que imita a la perfección la forma de trabajar de esos profesionales, participando en debates, negociaciones o deliberaciones, defendiendo ideas tal vez contrarias a las suyas  y, además, todos tengan la certeza de que lo van a hacer bien, con motivación y responsabilidad. ¿De quién es el mérito? ¿Cómo consiguen que se entusiasmen con esos temas y decidan quedarse una hora y media más en el colegio todos los jueves, durante todo el año, para profundizar en temas que normalmente pensamos que no les suscitan ningún interés?

Código de vestimenta masculino
Conforme se fue acercando la fecha de la primera gran Conferencia su emoción (y nerviosismo) crecía. Tendría lugar nada  menos que en la sede de la Organización Panamericana de la Salud, y de nuevo volvieron a llegar las decenas de correos electrónicos a los padres sobre los aspectos puramente organizativos: hora de salida del colegio, planillas para compartir coches, horario de comida, lugares donde comprar comida o donde comer la que llevaran de casa, firma del pliego de autorización para que su imagen en el evento pudiera ser reproducida con fines informativos… y el código de vestimenta o modelito que tenían que llevar. Todos debían ir en Western Bussiness Attire, o  Vestimenta de negocios occidental, es decir, no vaqueros, no camisetas o sudaderas, no chanclas o calzado deportivo, no trajes nacionales.  Y, por si pudiera quedar alguna duda, añadían: “piensa en cómo se viste tu Senador más cercano para hacerte una idea más precisa”. Y me volví a quedar puesta. Seguro que los niños de 11 años de este país saben perfectamente cómo se viste y cómo se llama el Senador que los representa y yo ni sé, ni he sabido, ni me he preocupado por saber el nombre de ninguno de los de España.

No es de extrañar, claro, que cuando en la universidad, con 20 años, tuve que memorizar la estructura de la ONU, me pareciera el mayor de los rollos posibles mientras que los niños del club extraescolar de mi hija te hablan de los distintos comités y de sus funciones como si te contaran  el menú de la cafetería del colegio, sin siquiera tener conciencia de que lo saben. Pero claro, a los 11 años, o a los 15, si me apuro, yo no tenía ni idea de que existiera la ONU aunque, eso sí, me sabía al dedillo la definición de límite matemático y eso seguro que mi hija no se lo va a saber. Jaaaaa.

Post-post:
Los que queráis ver un pequeño vídeo de esa Conferencia, podéis pinchar aquí.
Foto PAHO Adam Fagen

lunes, 22 de enero de 2018

¿La chispa de la vida?

Si lo hubiera sabido antes no habría ido pero tras descubrir que la Coca Cola es originaria de Atlanta y  después de visitar los estudios de la CNN y el Parque histórico de Martin Luther King, también originarios de la capital de Georgia, decidimos cerrar ese día de nuestras vacaciones con el World of Coca Cola. Hacía mucho frío y cuando llegamos al mega museo de la emblemática bebida vimos que la cola para entrar era considerable pero no disuasoria. Adelante, pues. A los niños les hacía ilusión y a mí me picaba la curiosidad. Ilusa de mí. Aquella había sido únicamente la fila para comprar las entradas (a razón de 17$ por adulto); la verdadera, larguísima y oculta tras las taquillas, me dejó puesta.

Más de una hora sin otra cosa que hacer que observar a los congéneres da para una comparativa antropológica. Grandes grupos de bulliciosas familias indias (del subcontinente, no nativos americanos) haciéndose selfies sin cesar; la joven japonesa que parecía haberse escapado de un cómic manga, vestida como un cupcake, literal, desde los zapatos al bolso pasando por el estampado de su vestido de color pastel; el padre hillbilly y su hija adolescente que debían de acabar de bajar de las montañas de Alabama a juzgar por la camiseta de manga corta con la que aguantaban las temperaturas bajo cero y que no se dirigieron la palabra en todo el tiempo que los tuve detrás de mí; los latinos de Miami, esos sí abrigados a tope y hablando un spanglish tan exacerbado que hasta a mí me costaba entenderles…

El orden impuesto por las barras de hierro que maximizaban la capacidad del área de espera, se disolvió en un santiamén cuando nos llegó el turno de entrar a nuestro grupo de 50 personas. Deseosos de hacer algo, nos abalanzamos sobre un mostrador donde nos dieron una latita de una de las múltiples variedades de Coca Cola. Y ahí estábamos otra vez, aborregados, sorbiendo la bebida elegida y comparando sabores, en un ambiente bastante festivo que a mí me estaba comenzando a avergonzar.

