lunes, 25 de junio de 2018

Lecturas de verano.

Esta mañana entré en crisis. No fue porque un año más el verano me haya ganado la carrera y los 30º de temperatura con un 87% de humedad que ya tenemos en el exterior me hayan sorprendido sin haber hecho el cambio de armario. No. Eso me pasa todos los años y de una manera u otra consigo encontrar entre los jerseys de lana alguna camiseta que ponerme y salvar la situación. Es mucho peor. Ya estoy casi haciendo la maleta para irme de vacaciones y no tengo material de lectura para el verano.

Así que fui in extremis a una de las pocas librerías que siguen existiendo para buscar alguna obra que me atrajera por su título, por el diseño de su portada, por la temática, en fin, por cualquier cosa. Iba a dispuesta a dejarme seducir fácilmente; las situaciones de crisis tienen eso, que no te permiten ser muy exigente. Fracasé estrepitosamente y volví a casa con las manos vacías.  De vuelta en el coche me dio por pensar que el teléfono e internet me habían sorbido completamente la sesera, que habían modificado de manera terrible mis hábitos de lectura y que me hacían repeler todo aquello cuya extensión superara un tweet o cuyo contenido no me permitiera leerlo en diagonal y darme la falsa impresión de estar informada. Como el verano está aquí me dio por pensar que mis lecturas se parecen cada día más a esos bronceados instantáneos con azúcar de caña que te permiten lucir un moreno artificial y que a los pocos días se esfuman sin dejar rastro en tu cuerpo: una capa superficial de información que no deja poso en el cerebro y que se va tal cual ha venido, sin esfuerzo, sin constancia, sin horas invertidas en la lectura.

Soy dramática en mis pensamientos y me dejo llevar hasta terrenos que bordean el absurdo pero recupero la cordura fácilmente. Algo hay de adicción a internet, es cierto, pero creo que aún no soy un caso perdido. No es eso lo que me está pasando sino que aún no he conseguido ponerme en “formato vacaciones” y, sobre todo, no he conseguido separar el “formato A” del “formato B”. Dejadme que me explique.

Mis lecturas de verano han de adaptarse a dos escenarios completamente diferentes, el norte y el levante españoles. No es lo mismo leer a la hora de la siesta, tumbada sobre la cama, tapada con una colchita, mientras una lluvia incesante martillea los cristales de las ventanas que dan al mar Cantábrico o a las laderas donde pastan las vacas asturianas, que leer en una playa del Mediterráneo sin mareas, bajo la sombrilla, intentando cubrirte los pies con arena para evitar que el sol ardiente te los calcine. El primer escenario me permitió en veranos pasados disfrutar largos tomos de autores rusos del siglo XIX o sagas familiares de la literatura de nuestra época, mientras el segundo escenario lo he entretenido con literatura ligera que aguantaba los embites de la arena y del bronceador mientras me refocilaba con la holganza y la molicie estival.

Ninguno de los libros que ojeé y hojeé en la librería esta mañana me anticipaban horas de deleite en esas circunstancias. La trama de un presidente desaparecido, un viaje espiritual en un paisaje helado en la frontera con Canadá o la adaptación de una familia china a la vida en San Francisco pueden ser lecturas interesantes cuando regrese a Estados Unidos después del verano pero no invitaban a meterlas en  mi maleta rumbo a España. Ahí se quedaron.  Tras los oscuros pensamientos en el coche decidí ser positiva. Ya encontraré alguna joya este verano en una balda de una librería clásica de Gijón o en la mesita de noche de mi madre. A mi regreso os contaré. Mientras tanto, feliz verano a todos. En septiembre me volveréis a encontrar en este Puesto traspuesto.

