lunes, 16 de enero de 2017

Tocar madera

Desde que llegué a EEUU estoy desarrollando una paranoia. Si salimos de casa con prisas, por la razón que sea, y no me ha dado tiempo a supervisar las habitaciones antes de cerrar la puerta, experimento una congoja creciente que más de una vez me ha hecho dar media vuelta y revisar que está todo correcto. Me agobia pensar que se haya podido quedar un fogón encendido, que no haya apagado una vela aromática o que algún cable o transformador puedan provocar un cortocircuito. Si no he podido comprobarlo, cuando finalmente regreso y vislumbro al final de la calle nuestra casa, me alivia ver que no hay un tumulto delante, mangueras o una montaña de cenizas y que la vivienda sigue ahí, lozana e intacta.
 
Nunca antes había tenido este tipo de pensamientos y creo que me lo provocan los enormes camiones de bomberos americanos y el estruendo descomunal que provocan sus sirenas cuando se ponen en funcionamiento. Si a ello sumas las noticias constantes en los medios de comunicación sobre incendios en viviendas y el ver cómo construyen aquí las casas a base de tablones de madera, creo que tengo motivos más que suficientes para que un buen abogado denuncie en mi nombre al sistema norteamericano por crearme un trauma del que no creo que me recupere mientras aquí viva.

Uno de los detonantes de mi paranoia fue darme cuenta de que todas las casas tienen el tiro de las chimeneas por el exterior, lo que a mí me parece un desperdicio de energía calorífica que se podría aprovechar para la vivienda; pero pensé que sería para facilitar el aislamiento de las partes combustibles de la casa. ¡Qué preocupaciones tan absurdas tienen estos americanos!

Luego, me quedé puesta al ver cómo construían y darme cuenta de que esas partes combustibles son toda la casa: es una estructura hecha de pilares y vigas de madera sobre las que se sostienen tanto las paredes como el techo (también de madera) dando como resultado que aproximadamente cada metro haya una tabla de ese material. ¡Qué bonita falla podría ser!

Posteriormente me percaté de la sensibilidad que tienen los detectores de humo de mi casa. Antes de que mi agudo olfato detecte que el aceite se está calentando demasiado, un irritante pitido agudo empieza a atronar el pasillo del primer piso obligándome a resetear el sensor (al principio tenía que coger la escalera o una silla para llegar hasta el techo jugándome una buena caída con las prisas, pero ahora tengo ya bien a mano un palo de manera que se adapta perfectamente al botón). ¡Qué a menudo deben de producirse fuegos para que haya sensores en todos los pisos!

Sólo se salvó del incendio la casa del español
Creo que podría ganar el caso y que una bonita sentencia inmortalizara mi nombre en la jurisprudencia. Pero, si la madera es tan combustible y tienen que tomar tantas medidas de seguridad, ¿por qué no eligen otro material para construir sus casas? ¿Acaso nadie aprendió nada de aquel devastador fuego en 2007 en Rancho Bernardo (California) cuando todas las casas de una calle quedaron calcinadas excepto la que era de piedra y teja que, no por casualidad, era de un catalán?

Pero, dicho lo anterior, me encanta descubrir lo que está detrás de la construcción local: 
  • que la tradición arquitectónica norteamericana viene marcada por su condición de colonia temporal inglesa y en aquel momento construyeron las casas principalmente con madera.
  • que Estados Unidos tiene una enorme superficie de bosques y aquí la madera es un bien abundante, económico y fácil de trabajar.
  • que la enorme extensión de este país encarece trasladar los materiales de construcción y no puedes andar moviendo ladrillos o tejas por todo el país sin que encarezca la obra.
  • que la madera es un material muy flexible que soporta movimientos sísmicos mejor que otros materiales y en caso de daños es más barato de reparar.
  • que la madera es un material aislante y no un puente térmico, por lo que es más cálida en invierno y más fresca en verano, cosa muy conveniente en un país con tal variedad de climas.
  •  que la construcción de este tipo de casas no requiere mano de obra muy cualificada y esto cuaja muy bien con la mentalidad americana del DIY (Do It Yourself, házlo tú mismo).
  • que los americanos tienen mucha movilidad geográfica y cambian muy a menudo de residencia por lo que no entra dentro de su mentalidad invertir en una casa costosa para toda la vida.
  • que a los americanos les gusta la inmediatez y construir con este material es rápido (esas escenas de las películas del Oeste en que todo el pueblo se junta al amanecer para construir la casa de un vecino y por la noche ya se puede dormir dentro son factibles)
  • que la construcción con madera es más ecológica y sostenible al ser un material natural, biodegradable, reciclable y no derivado del petróleo, aunque ello no implica que los americanos sean muy ecológicos, más bien al contrario, y no parece que Donald Trump vaya a cambiar la tendencia.