Entramos a lo que llaman el loft donde una embajadora de la marca, muy rubia, muy chispeante, muy cantarina y que caminaba dando saltitos como las niñas pequeñas a la salida de la escuela, nos destacó alguno de los más de 200 objetos históricos expuestos que representaban los 125 años de existencia de la bebida. Y pasamos a una sala de cine donde nos tragamos un video muy bien realizado, muy emotivo y muy publicitario de lo que hace que Coca Cola sea una bebida tan popular: no es su delicioso sabor, ni la perfección de sus burbujas, ni lo innovador de sus envases, ni que sepa siempre igual vayas donde vayas… sino que somos nosotros, los que la bebemos, que la asociamos a los momentos más bonitos y especiales de nuestras vidas. En este momento ya no supe si las ganas de vomitar eran consecuencia de que la bebida que me habían dado a la entrada me había sentado mal tras el frío pasado o que estaba somatizando una nueva oleada de vergüenza.

Y ahí sí que se abrieron definitivamente las puertas del museo para hacer una visita autoguiada por las diferentes salas: la bóveda de la fórmula secreta, las 10 galerías de los “Hitos refrescantes” que exponen más objetos emblemáticos en la historia de la marca, la planta embotelladora, la sección de cultura pop, la galería de retratos, el cine 4D con una proyección bastante simplona o, por no hacer la lista exhaustiva, el decorado ártico donde te puedes hacer la foto con el oso polar, icono de la bebida, cuya expresiva y dulce sonrisa estoy convencida de que esconde en el interior del disfraz a algún individuo harto de mover palanquitas internas y sudado como un pollo. La apoteosis de la sala donde puedes probar las más de 100 bebidas que la compañía comercializa por todo el mundo (y donde mi hija pequeña se cogió tal indigestión que no pudo ni cenar) solo podía ser superada por la tienda de recuerdos. Impresionante como pocas y un logro indiscutible de publicistas y diseñadores, auténtico negocio de un lugar en el que entras pagando una entrada y sales pagando tus compras. Al fin y al cabo la Coca Cola es un negocio y uno de los mayores símbolos del mundo capitalista.

 Salí de allí con una bolsa de color rojo con letras blancas llena de rabia por haberme sometido voluntariamente a tal bombardeo comercial, por haber pagado para que mi hija sufriera una indigestión y, encima, por haber sucumbido a la insistencia del niño para que le comprara la bolsa sorpresa  que acabó conteniendo una tontería que, encima, no le hizo ninguna ilusión. Tal fue la saturación que no he vuelto a probar una Coca Cola que, para mí ya no tiene chispa alguna. 

Post-post:
Para quienes no estéis familiarizados con el término hillbilly, es una palabra del inglés americano que se usa, con algunas connotaciones peyorativas, para describir a los habitantes de ciertas áreas rurales o montañosas, normalmente de la cordillera de los Apalaches. Esta es, hoy en día, una de las zonas más deprimidas de los Estados Unidos. De ahí proviene buena parte del electorado de Donald Trump. No hace mucho terminé de leer un libro de J.D. Vance que recomiendo sin dudarlo: Hillbilly Elegy, a Memoir of a Family and Culture in Crisis. Es un interesantísimo retrato en primera persona sobre los problemas y realidades de la clase blanca trabajadora sumida en la crisis y con pocas posibilidades de realizar su sueño americano. Contado por un hillbilly que ha conseguido graduarse de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Interesantísimo.

lunes, 15 de enero de 2018

Lo nunca visto

Ya pensaba que no existían. He pasado dos años buscando esos locales donde nada más sentarte llega una camarera con la jarra de café y los menús y te saluda mientras te va sirviendo una taza humeante. Al principio tenía el convencimiento de que habría también pie de limón o una tarta de manzana recién sacada del horno pero, tras un par de años de vivir en el país, había perdido la esperanza de encontrar productos “home made”. Pregunté a muchas personas, americanas y extranjeras, dónde podrían estar esas típicas cafeterías pero nunca me dieron pista alguna. Se limitaban a sonreír con cara de no haber visto jamás una película americana. Con todo, nunca he dejado de perseverar. Muchas veces nos hemos desviado del camino en la búsqueda infructuosa de lo que ya empezaba a considerar una quimera que había crecido alimentada por la industria del cine.