Post-post:
The Vacationers”, de Emma Straub, y “The Rocks”, de Peter Nichols, me acompañaron una parte de los veranos anteriores. Desarrolladas ambas en Mallorca, para mí tuvieron el interés de descubrir cómo reflejaban sus autores la vida en la isla, su gente, su comida y sus costumbres. Veraneantes como yo que no veían lo mismo que yo o que lo interpretaban de otra manera porque nuestras referencias culturales son totalmente distintas. Cuando menos, curioso.

lunes, 18 de junio de 2018

Spelling Bee

Siempre me han llamado la atención los concursos de deletreo que veía en las películas americanas. Aquellos niños se sentaban ordenadamente en un escenario para levantarse uno a uno y batirse en duelo oral con sus compañeros deletreando las palabrejas más difíciles ante un severo tribunal que no iba a tolerar nervios ni titubeos. En las películas dobladas de mi época parecía una tontería, en parte porque eran en español y se escribían como se pronunciaban y en parte porque eran mayoritariamente palabras de origen latino o griego que para nosotros no tenían gran dificultad.

Hace un par de semanas se celebró en Washington DC la final de este concurso conocido por el nombre de Spelling Bee, que tiene lugar desde 1925 interrumpido únicamente entre 1943 y 1945 a causa de la Segunda Guerra Mundial. Las normas establecen que no hay edad mínima para presentarse pero no se puede ser mayor de 15 años. La mayoría de los aspirantes suele tener 13 años aunque el año pasado una niña de 5 años superó todas las fases preliminares y se calificó para el concurso. Bah, no podía ser muy difícil, aunque el inglés no sea mi lengua materna y aunque nunca lo hubiera hecho con anterioridad. Así que me metí en la página web de la organización, vi que había un test y decidí probarlo.

The Washington Post se hace eco del concurso
Era el test preliminar que tomaron los 516 concursantes que llegaron a la fase nacional. La primera ronda consistía en deletrear 12 palabras para las que facilitaban el origen, la definición y una frase que permitía situarlas en contexto y había 5 opciones para elegir; se completaba con otras 12 palabras de vocabulario para las que daban la definición y tenían que elegir la palabra entre 5 respuestas diferentes aunque similares. Las rondas dos y tres consistía cada una en una pregunta de vocabulario que, si la fallaban, suponía la descalificación automática. Si las superaban tenían la posibilidad de ganar tres puntos más por cada deletreo correcto. La puntuación total del test era de 30 puntos. Un total de 41 aspirantes lo superaron consiguiendo al menos 28 puntos en las preliminares y llegando, por ende, a la gran final. Yo saqué ¡11 puntos! (¡once miserables puntos!, así, bien deletreados) y en mi pantalla de ordenador salió un aviso que decía que mi viaje hacia la final del Spelling Bee terminaba ahí. He de decir que mi autoestima se ha resentido un poquito o, más bien, “a little”, porque era en inglés.


Luego miré la lista de finalistas y me quedé puesta al ver que estaba absolutamente dominada por niños cuyos nombres y rasgos raciales indicaban una clara procedencia del subcontinente indio y vecindario, países que han venido ganando este concurso consecutivamente durante los últimos 11 años. Es más, 19 de los 23 últimos ganadores eran de ascendencia del sudeste asiático, una realidad que explica la reciente producción cinematográfica "Breaking the Bee", del director Sam Rega, que aún no he visto pero a la que estaré atenta, ahora que mi curiosidad ha sido picada por la abejita del deletreo.


El ganador de este año, un niño de 14 años, deletreó acertadamente palabras como “aver”, “paucispiral”, “ankyloglossia”, “haecceitas” y, finalmente, “koinonia”, una palabra de origen griego que significa comunión espiritual. Su rival en la final, una niña de 12 años, se había equivocado al deletrear “bewusstseinslage”, palabra de origen germánico que indica un estado de conciencia. Imperdonable.