Sinceramente, me encantan las casas de aquí; me gustan sus estructuras  y cómo las recubren, sus crujidos, el olor que desprenden, la calidez de sus suelos. Les perdono que permitan que se oiga todo, que me hayan vuelto loca cuando quería colgar cuadros o que requieran mucho mantenimiento. Entonces, ¿por qué me estoy volviendo paranoica? ¿No estaré tal vez desarrollando un trastorno bipolar que me hace pasar del amor por sus casas al pavor por sus incendios? Me conviene aclararlo antes de contratar al abogado. Mientras tanto voy a tocar madera para que a mi casa no le pase nada.

Post-post
Y podéis pinchar los links para que veáis que no suena igual "Tocar madera" que "Knock on wood"

lunes, 9 de enero de 2017

Country & Campy

Sonaba de lo más idílico. Un pueblecito en las Smoky Mountains, en el Estado de Tennesse. El lugar de nacimiento de Dolly Parton, la celebérrima cantante de country, y en donde había abierto un parque temático con atracciones varias y un museo de sus trajes y recuerdos. Parecía el broche de oro para que los niños se llevaran un recuerdo divertido de nuestro viaje a Nashville, el corazón de la música country. Pero no podía ser. Había un 99% de ocupación hotelera. Claro, pensé, un pueblo tan pequeño en el corazón de los Apalaches no puede tener mucha oferta.

De regreso a casa, con Gabriel pletórico tras haber visitado en Nashville cuanto museo, teatro o “honky tonk” había relacionado con la música country, decidimos salirnos de la carretera general para, aunque sólo fuera, echar un vistazo a Sevierville y Pigeon Forge y llevarnos un recuerdo bucólico y auténtico de donde había nacido, la cuarta de 12 hermanos, en una casa humilde de una sola habitación, la cantante country más premiada de la historia americana. A lo mejor los niños podrían subirse a alguna atracción del llamado Dollywood o entrar en un “museo-réplica” del Titanic que había visto que estaba casualmente también por allí.

Me empezó a mosquear que la carretera “local” en la que desembocamos tenía tres carriles por sentido y que, para colmo, estaba atascada. Faltaban 20 millas y ya íbamos a vuelta de rueda. Por los laterales empezaron a aparecer minigolfs con profusión de flora y fauna de cartón piedra (elefantes y dinosaurios, no cualquier animalito). Se alquilaban helicópteros para dar un vistazo aéreo.  Terrenos para hacer karting. Una casa al revés (las palmeras de escayola colgaban del cielo y la punta del tejado incrustada en el suelo albergaba la entrada) nos dejó puestos. El Titanic, que en algún sitio aparecía como una de las 10 cosas que no debes perderte en Tennesse,  ya no era majestuoso sino una alucinación más en esa carretera ultraatascada. Hoteles, cientos de hoteles. Restaurantes de comida basura, salones de estereotipados espectáculos countries. Una reproducción de la prisión de Alcatraz anunciaba un supuesto museo del crimen y un King Kong colosal trepando otro edificio de cartón piedra era el monumental reclamo para el museo de cera.

No llegamos a ver ninguna atracción de Dollywood, que sin duda debe de ser un parque de atracciones fantástico. Miles de coches aparcados en una enorme explanada nos impidieron llegar más allá del que resulta ser (como luego me enteré) el mayor parque de EEUU dedicado a una sola persona y el 24º más concurrido del país con unos tres millones de visitantes anuales. Mientras todos nos íbamos horrorizando por momentos, Miguelito gritaba entusiasmado en el asiento trasero. Su enfado fue mayúsculo al darse cuenta de que no podíamos quedarnos. Casi tan grande como el que tuvo al irse del segundo gran disparate que he visto aquí.

