lunes, 21 de enero de 2019

Savannah. Domingo. Mediodía.

Estábamos en Savannah, Georgia, una de las 13 colonias originales de Estados Unidos y una de las ciudades más bonitas del viejo Sur. Habíamos pasado la noche en el centro histórico, el corazón de esta pequeña localidad característica por su trazado de cuadrícula, sus numerosas plazas y sus magníficas casas antebellum, a cada cual más espectacular. Habíamos bromeado con el Spanish moss, esa planta que, a pesar de su nombre, ni es musgo ni es habitual en España y que cuelga de la mayoría de los árboles de la ciudad. Los chicos se habían hecho la consabida foto en el parque Chippewa, en el lugar donde Forrest Gump esperaba sentado en un banco y decía “la vida es como una caja de bombones; nunca sabes lo que te va a tocar”.

Eran las once de la mañana de un precioso domingo soleado y decidí entrar un momento a un supermercado a comprar agua. Estaba muy bien surtido y mejor puesto. Había una isleta con platos preparados y bebidas locales. Como no soy capaz de salir de un súper con una sola cosa y como a Gabriel le gusta mucho probar las cervezas de los lugares que visitamos, cogí un par de IPAs elaboradas en la misma Savannah y me dirigí a la caja imaginando su alegría al verlas. Según me aproximaba a la cajera, ésta empezó a decir: “No, no no…”. Estaba cobrándoles a dos señoras, pero me miraba a mí. “Hasta las doce treinta y uno, no. No, no, no”, añadió. Al ver mi cara atónita las clientas señalaron las latas de cerveza. “Es domingo”, dijeron. “No se puede vender alcohol hasta después de las 12:30”. Me quedé puesta.

Ochenta y cinco años después de la Prohibition (la Ley Seca) en numerosas zonas de Estados Unidos todavía restringen cuándo y dónde los adultos pueden comprar alcohol. Y especifico los adultos porque en todo el país has de tener más de 21 años para poder comprar o consumir bebidas alcohólicas y, aunque peines canas, en muchos sitios te siguen pidiendo un documento que acredite tu edad antes de dispensarlo. En el condado donde yo vivo en Maryland, por ejemplo, los supermercados no venden bebidas alcohólicas de ningún tipo y hay que ir a tiendas de licores especializadas, aunque sí abren los domingos. En Indiana no se puede comprar alcohol de ningún tipo los domingos y numerosos Estados permiten la venta de vino y cerveza en ese día, pero no de destilados. En Kentucky y Carolina del Sur no hay local alguno que venda alcohol en Election´s Day (el día de las elecciones), ni siquiera un bar o restaurante, lo que dificulta considerablemente brindar por el ganador o ahogar las penas ante los resultados. 

En Utah, si quieres pedir una bebida alcohólica en algún establecimiento, tienes que ordenar obligatoriamente algún tipo de comida, lo que sea, aunque se trate de algo mínimo para compartir. Además, tanto en este Estado como en Pennsylvania solo puedes comprar alcohol en tiendas estatales porque el gobierno tiene el monopolio de la venta al por mayor y al por menor. En Utah no sorprende tanto ya que la mayoría de sus habitantes son mormones y su religión prohíbe el consumo de alcohol (ver entrada De ángeles y mormones). Pero, ¿en Pennsylvania?

Todas estas restricciones no parecen ser sino reminiscencias de la Ley Seca, que estuvo en vigor en los años 20, y de las llamadas Blue Laws, que buscaban mantener los domingos como día sagrado. Hoy en día los Estados o los gobiernos locales ya no pueden argüir motivos religiosos para prohibir la venta de alcohol en el séptimo día por lo que las restricciones tienen que basarse en otros argumentos como la salud pública, la seguridad o la reducción de un consumo excesivo de alcohol y de sus efectos negativos. Pero que, en un país como éste, que facilita que se venda de todo, incluso armas de fuego, sigan existiendo estas limitaciones con respecto al alcohol me deja puesta. Es más, que con 18 años puedas comprarte una pistola en Estados Unidos pero que tengas que esperar a cumplir 21 para tomarte o comprar una cerveza, no deja de resultarme alucinante.

La Ley Seca fue un capítulo relativamente corto en la historia de Estados Unidos. Duró 13 años, desde 1920 a 1933, pero sirvió de inspiración para numerosas películas que recreaban aquella época de tráfico de bebidas, gánsteres y jazz, y, de una manera o de otra, la estela de esa prohibición permanece hoy en día.