Post-post:
Aunque parezca mentira, todas esas palabras están en el diccionario inglés.
Si quieres intentar el test, pulsa aquí.
Por cierto, la "Bee" de este concurso no hace referencia a la abeja que se imagina todo el que sabe un poco de inglés. A pesar de ser el emblema de la organización, parece que es una palabra del inglés antiguo que hace referencia a una reunión de miembros de una comunidad con el objetivo de realizar una actividad que ayude a alguna persona o familia. Algo parecido a "la esfoyaza" de los pueblos asturianos cuando, durante siglos y siempre en otoño, quitar las hojas de las mazorcas del maíz era un trabajo que se realizaba en comunidad y que daba lugar a divertidas reuniones vecinales y a más de un enamoramiento entre jóvenes. Mi abuela siempre hablaba de esas veladas con auténtico deleite.

lunes, 11 de junio de 2018

Jesús y el hockey

Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que aquí nadie se llama Jesús. O Jesus. Sabes que John es Juan, que Charles es Carlos, que Mathew es Mateo, que Julian es Julián y que luego hay nombres más anglófonos para los que no tenemos traducción como Owen, Ethan, Kevin o Jason. Pero cuando mi hija dijo en el colegio que su primo se llamaba Jesús sus compañeros se quedaron boquiabiertos. “No way!. ¡Eso es como si se llamara Dios, o Jehová o Alá!”. Mi hija no supo explicarles que Jesús no es un Dios, sino un profeta, como Mahoma, cuyo nombre llevan millones de musulmanes pero luego me lo contó a mí en casa y me quedé puesta. Es verdad, no había escuchado en ningún momento el nombre de Jesús en este país.
                                                              
 Jesus” existe como palabra en Estados Unidos para hablar del hijo de Dios o como exclamación, pero a ningún americano se le ocurriría llamar a su hijo Jesús. Intrigada, le pregunté a una amiga americana y me dijo que ella pensaba que en la cultura latina, mucho más católica que la anglosajona, utilizamos el nombre Jesús de la misma manera que damos a nuestro hijo el nombre de un familiar al que queremos mucho. En cambio los americanos no usan Su nombre para demostrar respeto, de la misma manera que cuando se retira un jugador de hockey que ha sido muy bueno nunca se vuelve a dar su número a otro jugador. La respuesta me encantó y me mostró, una vez más, la facilidad que tienen los americanos para utilizar ejemplos cercanos que permitan hacer entender sus ideas. A mí nunca se me habría ocurrido una analogía así.

Y el ejemplo del hockey no es fortuito. En Estados Unidos hay más aficionados a este deporte que católicos, especialmente al hockey sobre hielo. Nuestro vecino, de 11 años, cuando tiene un rato libre se disfraza de arriba abajo con todas las protecciones posibles y se pone como loco a lanzar el disco a la portería que coloca delante de su casa; hay montones de pistas de patinaje y la que está al lado de nuestra casa ya está abierta a las 7 de la mañana y llena de padres sacrificados que llevan a sus pequeñines de 5 años al curso de iniciación al hockey.  Para hacer eso ya te tiene que gustar … y mucho.

St Nicholas en 1901
La primera pista artificial de patinaje sobre hielo en EEUU se abrió, precisamente, en Maryland, el Estado en el que vivimos, en 1894. Parece ser que el deporte se extendió en este país procedente de Canadá donde se jugaba en los lagos helados en los meses de invierno y ha perdurado hasta hoy. Dos años después tuvo lugar la primera liga en los Estados Unidos en la ciudad de Nueva York, donde se acababa de construir la segunda pista de hielo artificial, la llamada St Nicholas Arena. Hoy en día, la liga nacional de hockey cuenta con 24 equipos estadounidenses y 7 canadienses que compiten por la Stanley Cup cuya final tuvo lugar, precisamente, hace unos días. Y la ganaron los Washington Capitals, que han tardado 43 años en conseguirla. Yo no entiendo ni poco ni mucho de hockey sobre hielo pero me sumo al entusiasmo que me rodea. “Go caps!”.

lunes, 4 de junio de 2018

Cupones

La primera vez que fui a comprar a una especie de El Corte Inglés y me preguntó una asombradísima cajera si iba a pagar “full price” (lo que marcaba la etiqueta) no sabía de qué me hablaba y dije que sí. Ella puso cara de “bueno, allá tú” y me cobró. Yo salí dándole vueltas a la cabeza pensando qué situación tan absurda acababa de vivir. No estaban de rebajas, ¿cómo no iba a pagar lo que decía que costaba? ¿Qué tenía que haber hecho? ¿Me estarían timando? ¿Cómo me iban a timar en una tienda de ese tipo, si, encima, el precio estaba en la etiqueta?