South of the Border es una atracción en la autopista interestatal 95 a la altura de Dillon, en Carolina del Sur, en donde paramos, alucinados, al regreso de un viaje bordeando parte de la costa Este.  Decenas de carteles de carretera, a cada cual más absurdo, van anunciando las millas que faltan hasta llegar al lugar. Recibe su nombre porque está justo al Sur de la frontera entre las dos Carolinas y por su falso estilo mexicano que despliega cactus y sombreros verdes y naranjas por doquier, a miles de kilómetros del río Grande. Es un área que comprende restaurantes, gasolinera, mini-golf, tienda de fuegos artificiales, tienda de artesanías (inenarrable su contenido), reptilario, atracciones mecánicas, un hotel de 300 habitaciones o una torre de observación de 61 metros con forma de sombrero de mariachi. Para observar con todo detalle la autopista, digo yo, porque no hay nada más.

No es cutre, no es kitch, es algo tan americano que tiene un término especial para definirlo: “campy”, palabra sin traducción que se usa para describir algo que es deliberadamente artificial, tonto, vulgar o humorístico. Es todo tan “campy”, que tiene su propia mascota, Don Pedro, un “bandido” mexicano de 32 metros de alto, con las piernas abiertas a modo de arco. No estaba tan concurrido como el pueblo parásito que había crecido al amparo de Dollywood y tenía el pequeño encanto de aquello que ha conocido épocas mejores, tengo que reconocerlo, pero a mí me dejó igualmente puesta.

El caso es que ni Pigeon Forge ni South of the Border me hacen ninguna gracia. Son artificios, falsa cultura de masas, diversión infantil y vacua, colecciones de tonterías expuestas en ridículos edificios a los que llaman museos. Son americanadas en el peor sentido del término, absurdos que pensaba que no existían viviendo en mi burbuja washingtoniana. Tampoco pensaba, hace unos meses, que sería Presidente de los Estados Unidos quien lo va a ser en diez días. Antes de salir de viaje estas Navidades les dije a unos amigos que quería ir a los pueblos del interior para ver si lograba entender por qué había ganado Trump. Creo que ya lo voy captando.




lunes, 2 de enero de 2017

La casa encendida

Cuando entré en mi recién alquilada casa americana y me di cuenta de que ni el salón, ni la sala familiar, ni el despacho tenían un solo punto de luz me quedé puesta. Apliques, óculos, lámparas o un simple cable con una bombilla colgando brillaban por su ausencia, tanto en el techo como en las paredes. El resto de las habitaciones tenían iluminación pero en las zonas sociales, nada de nada y, para más recochineo, sí que había un interruptor. Nunca había visto algo así en ninguno de los países en donde he vivido.

Pensando y pensando me di cuenta de que en las películas americanas siempre hay muchas lámparas y luces indirectas que dan a las estancias un ambiente hogareño y acogedor y me dije: “¿no será que el interruptor está ligado a algún enchufe y cuando lo enciendes se activa la lámpara conectada a ese enchufe?”. Admirada de mi capacidad deductiva, cogí rápidamente la lámpara de pie del salón que acababa de desembalar, metro y medio de luminaria de bronce, para ir probando enchufe por enchufe. Conecté la lámpara, la encendí, fui al interruptor: si se apagaba, mi teoría quedaría finalmente demostrada. No se apagó. Otra toma de corriente: enchufé la lámpara, la encendí, accioné el interruptor... no se apagó … Conté que había un total de 20 enchufes, ¿y si partía de una premisa equivocada?

Con creciente desánimo decidí seguir: enchufé, encendí, accioné; enchufé, accioné, encendí… Se apagó la lámpara ¡eureka!. En carrera triunfal (ya resonaban clamores en mi cabeza) fui al estudio con mi “lamparita” de bronce a descubrir cuál era el enchufe vinculado al interruptor. Allí sólo había 8 tomas; acabaría pronto. Pero ninguna toma estaba vinculada al interruptor. Seguro que había hecho algo mal. Volví a empezar.¡Nooooo! Derrumbada, me fui a la sala familiar. Ahí teníamos la casuística más completa: en el techo no había luces, en las paredes no había apliques y no había interruptor por ninguna parte. ¡Qué fracaso de experimentación científica!