Paramos en Appomattox un poco por casualidad, al regreso de un viaje que nos había llevado hasta Georgia. Aunque nos alejaba de la ruta marcada, Gabriel consideró INDISPENSABLE visitar el pueblo donde, en 1865, el general confederado Lee se rindió ante el unionista Grant dando fin a la guerra civil en Estados Unidos. Mis hijos habían estudiado todo esto en sus clases de historia en el colegio y yo apenas tenía la imagen de los caracteres en negrita del libro de texto que resaltaban Appomattox como crucial en la historia de Estados Unidos. Así que, ¿por qué no visitarlo?

¿No es monísimo ese ranger? (el resto, también)
Hay allí un Parque Histórico Nacional donde los siempre amabilísimos rangers te cuentan que la casa en la que tuvieron lugar las negociaciones era la única que quedaba habitada porque los dueños no habían tenido dónde huir al ser nuevos en la zona. Su vivienda anterior, en Manassas, ya había sido destrozada por la guerra. En la acogedora residencia de los McLean, 90 minutos bastaron para que ambos generales llegaran a un acuerdo caracterizado por la caballerosidad de las partes, que buscaban un horizonte de paz tras la más cruenta de las guerras en el país.

Un hito histórico. Pero resulta que ahora esa pequeña localidad del sur de Virginia quedará en mi memoria indisolublemente ligada no al armisticio sino al lugar que me demostró que sí existen locales de comida casera en el país de las cadenas de  restaurantes. Digo de antemano que Appomattox es un pueblo diminuto, que el downtown tiene solamente una calle comercial donde está la oficina de turismo atendida por una jubilada encantadora. Ella fue la que nos dijo que cruzáramos la calle y fuéramos a Granny Bee's, “donde vamos los locales”.

Allí comí con un café que humeaba, me rellenaron la taza sin pedirlo, me tomé una sopa que, sin ser la bomba, se notaba que estaba recién hecha, los aritos de cebolla de los niños no eran congelados y la camarera le sirvió higaditos fritos a Gabriel sin morirse de asco. Y aunque no tomamos postre porque ya no nos cabía, nos aseguraron que todos eran caseros. Lo nunca visto. Eso sí que es un hito.

lunes, 8 de enero de 2018

Lobbies

Cuando en Nochevieja regresábamos a casa tras cenar con unos amigos, vi que los vecinos ya habían tirado el árbol de Navidad a la basura. Me quedé puesta. Eso sí que es rapidez. Al día siguiente el número de arbolitos se había multiplicado y el martes, que es cuando pasa el camión de la basura (ver entrada Thanks God it's Tuesday), el vecindario parecía un triste cementerio vegetal. Me dio mucha pena ver que esos árboles tan bonitamente decorados e iluminados hacía apenas unas horas estaban ahora desnudos y congelados a la orilla de la carretera esperando que el camión de residuos de jardinería los triturara sin dejar rastro alguno de su cadáver en el hogar que habían llenado de calidez. Me pareció una imagen tristísima.

Y esa estampa de desolación debe de haberse visto por todo Estados Unidos. Según la Asociación Nacional de Árboles de Navidad (¿no es alucinante que en este país haya asociaciones para todo?) cada año entre 25 y 30 millones de hogares americanos compran un árbol de Navidad natural. Para ello han ido a uno de los múltiples puestos de venta que surgen de la noche a la mañana en las carreteras o a alguna finca por donde puedes pasear con tu familia, elegir el ejemplar que quieres comprar e incluso cortarlo tú mismo para hacer la experiencia más auténtica. Si encima te pones un gorrito de lana y la camisa de leñador quedas de lo más hipster con el árbol amarrado a la baca de tu coche volviendo hacia tu casa.