Todavía no había entrado en el mundo de los cupones en Estados Unidos, ese material impreso que llega al correo de tu casa, que recortas de publicaciones que coges a la salida de los supermercados, que aparece en el embalaje de algún producto o que, gracias al mundo de las Apps y de los teléfonos inteligentes, descargas digitalmente y lo muestras en las tiendas en el momento de pagar. El cajero lo escanea y por arte de magia el precio se reduce sustancialmente.

Una vez los descubrí, pasé a tirarme horas en la mesa de la cocina seleccionando todos los que llegaban a casa y que las primeras semanas se habían ido directamente al cubo azul de reciclaje del papel, como la basura que pensaba que eran. Dos yogures por el precio de uno, 20% de descuento en las chuletas de cerdo, 10 dólares de descuento si gastas 50 en la ferretería. Tijeras en mano recortaba de las páginas de los periódicos aquellos que podían tener una utilidad para mí, los doblaba cuidadosamente e intentaba ordenarlos en función de algún criterio que iba variando a medida que me veía desbordada. Empecé metiéndolos en la cartera pero comenzó a inflarse según se llenaba de papelajos que caducaban antes de que tuviera ocasión de utilizarlos. Después rescaté una carterita para concentrar ahí todos mis hallazgos y, como cada día ocupaba y pesaba más, la acababa dejando en casa de manera que cuando me hacía falta el cuponcito de las narices, no lo tenía. Cuando sí la había llevado conmigo, me paraba en un pasillo antes de hacer cola en la caja del supermercado revolviendo entre los cientos de cupones que tenía a ver si alguno me servía y me acababa agobiando entre tanta basura y tanto cupón caducado.

Definitivamente este sistema no era para mí, siendo como soy la reina de la improvisación y de las compras repentinas. Soy de las que entro al supermercado a comprar una caja de leche y acabo saliendo con el carro lleno tras gastarme 200 dólares. No me planifico para comprar unas perchas: en algún lugar recóndito de mi cerebro almaceno el dato de que tenemos pocas y, si de casualidad paso por algún sitio en donde las venden y me acuerdo, acabo comprándolas. Ante este modo de vida no hay cupón que valga. Es algo más propio de individuos planificadores, organizados y responsables. Por eso les sirve a los americanos y, en cambio, en España no los usamos.

Sin embargo, al final, de alguna manera encuentras la forma de acceder a los descuentos porque hay gente buena por todas partes. Alguna vez una persona que estaba antes de mí en alguna cola me pasó los cupones que ella no iba a utilizar; otras veces el propio cajero se sacó un cupón suyo del bolsillo y me lo aplicó sin más; otra vez el cajero me dijo el nombre de una página web para que me descargara el cupón en el teléfono y esperó pacientemente a que realizara toda la operación sin mostrar signos de impaciencia y sin que ningún otro cliente de la cola protestara por el tiempo que me estaba tomando. En otra ocasión, la dependienta de la sección de caballeros a la que tenía que pagarle 70$ por el precio de una camisa revolvió cielo y tierra en su ordenador en búsqueda de la mejor oferta; tardó 20 minutos y no hacía caso a mi insistencia, ya desesperada por la cantidad de tiempo perdido, de que lo dejara, que no pasaba nada. Al final logró meter un sinfín de códigos en el ordenador y acabé pagando 37$. Llegué tarde a una cita pero la prenda me costó casi la mitad.

Me deja puesta que a pesar de tener una venta asegurada, muchos cajeros intenten reducirte el precio lo máximo posible para que pagues el mínimo establecido. Es más, en alguna ocasión se toman el trabajo de buscar entre las páginas web de los negocios de la competencia si ofrecen más barato ese mismo producto para, directamente, igualarte el precio. No va en contra del negocio de su jefe, tal vez todo lo contrario. Porque evitan que vayas a la competencia y sus maravillosos descuentos te dejan sin excusas para no comprar con solo pensar en todo lo que te vas a ahorrar. Capitalismo en estado puro: “mira qué descuento tan bueno te estoy haciendo pero dame tu dinerito que te voy cobrando”.