Recordé este episodio el otro día, al hablar de mi búsqueda por los "garage & estate sale" de lámparas de pie con las que suplir la ausencia de luz central. Una vez solucionado el tema de la iluminación, lo olvidé a pesar de que en su momento me llegó a desesperar. Tenía prisa por instalarme y empezar cuanto antes con normalidad mi vida en este nuevo puesto. Tenía prisa porque mi casa fuera mi casa, como en el poema de Luis Rosales “La casa encendida”. Es solo un pequeño detalle, tal vez absurdo y sin importancia, que se me vino a la memoria el otro día, pero de eso va este blog, de lo que me deja puesta en los puestos, ¿no es así?

lunes, 26 de diciembre de 2016

Cantantibus organis


“Cantantibus organis” entramos en el recinto.  Nada más traspasar el umbral una sonrisa nos deseó felicidades y la persona que la lucía nos entregó un cuadernillo. Un poco más adelante se abría un espacio octogonal, luminoso, con largas filas de bancos orientados hacia uno de los lados. Cientos de “poinsetias” blancas y rojas se amontonaban ordenadamente en diferentes rincones. Un órgano descomunal ocupaba un lateral y bajo sus tubos cinco personas cantaban conocidas melodías.

Nos acomodamos en uno de los bancos y a la hora convenida los presentes, elegantemente vestidos, se pusieron en pie, comenzó una nueva canción y por la puerta principal entraron dos personas con sendas cruces seguidas por el sacerdote. Daba comienzo la misa de Navidad.

 Tengo asociadas las iglesias con lugares oscuros, de recogimiento, donde se habla bajito y se va a escuchar y a repetir mecánicamente unas respuestas memorizadas. Sé que no todas las iglesias son así, pero ése es el recuerdo que me acompaña de la parroquia a la que iba de pequeña. Nunca allí fui objeto de recibimiento o despedida alguna por parte del sacerdote, ni entraba la luz a raudales de esa manera, ni estaba tan profusamente decorada; jamás me dijeron desde el púlpito buenos días, ni mucho menos contesté; nunca vi que en mi parroquia hubiera personas que controlaran el acceso y que solo dejaran entrar a los rezagados cuando hubiera terminado una parte de la misa o concluido una canción, o que, incluso, esas mismas personas fueran dirigiendo a la congregación en el momento de la comunión para que todo fluyera de manera ágil y ordenada; no había una soprano que hiciera de maestra de ceremonias desde un púlpito lateral dirigiendo las voces de los fieles como si de un coro profesional y multitudinario se tratara. Aquí todo era elegante, sofisticado, melódico y alegre… una gran puesta en escena para celebrar el día de Navidad en un barrio residencial de los suburbios.


Y alegre, muy alegre, fue la misa a la que asistimos hace unos meses en el centro de Washington DC. El sacerdote a ratos gritaba y ratos susurraba, modulando e impostando la voz como un gran actor sobre el escenario y junto al altar había un pequeño órgano electrónico tocado por un hombre enorme, una batería y una veintena de coristas cantando gospels. La congregación de fieles, en su mayoría gente de color, se levantaba en mitad del sermón en un éxtasis místico que no creo que se pareciera en nada a los de nuestra santa abulense y jaleaba al predicador, o alzaba las manos y se mecía a ambos lados como juncos cimbreantes; cuando el coro se arrancaba todos nos levantábamos, cantábamos y bailábamos. Era también una iglesia católica. Se cumplieron los mismos ritos y en el mismo orden.

A la salida de la primera misa el sacerdote me apretó la mano y me sonrió deseándome feliz Navidad; a la salida de la otra, los fieles, con las manos aún calientes de marcar el ritmo con las palmas, nos desearon una feliz semana y que volviéramos con ellos a la fiesta del Señor. Ambas congregaciones se habían puesto sus mejores galas para la ocasión. Ambas celebraban lo mismo a su estilo. Ambas me dejaron puesta. A ambas volveré.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Canción de Navidad

En estas fechas me deja puesta el gusto que tienen los americanos por la música navideña. A diferencia de nuestros villancicos que permanecen inalterables en el tiempo, la música navideña a este lado del charco admite todos los ritmos y satisface los gustos de cualquier melómano; los grupos de rock&roll, rythm&blues, funky, hip-hop, country … adaptan a su estilo temas tradicionales o lanzan en estos días nuevas canciones que, con el tiempo, se convertirán en clásicos.