Post-post:
"La vida es como una caja de bombones"

La hermosa Savannah ha servido de escenario para numerosas películas. Seguro que habéis visto alguna:
-      The Longest Yard (1974): la primera versión protagonizada por Burt Reynolds fue parcialmente rodada en Savannah, resultó nominada para un Oscar y ganó un Globo de Oro.
-      Glory (1989): Mathew Broderick, Denzel Washington y Morgan Freeman son tres de las estrellas que actúan en esta película ganadora de 3 Oscars.
-      Forrest Gump (1994): una de mis favoritas. Cuanto más la veo más me gusta. Ganó seis Oscars en su momento. El banco donde estaba sentado Forrest Gump con la caja de bombones, nunca estuvo en el parque Chippawa. Fue creado ex profeso para la película y se puede ver en el Museo de Historia de la Ciudad.
-      Now and Then (1995): muchas de las plazas, de la cuadrícula de la ciudad y el cementerio Bonaventure aparecen en esta película rodada mayoritariamente en Savannah. Jovencísimas Christina Ricci, Melanie Griffith, Demi Moore, Lolita Davidovich…
-      Something to Talk About (1995): ¿recordáis la escena en la que Julia Roberts discute con su marido Dennis Quaid? Transcurre en la calle Bull.
-      Midnight in the Garden of Good and Evil (1997): dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Kevin Spacey y John Cusack se ha convertido en un símbolo de esta ciudad. Esta película y la novela que la inspiró, de John Berendt, atraen a montones de visitantes.
-      The General´s Daughter (1999): John Travolta investiga un asesinato.
-      The Conspirator (2010): dirigida por Robert Redford, esta película histórica fue enteramente rodada en Savannah aunque se nos hace creer que es el Washington del año 1865, cuando asesinaron al presidente Lincoln.

lunes, 14 de enero de 2019

On the road again

Roadtrippers, todo un descubrimiento
Cuatro mil kilómetros, treinta y nueve horas al volante, dieciséis paradas, diez días, seis hoteles, 284 dólares de gasolina. Estas fueron nuestras vacaciones de Navidad. Así lo dice la aplicación que me descargué gratuitamente de internet para diseñar el viaje desde Potomac (Maryland) a Florida y que ha sido todo un descubrimiento. Yo no soy nada tecnológica, lo reconozco, por eso agradezco mucho que haya gente muy lista con un cerebro privilegiado para imaginar este tipo de cosas y simplificarlas de tal manera que incluso alguien como yo pueda utilizarlas. En mi particular lista de reconocimientos, comparten podio con los diseñadores de IKEA, que han posibilitado que el más inútil de los mortales sea capaz de montar un dormitorio completo sin más ayuda que una llave Allen.

Casi cuarenta horas en la carretera dan para mucho. En honor a mi héroe he de decir que yo no conduje ni media milla, pero en mi descargo añadiré que soy una “copiloto activa”, es decir, no me quedo dormida apenas arranca el motor sino que doy conversación, pongo discos, miro mapas, reservo hoteles con el teléfono, averiguo dónde está la gasolinera Exxon más cercana (algunos tienen fijación con ciertas marcas de combustible), abro bolsas de patatitas y las acerco a la mano del conductor a medida que se las va comiendo, limpio gafas, doy al botón de desempañar cristales, regulo el aire acondicionado… un sin parar agotador. Los niños, en las filas traseras, no dan trabajo alguno, embebidos como están en las pantallas de sus dispositivos o profundamente dormidos, sin importarles apenas el paisaje que se ve a través de las ventanillas.

Pero yo sí lo miro todo por las ventanillas y este viaje ha tenido mucho de eso gracias a las largas horas de autopista por la Interestatal I-95, la más larga de la costa Este de los Estados Unidos y una de las más antiguas. Discurre paralela al océano Atlántico desde Maine hasta Florida y antes de completarse hace apenas unos meses, en septiembre de 2018, absorbió muchas de las carreteras de peaje que existían anteriormente. Pero no os imaginéis nada especial, es una autopista como otra cualquiera: dos, tres o cuatro carriles según el tramo por el que vayas; numerosas salidas hacia áreas de restaurantes y de gasolineras; “Welcome centers” de los Estados que atraviesa; áreas de descanso para camiones… y muchas, muchísimas vallas publicitarias de todo tipo.