martes, 29 de mayo de 2018

Cementerio de lenguas

Cuando llegamos a Omán tras haber pasado tres años en México, el restaurante más marchoso (además de uno de los pocos que servía cervezas en este país musulmán) era un mexicano con un chef entrañable del que nos acabamos haciendo muy amigos.  Tenía miles de anécdotas divertidísimas y las contaba exprimiéndolas al máximo con la infinita gracia de los originarios del sur del río Grande. Una de las que más me gustaban era la de cómo había acabado en Mascate (Muscat, en inglés) pensando que en realidad iba a Moscú. Y todo por no hablar inglés. Había vivido 30 años en Estados Unidos utilizando solo el español antes de que lo ficharan para viajar a “la perla del Golfo” y eso que trabajaba en un restaurante y tenía que lidiar con clientes y proveedores de todo tipo.
Nunca había necesitado hablar inglés. El censo de Estados Unidos registra 58 millones de hispanos. De ellos, 42 millones dominan el español como lengua materna, a los que hay que sumar los 8 millones de estudiantes que lo aprenden en sus centros educativos. Hay 800 periódicos en español y Telemundo y Univisión entretienen a millones de televidentes. En la mayoría de servicios oficiales puedes pedir un interlocutor en español y, aunque haya Estados con políticos abiertamente xenófobos (como Arizona), nuestra lengua sigue gozando de muy buena salud en esta parte de Norteamérica.

De vez en cuando sale algún anglosajón que exige que se hable inglés en Estados Unidos, que se enfurece cuando le atienden en otro idioma y que luego, como recientemente un abogado de Nueva York, tiene que pagar las consecuencias de sus exabruptos (en su caso ha sido despedido del bufete en el que trabajaba y ha tenido que soportar bajo las ventanas de su casa a grupos de mariachis cantándole “La Cucaracha”). El debate se aviva y termino enterándome de cosas que me dejan puesta.

Como que el inglés no es el idioma oficial de Estados Unidos porque Estados Unidos no tiene ningún idioma oficial: los padres fundadores no vieron la necesidad de implantar uno porque, aunque en las 13 colonias convivían el francés, el holandés o el alemán, el inglés era en aquellos momentos el idioma dominante. Además, hacerlo hubiera ido en contra de los principios de diversidad y libertad sobre los que fundaron el país a finales del siglo XVIII y tampoco querían ofender a los conciudadanos norteamericanos provenientes de otros países que habían ayudado a luchar por la independencia.

Hoy en día el inglés sigue siendo el idioma que impera. Es el lenguaje de los documentos oficiales, de los contratos comerciales o de los procedimientos judiciales. La mayoría de las personas en Estados Unidos solo habla inglés y los inmigrantes se ven expuestos a grandes presiones para aprenderlo. Y no hay que olvidar el poder fagocitante de este país que ha sido históricamente un cementerio de lenguas enterrando los idiomas de los nativos americanos, el francés de Nueva Orleans, el italiano de Nueva York o el polaco de Chicago. ¿Acabarán poniéndole una lápida al español? De momento, parece que no.

lunes, 21 de mayo de 2018

Drugstores

En Gijón, cuando yo era pequeña y queríamos comprar algo fuera del horario comercial habitual íbamos al drugstore (lo pronunciábamos “dragstor”). Jamás me planteé que esa palabreja pudiera tener significado alguno. Sonaba a inglés, es verdad, pero si me hubieran dicho que en realidad quería decir farmacia habría pensado que me querían vacilar. Allí comprábamos comida, regalos, libros o nos tomábamos algo. Su mayor ventaja era que abría hasta las 2 de la mañana, los sábados por la tarde y los domingos y eso era todo un lujo en aquel momento.