Pero es que su Navidad no es una celebración religiosa. Bob Dylan, el flamante premio Nobel de literatura, publicó el álbum “Christmas in the heart” en 2009 y al preguntarle por qué un judío lanzaba un disco con himnos, villancicos y canciones populares de Navidad, dijo: “La música navideña es de todo el mundo y todo el mundo puede identificarse con ella a su manera”. Es cierto, los temas a los que hacen referencia las canciones navideñas americanas son los regalos, Santa Claus, los muñecos de nieve, los trineos, el muérdago, las luces… Nuestros villancicos hablan del nacimiento de Jesús, del peine de la Virgen, de los pastorcillos, del tamborilero, de Belén… Nada que ver.

Aquí es un género que arrasa. En noviembre del año pasado, dos días antes de Acción de gracias, ya había 244 emisoras musicales que emitían música navideña 24/7 y está demostrado que cuando una estación de radio norteamericana cambia su programación habitual a la navideña el número de oyentes literalmente se duplica. Eso sí, el 25 de diciembre, cuando para nosotros la Navidad no ha hecho más que empezar y empezamos a descontar los tradicionales “12 days of Christmas” (que van desde el 25 de diciembre hasta el 6 de enero, es decir, desde la Natividad hasta la Epifanía) la música navideña deja de sonar abruptamente. Estas canciones están tan asociadas para los estadounidenses al día de Navidad que se quedan desfasadas el mismo 25 de diciembre con sus referencias a un Santa Claus que ya ha dejado sus regalos y ha desaparecido hasta el año que viene. Alguna estación de radio continua emitiendo esta música un poco más, pero nunca más allá del 1 de enero.

The Mavericks en Navidad
Las cadenas de televisión programan sus grandes especiales de Navidad para la primera semana de diciembre y nosotros hace ya tres semanas que fuimos a ver el concierto de Navidad de “The Mavericks”, una banda fantástica y divertidísima que combina música country y tex-mex con influencias rockabillies. A pesar de que al principio del concierto nos advirtieron de que no sería el espectáculo de Navidad típico, de que no gustaría a los amantes de las compras de “Black Friday” o de hacerse las fotos con Santa Claus en el centro comercial o de que dirían palabrotas en su actuación, lo cierto es que la decoración del escenario y las luces no podían ser más navideñas y cantaron algunos de los villancicos clásicos que arrasan desde los años 30 en este país; incluso dedicaron uno de ellos ("I'll be home for Christmas") a los soldados que no podrán volver a casa por Navidad.

El teatro estaba lleno y todos acabamos en pie bailando y cantando. La media de edad era alta y yo me volví a quedar puesta viendo a jubilados tan cañeros. Y aquí tengo que reconocer mi culpa: ellos ya bailaban esa música hace 50 años.

Post-post

Aquí os dejo los links de los 10 temas navideños más escuchados en EEUU en distintos estilos. ¿Cuál os gusta más?:



Sleigh ride
Rudolph the red nosed reindeer

Y la recomendación especial de Gabriel para estas Navidades es "A very Kacey Christmas", el último disco de la joven cantante de country Kacey Musgraves Present without a bow

lunes, 12 de diciembre de 2016

Estate sales

Ya tengo listo el árbol de Navidad. Aunque no me he dado tanta prisa como mis vecinos que al día siguiente de Acción de Gracias ya estaban cambiando la decoración de pavos y calabazas por la de renos, cascanueces, carámbanos luminosos y coronas vegetales con lazos rojos, mi casa luce modestamente navideña. Y mi árbol, tras unas cuantas horas empleadas en meterle las cerca de 700 luces y los veintisiete mil adornitos, ya está dando vueltas en el salón. Sí, sí, porque mi maravilloso árbol de Navidad “made in USA” tiene un interruptor para hacer que gire y un enchufe en la base donde conectar las tiras de luces para ahorrarte ladrones, alargadores y cables enredados. Maravillas 
(u horteradas) del diseño.

Lo cierto es que los que a mí me gustan son los árboles naturales. Me encanta el olor a bosque que desprenden y la frondosidad de sus ramas, cómo se camuflan las luces y la irregularidad de sus formas. Pero odio el recoger las agujas que caen a diario, el quitar las manchas de resina del parqué o del manto del suelo, el riego diario, el que se ponga mustio antes de Reyes y el tener que buscar cómo deshacerte de él cuando terminan las fiestas. Es una larga lista de odios causados por una celebración tan cristiana como la Navidad, así que hace ya unos cuantos años que me pasé al mundo de los árboles artificiales y para quedar más fina y menos prosaica justifico mi decisión con argumentos ecologistas, que también tengo alguno.