Todo para tirarlo a la basura antes de un mes porque aquí, para más inri, nadie celebra la llegada de los Reyes Magos con lo que las fiestas se acaban mucho antes. Pobres arbolitos, crecer tan hermosos para tener un final tan triste. Si ya de por sí suelo entrar en un profundo estado de melancolía cuando veo que se acerca la fecha de desmontar los adornos navideños, desenredar las luces, guardar las bolas en sus cajas correspondientes, desempolvar las cintas y guirnaldas, embalar la estrella… ahora resulta que me invade una conciencia ecologista con la que no contaba.

Finca de árboles de Navidad en Iowa
Según la mencionada asociación, solamente en Estados Unidos hay cerca de 350 millones de árboles de Navidad que están creciendo en fincas destinadas para tal propósito. Por cada árbol que se tala en invierno, en primavera se plantan de una a tres semillas gracias a los más de 4.000 programas de reciclaje de árboles. Arboles plantados en más 350.000 acres de terreno de 15.000 fincas americanas que emplean a más de 100.000 trabajadores. El pensar en los bonitos retoños que estarían creciendo en las montañas de Oregón, Carolina del Norte, Pennsylvania, Michigan, Wisconsin o el Estado de Washington disipó la nube de tristeza que había surgido tras la visión de mi vecindario.

Luego seguí leyendo que el 80% de los árboles artificiales que se venden en Estados Unidos son made in China, según datos oficiales. Y mientras los árboles naturales son reciclables y renovables, los artificiales contienen plásticos que no son biodegradables así como posibles metales tóxicos, del estilo del plomo.

En mi casa es costumbre que el árbol de Navidad siga profusamente decorado y lleno de luces hasta que pase la Epifanía. Sin embargo, esta información que ahora tengo me estaba haciendo mirar con desconfianza la imperecedera artificialidad del árbol que compré de segunda mano nada más llegar a EEUU. A saber la cantidad de plomo que estaría liberando por cada una de sus agujas de pino de imitación. Lo quité bien tempranito ayer. No he querido buscar la etiqueta para averiguar dónde está hecho; sospecho que no habrá sido fabricado en ese 20% no chino. Desde luego, los lobbies de la industria navideña hacen bien su trabajo.

lunes, 1 de enero de 2018

¡Feliz Año Nuevo!

En Colombia dábamos la vuelta a la manzana con una maleta para tener un año lleno de viajes. En Ecuador quemábamos un muñeco tamaño real  relleno de serrín con espíritu de renovación y regeneración. En México, para atraer la buena suerte, nos tomábamos 12 uvas pasas antes de las 12 frescas que simbolizaban los meses del año viejo y del nuevo. En Omán lo celebramos de acampada en una playa virgen sin más aderezos que una hoguera, las estrellas y la mejor compañía. En Kuwait nos disfrazamos y lanzamos al firmamento globitos de papel con nuestros buenos deseos. En España siempre nos hemos tomado las uvas sincronizados con las campanadas del reloj de la Puerta del Sol en la televisión.

En Estados Unidos tampoco hemos dejado de celebrar la llegada del nuevo año aunque, en Maryland, pase un poco desapercibida. Porque al convivir tantas nacionalidades con calendarios que empiezan en distintas fechas parece que todo se diluye. Y mientras yo hago alborozada mi compra para la cena de Nochevieja en el supermercado, el coreano que está junto a mí eligiendo los productos lo hace con el semblante de quien realiza la compra semanal, rutinaria y aburrida. Yo no puedo evitar pensar que es un soso y no tiene espíritu festivo. Pero me quedo puesta al darme cuenta de que igual de sosa debo de parecer yo cuando elijo las judías verdes para el hervido de una cena de diario sin reparar en el cuidado con el que los hebreos escogen las granadas para su Rosh Hashaná, el año nuevo judío, que ni siquiera sé cuándo se celebra.

Hoy, para mí y para la mayoría de los que me leéis, es el primer día del año. A todos os deseo que 2018 no os traiga más que motivos de celebración, que las penas sean escasas y se vean siempre mitigadas por el cariño de los que os rodean y que las alegrías sean desbordadas y compartidas para hacerlas más gratificantes. Y, sobre todo, que el año nuevo venga con mucha salud para que podamos disfrutarlo. ¡Feliz Año Nuevo!