Están las habituales que anuncian el restaurante más cercano o las que con una foto de una bebida fresca y burbujeante despiertan una sed repentina y caprichosa. Hay bastantes dedicadas a los “caballeros”, del tipo “Gentlemen: re-start your engines” (“Señores, vuelvan a encender sus motores”) o “Gentlemen’s playground: lingerie, novelties, DVD’s” (“Zona de juegos para señores: lencería, novedades, DVD”). Abunda otra categoría que sólo he visto en Estados Unidos pero que no sorprende tras ver tantas películas americanas: la de los de abogados que ofrecen sus servicios para denunciar por accidentes de carretera, por daños ocasionados por conductores ebrios o para plantear una demanda de divorcio que, imagino, es algo a lo que muchos dan vueltas en su cabeza cuando llevan varias horas conduciendo, especialmente si se han parado en una de las tiendas de novedades anteriores. Pero las vallas publicitarias que dominan son las de contenido religioso: “Arrepiéntete y cree. Jesús vendrá pronto”, “Lee la Biblia”, “¿Vas al cielo o al infierno?”, “Tras morir te encontrarás con Dios”… 

Esta forma de evangelizar a través de los carteles publicitarios me deja puesta. Leía en un artículo que los anuncios referentes a la religión y a Dios han aumentado un 400% desde el año 2010, excepto en Alaska, Hawái, Maine y Vermont, donde las vallas publicitarias están prohibidas. Uno de los grupos que más invierte en este tipo de anuncios es una organización amish-menonita con base en Ohio que a finales del año 2016 tenía contratados 575 carteles en 46 Estados con mensajes que son vistos diariamente por más de ocho millones y medio de personas. Según la carretera o el Estado en el que se encuentren, el precio de alquiler de las vallas publicitarias varía. Cuatro semanas pueden costar una media de 250 $ al mes en áreas rurales, de 1.500 a 4.000 $ en mercados de tamaño medio y unos 14.000 $ en zonas de mayor mercado. La mayoría se pagan con donativos de los fieles quienes sostienen que es importante evangelizar no solo en ultramar sino también en Estados Unidos, una “nación que necesita de Jesús” ante la violencia creciente que domina esta sociedad.

Aunque me tentaba llamar al número de teléfono que acompañaba a buena parte de esos anuncios, resistí el impulso por miedo a que me dieran la tabarra posteriormente pero sí sintonizamos una emisora de radio llamada JOY FM que anunciaba una de las vallas. Se trataba de una cadena dedicada enteramente a la música contemporánea de contenido cristiano, todo un género (de gran éxito, además) en este país. Nos acompañó un buen tramo del recorrido y como no prestábamos excesiva atención a las letras se nos olvidó que la llevábamos puesta. Hasta que mi hija mayor, en un fugaz contacto con el mundo real, preguntó desde la fila de atrás del coche “¿Qué es eso que estáis escuchando?” y truncó nuestra incipiente evangelización. Para que luego digan que los anuncios de carretera no son efectivos.

Post-post:
Las mejores vallas publicitarias de este país siguen siendo las de South of the Border. Se trata de 250 carteles que desde hace más de 40 años anuncian esta “trampa” turística situada en la localidad de Dillon, en la frontera estatal entre Carolina del Norte y Carolina del Sur. La imagen para algunos políticamente incorrecta de Pedro, el mexicano sonriente que le sirve de mascota, está siendo modernizada para adaptarse a los nuevos tiempos y así lo pudimos constatar tres años después de aquel primer contacto que me dejó tan puesta que no pude evitar dedicarle la entrada Country + Campy de este blog. 

lunes, 17 de diciembre de 2018

Arboles de Navidad

Cada año se venden en Estados Unidos entre 25 y 30 millones de árboles de Navidad y actualmente están creciendo en este país más de 350 millones de estos arbolitos para ser destinados a la venta. Cuando leí estos datos en un folleto que me llegó de la Asociación Nacional de Arboles de Navidad (realmente hay asociaciones para todo) me quedé puesta“¡Qué barbaridad!, pensé, ¡Cómo son estos americanos! ¡Qué poco respeto por la naturaleza! ¡No me extraña que Estados Unidos se haya salido del Acuerdo de París sobre el cambio climático!”

Durante años, me han vendido la moto de que no eres ecológico si pones un árbol de Navidad natural en tu casa, de que es muy frívolo arrancar esos árboles de su hábitat para llenarlos de luces horteras, guirnaldas de plástico y bolas de colorines solo por unos días. Nunca he estado muy de acuerdo con esos comentarios porque a mí me gusta esa tradición, no creo que mis árboles queden horteras al adornarlos y cuando son naturales, me encanta el olor que desprende su resina al calor de la calefacción. Pero tengo que reconocer que me irrita bastante recoger las agujas que se caen a diario y andar vigilando el nivel del agua, así que hace años que sucumbí a los árboles artificiales justificando mi pereza con argumentos ecologistas y diciéndome que yo sí respeto la naturaleza. Y resulta que ha venido la Asociación Nacional de Arboles de Navidad a decirme que lo peor de lo peor y lo más antiecológico es tener un árbol de Navidad artificial.