Pero cuando vine a Estados Unidos me di cuenta de que las drugstores de este país se parecen muy poco a nuestro concepto de farmacia y se acercan un poco más a aquella galería de mi infancia. Las cadenas Walgreens, CVS o Rite Aid a las que yo suelo ir cuando tengo que comprar algún medicamento son una especie de supermercados enormes donde encuentras infinidad de anaqueles atiborrados de medicinas para las que no necesitas receta médica, una sección atendida por dependientes para medicinas con receta y montones de pasillos con todo tipo de artículos de belleza o de regalo, secciones de comida, revistas, laboratorio de fotografía, venta de tabaco…

Prácticamente todos los supermercados de este país venden medicinas que pagas en la caja junto con la leche y la carne. Pero si lo que tienes es una receta médica, la cosa cambia y comprar tu medicamento es el mayor de los rollos. En primer lugar, los dependientes son lentos, muy lentos; en segundo lugar, tienes que dar todo tipo de información personal respondiendo a una serie de preguntas interminables; en tercer lugar no te la despachan inmediatamente sino que te dicen que vuelvas en un cierto tiempo a recoger tu pedido; en cuarto lugar, no tienen ni idea de lo que te están vendiendo y su único interés es cumplir un protocolo de ventas que les evite unos posibles problemas legales y, por último, si no tienes seguro, los precios son alucinantemente abusivos. Lo único bueno es que te venden las cantidad de medicina exacta que necesitas para tu tratamiento, ni una píldora más ni una menos.

Pero todo esto lleva a situaciones absurdas. No intentes comprar suero fisiológico porque no entra dentro del listado de “medicamentos” sin receta; pasarás un calvario y no lograrás convencer al dependiente de que lo necesitas para limpiar los ojos de un niño o para descongestionarle las fosas nasales si está acatarrado. Es más, te empezará a hacer preguntas cada vez más específicas sobre cómo lo utilizas en tu hijo y llegarás a temer que te denuncie  a los servicios sociales y te acaben quitando la custodia del niño.

En ningún país del mundo he visto en televisión mayor cantidad de anuncios de medicamentos, de nombres impronunciables y para enfermedades que no había oído nombrar en mi vida. Basta conectar la CNN, esperar a un intermedio y se podrá comprobar lo que digo. Una auténtica incitación al consumo de medicamentos en un país que sufre una verdadera epidemia de heroína y opiáceos consecuencia de la adicción a los analgésicos.

Todo empieza con un dolor de espalda, de muelas o algo similar. El paciente va al médico y le receta un opiáceo, lo más potente para evitar el dolor. Al enfermo le gusta, se engancha, pide más y el médico, para no perder un cliente, se lo sigue recetando. Hay estudios que demuestran que una tercera parte de las personas que consumen opiáceos durante un mes se engancha. Cuando el médico les cierra el grifo de las recetas acuden al mercado negro a conseguir heroína. Esto ha provocado que cada día mueran en este país 91 personas por sobredosis, generalmente jóvenes, blancos, de bajo nivel cultural, pocos recursos y procedentes de los Estados más pobres del país, como Virginia Occidental, Tennessee o Alabama aunque, también más al norte, nuestro querido Maryland ha declarado recientemente el estado de emergencia para lidiar con este problema. Auténticos drogadictos generados por los servicios sanitarios del país a los que los médicos no saben hacer frente. Drogadicción de Estado. Se dice pronto.

Y que a una española le deje puesta esto tiene especial delito porque España, lamentablemente, es el segundo país que más medicamentos consume del mundo, por encima incluso de Estados Unidos. También se dice pronto.

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Cristina, va por ti.
Foto viñeta: Flickr

lunes, 14 de mayo de 2018

Cambio horario

Algo me está pasando. Es una mutación. No sé si peligrosa, pero me preocupa. Seguro que será un problema cuando vuelva a España de vacaciones. ¿Qué voy a hacer? A lo mejor alguien conoce el remedio. Dejadme que os cuente.

El otro día salí temprano por la mañana a caminar con unas amigas por el C&O Canal, un sendero que sigue la ruta del río Potomac durante unos 300 Km por el tramo entre Georgetown, en Washington DC, y Cumberland, en Maryland. Una delicia de ruta para caminantes, ciclistas o corredores, que está salpicada de antiguas esclusas, casas de vigilantes, acueductos y otras reminiscencias de la época dorada del canal como sistema de transporte a mediados del siglo XIX.