Pero por cuestiones de espacio en la mudanza, mi anterior árbol de Navidad se lo quedó mi querida colega mexicana Betty y me encontré con que no tenía árbol cuando llegué a Estados Unidos. Y un día, allá por el mes de octubre del año pasado, cuando todavía andaba desesperada buscando lámparas de pie con las que suplir la falta de luces en los techos de mi casa, fui a una venta de garaje y encontré mi árbol actual con un bonito cartel colgado que decía 
“I turn”. Sin saber muy bien lo que estaba comprando, me lo llevé con cuanta tira de luces fui encontrando por ahí y con una magnífica bolsa verde con asas rojas para guardarlo, muy navideña también. Cuando las navidades pasadas lo colocamos en el salón y lo enchufamos, a todos nos entró un ataque de risa y tengo que reconocer que temí que en cualquier momento empezara a emitir una machacona versión china de “We wish you a merry Christmas”, cosa que, afortunadamente, no sucedió.

Las ventas de garaje o “yard sales” salen en montones de películas y se hacen cuando alguien quiere deshacerse de cosas que ya no quiere. No hay tantas como me imaginaba, la verdad,  pero lo que sí es muy habitual y que me dejó puesta cuando supe lo que eran, son los “estate sales”, algo parecido a las ventas de garaje pero a lo bestia y de todo el contenido de una casa. Entras en la vivienda y vas recorriendo las habitaciones sabiendo que todo lo que ves lo puedes comprar (a no ser que específicamente indique que no está a la venta). Los suele realizar alguna empresa que sitúa allí a tres o cuatro personas, generalmente mujeres maduritas, que pueden tener incluso un datáfono para pagar con tarjeta y a diferencia de las ventas de garaje, están regulados, hay que pedir un permiso para realizarlos y pagas impuestos por tus compras

En las calles cercanas a donde se van a celebrar hay carteles que te indican la dirección y el horario y siempre tienen lugar en fin de semana. El viernes todo está a precio completo, el sábado tiene el 20 % de descuento y el domingo el 50 % porque se quieren quitar de encima lo que quede. El motivo para celebrar un “estate sale” suele ser el fallecimiento del habitante de la vivienda y la necesidad de liquidar sus bienes ya sea porque no haya herederos, o, habiéndolos, ninguno quiera quedarse con las cosas o no lleguen a un acuerdo y un juez disponga la venta y el reparto del dinero. Otras veces la causa puede ser el traslado del propietario a una residencia o a un lugar donde no pueda llevarse sus pertenencias y las menos de las veces por un divorcio o una mudanza.

El caso es que a mí siempre me han dado un poco de repelús y me provocan inmensa tristeza. En los garajes sueles ver andadores de ancianos, sillas de ruedas, palos de golf, trastos que en su momento hicieron felices a quienes los tuvieron; los armarios de la cocina están abiertos dejando ver las despensas con los productos ya empezados a la venta o los platos desportillados donde un nieto pudo haber tomado su primera papilla; hay libros y hasta vasos de agua en las mesitas de noche; los vestidores están tal y como su dueño los tenía, con aquella chaqueta cuya manga se había quedado por dentro o con los calcetines dentro de los zapatos. Pareciera que el propietario hubiera salido a hacer un recado y pudiera volver en cualquier momento. Y decenas de personas husmeando entre las cosas. ¿No tendrían un familiar o alguien cercano que sacara los objetos de su contexto para deshumanizarlos, para que sus intimidades no estuvieran expuestas al público?. Comparto la idea de reciclar y dar una segunda vida a los objetos pero no puedo evitar sentir que estoy invadiendo una parcela privadísima de la vida de un desconocido aunque un cartel de "estate sale" me haya franqueado el acceso.