El folleto destacaba que los árboles de Navidad naturales son un recurso renovable y reciclable mientras que los artificiales están hechos con plásticos no biodegradables y con algunos metales nocivos. Que todos los Estados de Estados Unidos cultivan árboles de Navidad naturales mientras que el 80% de los artificiales están hechos en China. Que existen más de 4.000 programas locales de reciclaje de árboles de Navidad en lo largo y ancho del país y que por cada árbol talado se siembran de 1 a 3 semillas. Y que, encima, esta industria emplea a más de 100.000 personas. O sea, que cortar árboles de Navidad es bueno para la naturaleza, para el empleo, para la redistribución de ingresos y para no darles dinero a los chinos.

Cuando leí el folleto, mi árbol ya estaba puesto y, como ya conté en años anteriores (ver entrada Estate sales), se encontraba dando vueltas sobre su eje en el salón de mi casa (tengo que reconocer que eso de que el árbol sea giratorio sí que es un poco hortera, pero al comprarlo en una venta de garaje de segunda mano no me percaté de esa inusual cualidad). Así que decidí que este año mi árbol de plástico se quedaba, pero que para el año que viene buscaría uno natural. Me metí, pues, en la página web de la asociación a ojear los diferentes tipos. Y me volví a quedar puesta. ¡Había 11 clases de árboles diferentes y cada uno tenía un párrafo que lo describía para que pudieras elegir el que mejor se adaptara a tus necesidades! Estaba el “White pine”, que no se recomienda para adornos pesados y que tiene poco aroma; el “White spruce”, que es excelente para los adornos pero que huele mal cuando sus agujas se parten; el “Fraser fir”, de bonita forma y cuyas agujas aguantan bastante; el “Colorado blue spruce”, el “Concolor fir”, el “Douglas fir”, el “Balsam fir”, el “Scotch pine”, el “Noble fir”, el “Leylan cypress” y el “Virginia pine”. No sé por qué, me estresé un poco.

A continuación, explicaban una serie de consejos para ayudarte a decidir: 8 links más para leer si pensabas comprar tu árbol en una tienda y otros 8 si tu intención era ir a una plantación a elegirlo y cortarlo. No sé por qué, pero cada vez estaba más indecisa. Los “tips” para mantenerlo en buen estado en tu casa eran otros 15 y las opciones para reciclarlo al final de la Navidad eran 11. Parecía que estaba recibiendo información para suscribir una hipoteca millonaria en vez de para comprar un simple arbolito de Navidad.

Creo que, de momento, me lo voy a pensar. Al fin y al cabo, mi árbol chino giratorio no biodegradable y cargado de metales nocivos se guarda en una bolsa ex profeso cuando acaba la Navidad y once meses después está en el mismo sitio esperando para ser decorado sin manchar ni dar mal olor cuando se le parte alguna ramita de plástico. Y eso tampoco está tan mal, ¿no?.

Fotos: Noble Mountain

lunes, 10 de diciembre de 2018

Enlace musical para Navidad


Yo soy de las que les gustan las Navidades. Y mucho. Este año tengo puesto el árbol desde el 1 de diciembre y posiblemente lo deje, como otras veces, hasta bien pasado el día de los Reyes Magos. Amortizo el trabajo que cuesta subir las numerosas cajas con los adornos, colocar las interminables tiras de luces, enganchar uno por uno los colgantes que hemos ido recopilando, distribuir los belenes, la nieve artificial, los calcetines en la chimenea, las guirnaldas de las puertas o las velas de las ventanas. Antes lo hacía sola, mientras los niños estaban en el colegio, para darles la sorpresa al llegar y, porque francamente, iba más rápido y me quedaba mejor. Pero últimamente lo hacemos todos juntos y lo disfrutamos mucho. Y, con la apertura de la primera caja, empieza invariablemente a sonar la música navideña.

Al principio solo poníamos los villancicos tradicionales españoles cantados por los típicos coros infantiles de voces blancas. Cantaba a voz en grito, sola o acompañada La marimorena, Hacia Belén va una burra, el Chirriquitín, Los peces en el río, Arre borriquito, Fum fum fum… Una y otra vez, machaconamente, porque nuestra decoración de Navidad nos toma varias horas; pero acabábamos un poco saturados de tanta pandereta y voces agudas. Ahora tenemos mucha más variedad y, no sé si será impresión mía, pero cada año hay más música navideña para todos los gustos. Incluso para aquellos a los que no les gusta la Navidad. 