El caso es que tras una buena caminata, en el camino de vuelta abandonamos la senda para descansar un poco y tomar algo. Eran las 11 de la mañana. Nos sentamos en unos bancos corridos de madera, vino un camarero a limpiar la mesa y nos dejó las cartas. Y pedí. Unos buenos tacos de pescado con arroz y frijoles. Una comida en condiciones. No fui la única. Todo el mundo estaba ya comiendo. Una amiga española no pidió nada porque decía que ella, a esa hora, no podía comer. En realidad era la hora del café con leche. Entonces me di cuenta de mi problema. Y me quedé puesta.

Cuando al poco de llegar a Estados Unidos fui a dejar mi currículo para un puesto de trabajo, el encargado de recibirlo me dijo, en un tono ciertamente molesto, que le había pillado de milagro porque estaba saliendo para comer. Eran las once y veinte de la mañana y el hablante era español. Me dejó puesta. Luego pensé: “Este tío es  gi…”. No lo dije, pero tampoco conseguí el trabajo.

Poco después nos invitaron a cenar unos amigos americanos con los que habíamos coincidido en nuestra época en Omán y que ya estaban de vuelta en su casa de Virginia. “¡Encantados!”, dijimos. “We’ll barbeque. Os esperamos a las cinco”, respondieron. “¡Horreur!”, pensamos. El sábado en cuestión terminamos de comer a las tres de la tarde, tomamos el café viendo el telediario, recogimos los platos y, a las 4:30, con los niños protestando en el coche diciendo que no tenían ni pizca de hambre, nos fuimos a cenar unas ricas hamburguesas caseras.

El dueño de nuestra casa, un coreano jubilado, nos comunica asuntos relacionados con la vivienda cuando se levanta, a las cinco de la mañana. El vecino enciende el motor del coche para salir hacia su trabajo a las 6:30 de la mañana. Lo sé porque a las 6:10 suena nuestro despertador para empezar el día y despertar a los niños que tienen que coger el autobús escolar a las 7:06. El año pasado comían en el primer turno de comidas del colegio, a las 11:30. Este año les toca el segundo, media hora más tarde, pero les rugen las tripas y, como aquí dejan comer en las clases, no es raro que (especialmente cuando les pongo sushi) se zampen los rollitos con la salsa de soja y el jengibre encurtido a las 10 de la mañana, mientras el profesor desarrolla sus explicaciones. (Esto da para otro post, ya lo sé, ya).

Muchos de los restaurantes abren ininterrumpidamente de 11:00 de la mañana a 10 de la noche. Más tarde suele ser muy complicado encontrar un sitio para cenar. A las 5 de la tarde los médicos ya no te dan cita, pero mi hija va siempre al dentista a su revisión de ortodoncia a las 7 de la mañana y la consulta está a tope con todo el personal funcionando a pleno rendimiento.

Las carreteras se atascan a las 4 de la tarde. Cuando a veces no consigo caminar por las mañanas, salgo por la tarde por los alrededores del vecindario y a las 5:30 voy aspirando el aroma que sale de los hornos de los vecinos o el olor de las parrillas al calentarse. A las 6 suelen cenar, así da tiempo para un paseo o una actividad de ocio antes de irse a la cama, cada uno a la hora que quiera que, en eso, no he encontrado uniformidad entre los americanos y los he conocido tempraneros como las ardillas o noctámbulos como los coyotes.

Este es mi entorno y yo tengo un lío tremendo. Si salgo con amigas, nos sentamos a comer a las 11 o a las 12 del mediodía; si estoy en casa, me dan las 3; si es fin de semana, no lo hago antes de las 4 y si andamos de excursión, no comemos y, directamente, cenamos a hora americana camuflándonos perfectamente en el ambiente. Intuyo que no es nada bueno. Seguro que se podría diagnosticar como un profundo desarreglo conductual y eso ya suena ciertamente peligroso. ¿Tendrá cura?

¡Uy, me voy a comer!. Ya conocéis mis horarios, ¿quién adivina qué hora es?

Post-post:
Miguel Angel, va por tí.