La ocasión perdida
Hay "estate sales" muy buenos, con cosas muy interesantes y con el “revival” del mobiliario de los años 50 y de los artículos “vintage” los hay muy concurridos. El mes pasado fuimos a uno con mi amiga Lola y su hija, que habían venido desde España a visitarme. No sólo disfrutaron de lo lindo sino que acabaron comprando algo que difícilmente hubieran encontrado en otro lugar. Fueron rápidas pagando. Yo ví un mueble tocadiscos con radio, altavoces y bar incorporados que pensé que le podría gustar a Gabriel. Mientras lo inspeccionaba, comprobaba su funcionamiento y trataba de superar mis prejuicios por los “estate sales”, un corredor de bienes raíces lo pagó y se largó. Más tarde volvería a recogerlo. Hizo bien. Una vez más me superó el pragmatismo americano, qué se le va a hacer.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El cartero no llama dos veces

Algo que me tiene puesta desde que puse el pie en Estados Unidos es su servicio postal. La mañana siguiente a nuestra llegada, cuando salí a dar una vuelta por el vecindario, ya me llamaron la atención unas cajas que estaban a la puerta de la casa de los vecinos. Una era de una televisión enorme y otras eran más pequeñas, de Amazon. Cuando una hora después regresamos de nuestra pequeña ruta  de reconocimiento, me fijé en que las cajas seguían allí y nadie había salido a recogerlas. Y así estuvieron todo el día, al alcance de todo el mundo, hasta que sus afortunados destinatarios regresaron a última hora de la tarde.

Los días siguientes  ví que sucedía lo mismo en otras casas: el cartero no tocaba el timbre, las cajas se quedaban a la puerta, a veces con alguna foto  del contenido, otras con su discreto color marrón, sin que nadie se sintiera tentado de fisgar lo que había dentro o de llevárselas a su casa para disfrutar de un “encuentro fortuito”. Y claro, yo pensé: “¡Qué tranquilo y seguro es el barrio en el que vivimos, qué suerte”.

Pero cuando empecé a ir a Washington DC vi que allí era igual, incluso en las calles más transitadas. Vas caminando por la acera y ves los paquetes que esperan a los vecinos, chivándose de quién va a estrenar batidora, quién va a empezar a leer próximamente algún libro o quién se va a sentar esa noche en una flamante silla de escritorio. Y tienes la certeza de que ningún amigo de lo ajeno le va a privar de ese placer.

Es precisamente en esa seguridad y confianza en la que radican el éxito y el uso intensivo que todo el mundo hace del USPS, United States Postal Service, el organismo federal que controla el servicio de correo del país. Y además, en un país como éste en el que las distancias son tan grandes e internet está tan extendido, la gente compra mucho on-line por lo que a todas horas, nevando o derritiéndose el asfalto, ves vehículos de correos circulando por doquier. Para desgracia de nuestra anoréxica cuenta corriente, yo me he metido de lleno en ese mundo y tengo que reconocer que me han llegado por correo las cosas más variopintas: un lazo rosa, las carpetas del colegio, ropa de temporada, utensilios de cocina, cortinas, el equipo de música o 100 litros de relleno de cojines (que se mide por litros, cosa curiosa).

Además, si te mudas de casa y lo solicitas, USPS se encarga de enviarte la correspondencia que siga llegando a tu antigua dirección, aunque te mudes temporalmente por vacaciones o por trabajo. Y encima, si no quieres que te molesten durante las vacaciones o si viajas al extranjero, puedes solicitar que tu correo sea puesto “on hold”, es decir, que retengan tus cartas en la oficina de correos hasta que regreses. Esto último es casi obligatorio para evitar que posibles cacos sepan si la casa está o no habitada y no generar inseguridad en el vecindario. Nosotros no lo hicimos este verano y nos lo hicieron saber rápidamente los vecinos (glups).

El cartero pasa asimismo varias veces al día, en una especie de furgoneta con la puerta casi siempre abierta y que tiene el volante a la derecha para que pueda, sin bajarse del automóvil, dejar las cartas en tu propio buzón, que siempre está situado en la calle o carretera enfrente de tu casa. El buzón tiene una especie de palanca roja, a modo de indicativo, que tú levantas cuando quieres. Porque, y esto ya es la bomba, ni siquiera tienes que buscar una oficina de correos para franquear tus cartas ya que el cartero sabe que cuando la palanca está levantada tiene que recoger correspondencia de tu buzón. Yo, sinceramente, no lo sabía y fueron mis hijos quienes me lo contaron mientras me reprendían con un “pero mamá, si sale en todas las películas”. No sé vosotros, pero en las que yo ví no salía y, encima, el cartero siempre llamaba dos veces, como tan sensualmente nos recordaron Jack Nicholson y Jessica Lange en aquella película de suspense.


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Pero aquí no termina mi enamoramiento con USPS. Os avanzo que otro día os contaré más cosas al respecto.