El diario The New York Times ha sacado este año una guía de novedades discográficas para dar satisfacción musical a los más festivos, a los solitarios o a los escépticos de la Navidad y no me resisto a compartir algunas de las sugerencias. Es el momento de escucharlas y de que empiecen a sonar en vuestros altavoces. Os paso un avance a golpe de enlace porque estoy segura de que habrá más de un tema que os dejará “puestos”:

-      Eric Clapton: “Happy Xmas”. Para los “anticelebraciones” que se refugian en un bar y para los que las disfrutamos también con una buena cerveza.
-      Rodney Crowell: “Christmas everywhere”, un álbum lleno de escepticismo hacia las tradiciones navideñas que desea “Feliz Navidad desde una cama vacía” o que, con humor, propone en una alegre canción que  “Prescindamos este año de la Navidad”.
-      J Drew: “A Karew family Christmas”. ¿Rap navideño? 
-      The Mavericks: “Hey! Merry Christmas!”. El directo del hace un par de años de esta banda de rock&roll y country fue divertidísimo (Ver entrada Canción de Navidad)  Un clásico en nuestra casa.
-      JD McPherson: “Socks”. La forma de pronunciar el título de su álbum ya te da una idea de lo que piensa de la Navidad este músico que reinterpreta el rock de los años 50.
-      Pentatonix: “Christmas is here!”. Este grupo de “a capella” es uno de los favoritos de mi hijo de 15 años. 
-      Say Sue Me: “Christmas is not a biggie”. Una banda indie surcoreana de inspiración surfera y rockera.

lunes, 3 de diciembre de 2018

El ethos mountaineer

Salvaje y maravillosa
“¿Adónde dices que vais?”, preguntó mi amiga con incredulidad. “¿para qué se supone que vais a ese sitio?", añadió la otra. “Allí no hay nada”, dijo, incluso, el profesor de historia de mi hijo cuando le preguntó si íbamos a viajar el fin de semana de Thanksgiving. Tengo que reconocer que los niños no estaban nada entusiasmados con nuestro plan de vacaciones. Les explicamos que íbamos a cruzar West Virginia y a adentrarnos en Ohio, que veríamos los efectos de la crisis en Estados Unidos, que atravesaríamos zonas castigadas por el cierre de fábricas y por el declive de la industria del carbón. Para darle un toque aventurero añadimos que haríamos una sección de "The loneliest road”, la carretera más solitaria, esa ruta olvidada por todos y que nadie recorre. “¿Y si nadie la recorre por qué tenemos que ir nosotros precisamente?", respondieron al unísono y con resignación. 

Si nadie la recorre, ¿por qué tenemos que ir?
La US-50 es una autopista transcontinental que va desde Ocean City, en Maryland, hasta West Sacramento, en California. 4.800 kilómetros que transcurren por muchas de las áreas más rurales de Estados Unidos. La parte más lenta de esta ruta son las 150 millas de West Virginia, un trazado de giros y curvas marcado por las montañas Allegheny y su paisaje semisalvaje. Nuestra guía de viajes decía que “el ethos independiente de los mountaineers (montañeros, como se conoce a los nativos de West Virginia) corre con fuerza por sus venas y allí uno tiene la impresión de haber dado un paso atrás en el tiempo a una época en la que los hombres trabajan duro en las minas, las mujeres crían a los hijos y todo el mundo va a misa el domingo”. Es comprensible que a los niños no les atrajera mucho el plan. Es también comprensible que a sus padres sí.

Nos dejamos seducir por lo que prometían esas palabras y decidimos contrastarlo con lo que leemos a diario en los periódicos. West Virginia es uno de los únicos dos Estados de la Unión en donde ha aumentado la pobreza en el último año. El empleo no crece, contrariamente al resto del país, y proliferan los trabajos peor pagados y sin beneficios (algo tan básico como seguridad social o vacaciones). Este Estado de los Apalaches, con un 95% de población blanca, tiene uno de los niveles más bajos de educación del país (solo el 21% de sus habitantes entre los 25 y los 64 años ha cursado estudios universitarios) y sufre una de las crisis más severas de consumo de opiáceos (ver entrada Drugstores), algo intrínsecamente relacionado con el paro, los bajos salarios y la falta de oportunidades. Es la tierra donde la mayoría vota a Trump, que prometió una solución para sus muchos problemas.

 Sinceramente, recorrer West Virginia no me permitió constatar nada de eso. Sí pasamos unas cuantas ciudades que alguna vez fueron boyantes gracias al ferrocarril y a las minas de carbón, y varios restos de fábricas que cerraron para no volver a abrir. Vimos bastantes caravanas (RVs) convertidas en viviendas o casas humildes con electrodomésticos oxidados y coches desvencijados en sus jardines delanteros. Pero también vimos históricos barrios victorianos, diminutos pueblos de una sola calle dominada por galerías de arte, bosques fantásticos donde brotaban cascadas inesperadas y el Museo del Petróleo y del Gas con el mejor de los guías, un jubilado que parecía saberlo todo sobre cómo empezó en la región la industria de estas materias primas y que resultó lo más interesante de nuestro viaje: por los cachivaches que estaban expuestos, por lo que aprendimos sobre los anticlinales y la extracción del petróleo y del gas en el siglo XIX y por poder disfrutar durante más de hora y media de una conversación informativa y amigable con un señor que había nacido entre esas montañas, que sabía de los problemas de la región, que era un votante convencido de Trump y que confiaba en un mejor futuro para esa tierra que vivía un presente tan complicado. 

El pozo funcionaba
De vuelta hacia casa no pudimos evitar desviarnos de la US-50 y meternos en una auténtica “country road” que serpenteaba junto a un arroyo de aguas enfangadas de un color tan marrón como el bosque que nos rodeaba. Queríamos coger la carretera de Volcano y Cairo para llegar a Petroleum, el pueblo donde se habían perforado los primeros pozos petrolíferos de la nación en 1859 y que, según habíamos visto en el museo, no eran más que cuatro palos atados con una cuerda al estilo “teepee”. Cuando en un recodo del camino vimos una finca con uno moderno, me quedé puesta. Cuando me bajé a hacer fotos y me penetró un intenso olor a gas no daba crédito. Y cuando miré hacia el interior de una especie de granero y ví que había tres cadáveres de un bicho de grandes dimensiones (quiero pensar que ciervos), colgados por las patas traseras, desollados y soltando sangre, regresé al coche donde me esperaba la familia tan rápido como pude. El “mountaneer” que los había cazado, les había arrancado la piel y estaba dispuesto a comérselos no debía de ser muy sociable. Por algo vivía a un costado de la “loneliest road”.

Post-post:
Y si queréis meteros de lleno en el ethos mountaineer no dejéis de escuchar esta canción de John Denver llamada Country roads  que dice: "Country roads, take me home / to the place I belong / West Virginia, mountain mamma / take me home, country roads" ("Carreteras rurales, llevadme a casa / al sitio al que pertenezco / West Virginia, madre montaña / llevadme a casa, carreteras locales"). Cuando salió en 1972 fue un récord inmediato de ventas y con el tiempo se ha convertido en un verdadero símbolo de West Virginia y uno de sus himnos oficiales.

lunes, 26 de noviembre de 2018

How many?

La semana pasada fui tres veces a mi clase de pilates: el lunes, el martes y el miércoles. El jueves cerraban porque era Thanksgiving o día de Acción de Gracias. Normalmente en esas clases hablamos poco. Cada quien se tumba en su máquina, se coloca las cintas en los pies y espera las indicaciones de la instructora que dirige la sesión. Pero estos tres días el corral estaba alborotado. “How many? How many?”, se oía por todas partes. No tardé en darme cuenta de que se estaban refiriendo a cuántos invitados iban a tener para su celebración de Acción de Gracias. “Oh, este año es fácil, decía una, sólo 15”. “Nosotros somos 18 pero cada uno tiene una alergia alimentaria distinta”, respondía su amiga con expresión de impotencia. “Lo mío está ya controlado”, decía la de más allá, mientras iba ajustando los muelles de su máquina de gimnasia. 

La celebración del día de Acción de Gracias concentra los esfuerzos culinarios del año de la mayoría de los hogares americanos. Es más, creo que es el momento en el que los nacionales de este país, no importa de qué Estado procedan, sienten más presión por meterse en la cocina, por ser fieles a la tradición de su familia y a la de la familia política y por llenar la mesa de platos que gusten a todo el mundo y que traigan (para los mayores) o sean capaces de generar (en los más jóvenes) sabores cargados de nostalgia. El año pasado (ver post Ya te lo pueden agradecer) os conté la planificación que requiere una buena comida de Acción de Gracias y, la verdad, hay que echarle ganas, sobre todo si, como la mayoría de los americanos, no estás acostumbrado a estar entre fogones. Por eso no me extraña que triunfen determinadas recetas sencillas y aparentes que gozan del reconocimiento popular y que consiguen un lugar destacado en el “National Inventors Hall of Fame”, lo que viene a ser un Pabellón Nacional de Inventores Ilustres. Hay una en especial que reúne todas estas características y cada año se cocina en más de 20 millones de hogares americanos.

Todo empezó con una sencilla pregunta de la agencia de noticias Associated Press en 1955. Buscaban una buena receta para una guarnición que empleara dos ingredientes habituales en la despensa de un hogar de clase media americano que, en aquel momento, eran la crema de champiñones de Campbells y las judías verdes. La pregunta llegó hasta Camden, New Jersey, donde una rama de la conocida marca de enlatados le encargó a la supervisora del departamento de economía, la señora Reilly, que viera qué se podía hacer al respecto. En noviembre de ese año propuso algo con un nombre tan original como “Horneado de judías verdes”, una receta fácilmente adaptable de seis ingredientes: judías verdes, crema de champiñones, leche, salsa de soja, pimienta negra y cebolla frita, que se tardaba diez minutos en preparar y media hora en hornear.

Cuando en el año 1960 Campbell’s empezó a poner la receta de la señora Reilly en las latas de su crema de champiñones el producto alcanzó records de ventas. Sesenta años después de haberse inventado, este plato es un clásico para Thanksgiving y Campbell’s ha estimado que el 40% de su crema de champiñones vendida en Estados Unidos se utiliza para preparar esta receta, que ha sido calificada como “la madre de todas las comidas reconfortantes”. En el año 2002 la fábrica de enlatados donó la tarjeta con la receta original para ser expuesta en las vitrinas del “Hall of Fame”.

Los amigos que este año nos invitaron a su mesa de Acción de Gracias cocinaron unas judías verdes muy parecidas y una tremenda colección de platos para acompañar al pavo. Fue un día de otoño tan frío como si fuera invierno y el reconfortante calor de la chimenea junto con los olores dulzones de asado, canela y manzana nos recibieron nada más traspasar el umbral de su casa. No fue nostalgia lo que sentí. Fue un profundo agradecimiento por poder compartir momentos así con amigos que se acaban volviendo más que familia cuando estás lejos de casa.

Post post:
La obra “Latas de sopa Campbell’s” es reconocida internacionalmente como la más popular de Andy Warhol. Es una serie de 32 lienzos de 51x41 cm que reproducen cada uno de los sabores de sopa que se encontraban en las tiendas en Estados Unidos a principios de los años 60 y que eran de consumo habitual. “Yo solía tomarla, declaró Warhol. Todos los días durante 20 años, la misma comida, un día sí y el otro también”. Y la internalización de esa repetición en el consumo se tradujo en el potente efecto visual de la repetición en serie de una obra gráfica. La sala de exposiciones colocó las piezas en estanterías a lo largo de sus paredes, como si estuvieran en una tienda de comestibles y, aunque en un principio la idea fue recibida con indiferencia e incluso cierto desdén por los críticos de arte, el tiempo ha acabado convirtiendo esta colección de latas de sopa en una de las obras más icónicas de pop-art. 

Y para los que tengáis interés en hacer la receta de las judías verdes, os dejo el enlace aquí (en inglés).

lunes, 19 de noviembre de 2018

Anastasia, oíste bien

Cada cierto tiempo las “chicas” de la casa nos tomamos una noche para nosotras, nos acicalamos y nos vamos al Kennedy Center a ver uno de los grandes espectáculos de su programación, generalmente de ballet. Este templo consagrado a la música, la danza y el teatro está situado a orillas del río Potomac, junto al Complejo Watergate (ver entrada El lado oscuro) y su descomunal estructura marmórea se ha convertido en uno de los iconos de Washington. No es que sea un plan muy exclusivo: en sus múltiples escenarios tienen lugar más de 3.000 representaciones anuales que atraen a unos dos millones de espectadores. Pero conseguir entradas para la representación del momento, cruzar la alfombra roja de los larguísimos Hall of States Hall of Nations y ocupar nuestras localidades en alguna de sus descomunales salas es un plan que nos encanta y al que no renunciamos por nada del mundo.

En esta ocasión decidimos cambiar nuestro tradicional ballet por un musical. Representaban “Anastasia” y las niñas, en un arrebato de nostalgia por las horas pasadas ante la que fuera su película favorita de Disney, insistieron en ir. Teníamos garantizada la diversión con música, teatro, baile y magníficos diseños de vestuario, decorado y luces. Llegamos con tiempo suficiente y mientras me acomodaba en mi butaca, al dirigir la vista hacia el escenario me llamó la atención que había tres personas vestidas de negro en la parte izquierda del telón. Estaban sentadas muy derechitas en unas sillas giratorias con la mirada al frente y tenían las manos, con las palmas juntas, metidas entre las piernas. De vez en cuando se giraban los tres a la vez hacia la derecha para ver si había algún movimiento entre bambalinas y, perfectamente sincronizados, volvían en un suave giro a su posición inicial.
 
Las luces se apagaron, los espectadores guardaron silencio, la música empezó a sonar y la magia del decorado y las luces nos trasladó al palacio de los Romanov en San Petesburgo. La pequeña Anastasia comienza a rogarle a su abuela la gran duquesa que la lleve con ella a París y, en ese instante, una de las figuras de negro empezó a gesticular y captó mi atención. ¡Aquellos tres eran los intérpretes del lenguaje de signos para sordos! ¡En un musical! Me quedé puesta.

Empecé a preguntarme para qué va un sordo a un musical (se me ocurrieron unas cuantas razones); seguí pensando en que si los sordos miraban a los intérpretes de signos se perdían lo que sucedía en el escenario (eso lo podía corroborar personalmente); continué intentando adivinar cuántos sordos debía de haber para justificar ese gasto (¿y si no había nadie con problemas de audición?). Para ese entonces el palacio ya había ardido, San Petesburgo se había convertido en Leningrado y los actores se calentaban las manos ante el fuego en una triste calle gris mientras un soviético cantaba las excelencias del sistema. Ahora los tres de negro gesticulaban a la vez, se sabían el texto a la perfección puesto que parecían ir a la par que los actores en escena y sus caras y los movimientos de sus manos se tensaban o dulcificaban según lo que narraban. Anastasia ya había conocido a Dimitri y empezaba a tener dudas sobre su identidad. Menos mal que el musical seguía al dedillo la película de dibujos animados porque yo no tenía ojos más que para aquellos tres. Así de fascinantes eran.

Por supuesto, apenas llegué a casa me metí en internet a ver si encontraba respuesta a algunas de mis inquietudes. Resulta que algunas obras del Kennedy Center, no todas, cuentan con intérpretes de signos y se pueden reservar unas butacas convenientemente situadas cerca de los traductores. En caso de no estar previsto ese servicio, se puede solicitar con dos semanas de antelación y el centro hará lo posible por proveer un intérprete. En cualquier momento, y para cualquier función, hay a disposición de los interesados con dificultades auditivas auriculares para amplificar el sonido. Además, e igualmente con dos semanas de anticipación, se puede pedir un servicio de subtítulos, que no es automatizado, sino que hay alguien que va escribiendo en directo.

En el colegio de mis hijos mayores, el departamento de lenguas extranjeras, además de un sinfín de elecciones (francés, español, italiano, japonés, chino, ruso, árabe, latín) incluye el lenguaje de signos americano, con la misma asignación de créditos académicos e idéntica carga curricular. Es un idioma más, con sus propias estructuras y convencionalismos. Es una lengua específica porque no es común para todos los sordos y uno que domine el idioma de signos americano no necesariamente entiende el lenguaje de signos francés. Y es una clase que está llena de alumnos, con o sin sordera.

Estas son las cosas que me encantan y me admiran de vivir en un país como Estados Unidos. El caso es que no deberían dejarme puesta. Debieran ser así en todas partes.

Post-post:
La idea de que Washington contara con un centro cultural nacional al estilo de los de las grandes capitales europeas partió del presidente Eisenhower que en 1958 firmó la primera ley en la historia de Estados Unidos que comprometía al gobierno en la financiación de una institución dedicada a las artes escénicas. En reconocimiento del gran impulso que le dio el presidente Kennedy, tras su asesinato en 1963 se decidió convertirlo en un memorial en su honor. En el acto de inauguración, la primera palada de tierra fue retirada con la misma herramienta plateada que se empleó para la inaugurar las de los memoriales vecinos de Lincoln y de Jefferson. Abrió por primera vez sus puertas en 1971 con el estreno mundial en su teatro principal de la obra del compositor estadounidense Leonard Bernstein “Misa: una pieza de teatro para cantantes, actores y bailarines”. Con más de 200 artistas en escena, la producción incluía una orquesta, dos coros de adultos y uno de niños, un elenco de actores al estilo de las producciones de Broadway (compañía de ballet incluida), una banda de metales y una banda de rock. Desde entonces programa múltiples actuaciones todos los días del año, algunas gratuitas como la que diariamente tiene lugar a las 6 de la tarde en el Millenium Stage. El Kennedy Center es, además, la sede oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional y de la Ópera Nacional de Washington. Un lujo de institución.